El test de diciembre

Todos los años, el mes de diciembre es una oportunidad especial de evaluación, reencuentro y compromiso. Aunque en muchos países la actividad durante este mes sólo se interrumpe por pocos días de fiesta, su llegada significa para todos el final de un año y el comienzo de otro. Tiene, por ello, una connotación especial de análisis de lo que han significado los últimos meses. Además, es la oportunidad de encontrarse con personas que, en muchas familias, sólo se ven en esos días. Pero es mucho más: podemos revivir costumbres, tradiciones, recuerdos, experiencias que cobran especial relevancia en esos momentos. Y, finalmente, es un tiempo especial para el compromiso que conlleva el comienzo de una nueva etapa: propósitos, nuevos horizontes o, como solemos decir: “año nuevo, vida nueva”. Para ello, para evaluar, para aprovechar estos reencuentros y para planificar buenos compromisos, te propongo algunas preguntas que pueden ayudarte en este test sobre tu vida.

¿Qué evaluar?

365 días dan para mucho: cosas buenas y otras no tanto; experiencias que nos han servido para crecer y otras… mejor dejar pasar; personas que nos han ayudado y otras que, quizás, nos han podido perjudicar. De una o de otra forma, de todo se aprende, siempre podemos sumar algo. Lo que, en un final de año, se nos invita a evaluar va orientado en tres direcciones: nosotros mismos, los demás y Dios. Algunas preguntas: ¿Tengo equilibro en mí? ¿Puedo decir que vivo en paz interior? ¿Qué cosas no me permiten dormir por las noches? ¿Hay lugares, personas, cosas que no me ayudan? ¿Qué hago para potenciar el buen clima en mi familia, en mi contexto más cercano? ¿Realmente lo que hago me llena? ¿Qué proyectos se han realizado y cuáles están todavía pendientes? ¿Qué estoy dispuesto a cambiar en mi vida? ¿Realmente soy feliz haciendo felices a los demás? ¿Qué significa Dios en mi vida? ¿Cultivo mi vida espiritual?

¿Con qué o con quién reencontrarse?

La experiencia de reencuentro que suele darse en las fechas de Navidad y fin de año puede tener connotaciones positivas y negativas. Es muy bueno reencontrarse con familiares y amigos, ponerse al día y compartir experiencias. Pero estas fechas son propicias, también, para que resurjan experiencias negativas del pasado, recuerdos de personas que ya no están, etc. De todo ello, de lo bueno y de lo malo, hay que sacar algo que nos sirva. Algunas preguntas: ¿Cómo percibo a los demás con el paso de los años? ¿Qué impresión creo que doy cuando me encuentro con personas cada cierto tiempo? ¿Qué recuerdos felices sobresalen en estos días? ¿Qué experiencias negativas pueden venir a mi mente y cómo puedo integrarlas de forma positiva? ¿Qué supone para mí vivir cada año la Navidad y su verdadero sentido de encuentro con el Dios niño que se hace pequeño, vulnerable, accesible para nosotros y como nosotros? ¿Es algo que me conmueve, me lleva a cambiar?

¿Qué compromiso?

Normalmente somos muy buenos pensando en compromisos y objetivos para el nuevo año, pero somos bastante malos llevándolos a la práctica. “Obras son amores, y no buenas razones”. Algunas preguntas: ¿Qué objetivos cercanos, realistas, realizables me planteo con respecto a mí mismo? ¿Y con respecto a mi relación con los demás? ¿Y con respecto a mi relación con Dios? ¿Voy viendo que, con el paso de los años, el proyecto de mi vida se va consolidando? ¿Qué debo cambiar, para dar un paso más? ¿Qué o quiénes me pueden ayudar para ello?

Son sólo algunas preguntas que, en este mes de diciembre, nos pueden ayudar a evaluar, reencontrarnos y comprometernos. Pero, sobre todo, hagamos posible una evaluación de nuestra vida interior, dejemos que el encuentro con el niño Dios nos transforme y comprometámonos a vivir nuestra vida con una mirada de fe.

Vivir (des)centrados

Seguramente, muchas veces nos han podido decir eso de: “Oye, te veo poco centrado”, o “Este chico está muy descentrado”. Y, ciertamente, lo de vivir centrados hoy día resulta bastante complicado: la velocidad a la que va todo, las escasas oportunidades para detenerse y reflexionar con profundidad las cosas, el cambio y la necesidad de continua adaptación a nuevos entornos, personas, circunstancias… No, no resulta para nada fácil vivir centrado. Pero, así como los elementos externos pueden descentrar a menudo nuestro día a día, sí está en nuestra mano guiar nuestra vida a través de opciones que, realmente, centren hacia dónde queremos caminar. Es lo que unos llaman ‘vocación’, otros ‘misión’ en esta vida o, simplemente, aquello por y para lo que estamos aquí.

En encuentros con jóvenes, recuerdo haber utilizado en muchas ocasiones un gráfico como éste en el que aparecen representadas diferentes razones para escoger nuestro futuro, atendiendo a aquello que amamos, aquello por lo que nos van a pagar, lo que el mundo necesita y lo que hacemos bien. La intersección de cada uno de ellos da lugar a que nuestra opción esté movida por la pasión, la profesión, la vocación o la misión. El objetivo consistiría en que nuestra opción estuviera lo más centrada posible, equilibrando todas esas importantes dimensiones de la vida de una persona.

En un primer vistazo, lo que casi todo el mundo suele decir es que, de forma progresiva, el círculo inferior (“por lo que te van a pagar”) puede haber ido cobrando más y más importancia en nosotros como resultado de la cultura consumista y egoísta del ‘tener y tener’.

La intersección entre ‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’ da como resultado la “profesión”. Comenta Elena Andrés (dedicada a la pedagogía de la interioridad) que, cuando estos dos son los únicos círculos que se unen en la búsqueda de nuestro camino profesional, entonces salimos perdiendo todos: la persona y la sociedad, porque quedan al margen ‘lo que el mundo necesita’ y su intersección ‘vocación’, y tampoco está presente la necesaria ‘pasión’ por algo más que no sea el ganar más y más.

Cuando, llegada la edad de plantearse un futuro abunda más la primera intersección mencionada (‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’), entonces el resultado es que va desapareciendo la dimensión vocacional de lo que hacemos y, finalmente, lo que hacemos es un mero instrumento, más o menos desagradable o agradable para ganar dinero y mantener esa ‘calidad de vida’ que nos han hecho creer que, sobre todo, consiste en tener cosas.

Elegir un trabajo que “me dé dinero” es lícito, pero olvidar las otras dimensiones posibles, nos empobrece como individuos y como sociedades. Vivir sin referencia a dimensiones más profundas nos convierte en meros supervivientes o resignados ciudadanos sumidos en el bienestar, restándonos las necesarias energías personales y colectivas que nos capacitan para un verdadero cambio social para la tan necesaria reconstrucción de nuestros modelos de vida desde presupuestos que no sean el mero enfrentamiento o la reproducción de modelos que ya han demostrado que sólo generan pobreza, divisiones, guerras e injusticia.

Desde una perspectiva creyente, a todo ello habría que añadir el sueño de Dios para con cada uno de nosotros, que no es otro que el de que seamos felices. ¿Cómo? Pues encontrando nuestro por qué en este mundo a partir de un necesario discernimiento y unas opciones que, si se guían sólo por el ámbito del tener y olvidan las dimensiones de lo que el mundo necesita de mí, lo que verdaderamente amamos, aquello que hacemos bien y que va en conexión con lo anterior, terminará por desencantarnos y descentrarnos aún más.

Vivir descentrados provoca dolores en el cuerpo, en la mente y en el alma. Nos lleva a vivir dispersos, más o menos rotos, asequibles al desaliento, al orgullo, a todo aquello que nos roba la paz a la que estamos llamados y que es patrimonio de todos.

Si, verdaderamente, queremos apuntar al centro de la diana, si buscamos el equilibrio en las diferentes dimensiones de nuestra vida, si pretendemos algo más de lo convencional, hay que preguntarse, de forma honesta y profunda, cuál es nuestra pasión, cuál es nuestra misión, cuál es nuestra vocación y, con todo ello, hacia dónde queremos dirigirnos. Es algo que nos permitirá apuntar al centro: centrarnos. ¿Y tú? ¿Vives centrado o descentrado?

Una Iglesia que duele

De la misma forma que Alejandro Sanz cantara hace unos años a su “Corazón partío” o Enrique Iglesias hiciera lo propio en “Duele el corazón”, así podríamos entonar nuestro canto hoy con un “me duele la Iglesia”. Y no es un dolor que se pueda arreglar con tiritas o con un sencillo remedio, pues se trata de algo mucho más profundo que, para sanar, requiere de un tratamiento largo y doloroso.

Recientemente, Georg Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia y Secretario Personal de Benedicto XVI, ha manifestado que, en su opinión, la Iglesia está viviendo su particular 11 de septiembre, con la crisis generada por los casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Fue una declaración que Gänswein realizó coincidiendo con el aniversario del atentado contra las Torres Gemelas en 2001, resaltando que hay muchas almas “heridas irremediablemente y mortalmente por sacerdotes de la Iglesia Católica”.

La Iglesia, con una realidad humana y divina, institucional y carismática, es también santa y pecadora. Y eso, diríamos, desde sus orígenes y hasta hoy, pudiéndonos sentir todos identificados: laicos, sacerdotes y consagrados. Pero, si cabe, es cierto que la figura y función de los sacerdotes tiene unas connotaciones particulares derivadas del encargo y responsabilidad que se les encomienda con el cuidado de las almas. Y cuando es un sacerdote el que comete, como es el caso, un abuso contra un menor, contra una persona débil, vulnerable, nuestra canción diría que “duele un poco más”.

El Papa Benedicto XVI, en una Carta pastoral a los católicos de Irlanda en 2010 dirigía estas palabras a los sacerdotes y religiosos que habían abusado de niños: “Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos.” Más, si cabe, duelen las referencias al ocultamiento o defensa ilegítima de abusos por parte de las autoridades eclesiásticas. Si eso es así, ¿en quién podemos confiar?

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Con estas palabras de san Pablo comienza la Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios, publicada el pasado 20 de agosto. El cuerpo de la Iglesia sufre con una herida cometida a cualquiera de sus miembros. Pero si esa herida es cometida por otro miembro, en quien se tiene depositada toda la confianza, duele más. “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños.”

¿Qué cabe hacer ahora? Hay mucho en marcha, pero aún falta más. La Iglesia está trabajando mucho y muy bien en muchos lugares con múltiples equipos interdisciplinares que atienden a víctimas, orientan los procesos formativos y promueven políticas de protección del menor en todos los ámbitos de acción de la Iglesia: parroquias, centros educativos, obras sociales, etc. Es un trabajo que se inició años atrás, especialmente, en Centroeuropa, EE.UU., Australia y Gran Bretaña, y que tiene que potenciarse aún más en el resto del mundo. La implicación del Papa, conferencias episcopales, superiores religiosos, centros de formación y otras muchas instancias está siendo constante y productiva.

Cabe, también, que todos los bautizados nos sintamos involucrados en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. No es lugar para decir aquí que la mayoría de los abusos infantiles se producen en el entorno familiar y que siguen creciendo los abusos entre los propios menores. Pero sí es cierto que estos datos nos urgen a una revolucionaria concienciación y transformación social en el ámbito de la protección de menores.

Cabe no meter todo en el mismo saco y ser muy cautos con las acusaciones a personas sin un serio análisis previo.

Cabe, también, no olvidarnos de que una herida, por muy dolorosa que sea, no merma la salud del resto del cuerpo. La Iglesia es mucho más grande que esta situación y su esencia y su acción sigue siendo presencia de Dios en el mundo.

Y cabe, sobre todo, no cesar en el empeño de mejorar, corregir, escuchar, acoger, sumar, rezar, humanizar, educar, ilusionar y transformar juntos una ciudad terrena (como diría san Agustín) que está llamada a convertirse en la ciudad celeste. Y esto sí que es un empeño de todos. La Iglesia, como familia cristiana abierta al mundo, tiene sus luces y sus sombras. No dejemos que la oscuridad venza. Que nuestra confianza en Dios y la alegría que de Él emana sean nuestra fortaleza. Sigamos sumando juntos…

La prisa: enemiga número 1

El mes de septiembre supone, para muchos, el recomienzo de la actividad tras un más o menos largo periodo de descanso veraniego. Es tiempo de propósitos, objetivos, nuevos retos, algo de rutina… Y, como no podría ser de otra forma, para la gran mayoría de los mortales, supone la vuelta a la prisa, a ir corriendo a todos lados y no llegar a nada, a tener ocho cosas que hacer y no saber por dónde comenzar, a esa sensación de agobio por estar siempre atendiendo  la urgencia y no tener ocasión de pararse a pensar, a programar, a proyectar, a soñar…

Lo queramos o no, somos esclavos de la prisa. Y a ello, más si cabe, está contribuyendo la tecnología: salimos de casa y, mientras caminamos 20 metros, nos han llegado 20 mensajes de WhatsApp, 12 notificaciones de Twitter, 6 de Instagram, 2 solicitudes de amistad en Facebook y 4 alertas de Youtube con nuevos vídeos de los canales a los que estamos suscritos. Son las 7:30 de la mañana, no hemos llegado ni a nuestro lugar de trabajo o estudios y las redes sociales ya nos han acelerado el día.

Llevo años contemplando cómo, en mayor o menor medida, nos hemos convertido en “bomberos” del día a día. Vamos apagando fuegos en forma de conflictos,  preocupaciones, urgencias, y no tenemos apenas tiempo de profundizar en las cosas, de buscar formas diferentes, de encontrar nuevos caminos. A ello tampoco contribuyen los ritmos laborales, ni la multiplicación de actividades. Y es algo que, quizás sin pensarlo, estamos transmitiendo a los más pequeños cuando, al salir de clase, por aquello de que “estén entretenidos”, les apuntamos a clase de idiomas, de pintura, de música, entrenamiento de baloncesto, robótica, equitación… Ciertamente, al terminar el día, no molestan mucho en casa, pero ¿qué lugar reservamos al juego (sin PlayStation de por medio), a la relación con los demás o al tan sano aburrimiento del que, en tantas ocasiones, surgen las ideas más creativas?

Hay un dicho que dice: “La prisa es enemiga de la perfección”. Yo iría más allá, y no me quedaría sólo en lo que supone la excelencia de la perfección. La prisa es enemiga del silencio: ¿cómo poder encontrar momentos de encuentro con nosotros mismos en mitad de la vorágine del día a día? ¿Dónde queda esa necesidad tan humana de escuchar nuestro interior, de diálogo personal, de discernimiento? Y, si la prisa es enemiga del silencio, lo es, también de la oración, de ese momento de escucha del Maestro interior de quien tanto hablara san Agustín, de ese diálogo profundo con el Dios que habita en nosotros.

Pero es que, además, la prisa es enemiga de la familia y la amistad: ¿cómo encontrar momentos de encuentro y de diálogo con los seres queridos? ¿Cómo estar pendientes a las necesidades de los demás? ¿Cómo poder ayudar a otros? ¿Cómo dedicarles tiempo si no somos capaces de encontrarlo para nosotros mismos?

Y, en este mundo del “aquí y ahora”, en nuestra sociedad de lo “práctico y efectivo”, en esta actualidad del vivir las cosas rápido, en directo e intensamente, ¿cómo vivir la vida desde la profundidad? ¿Cómo no quedarnos con lo exterior, con los pocos caracteres que nos llegan en un ‘tweet’, con los cientos de frugales e insustanciales mensajes de WhatsApp que recibimos todos los días? ¿Cuándo tenemos ocasión de pararnos, de cuestionarnos, de pensar por qué hacemos las cosas, de analizar nuestra vida, de pensar qué cambiar, de contemplar?

Alguien podría decir que, con el ritmo de la vida hoy, lo de pararse, lo de no dejarse llevar por la prisa es algo difícil o, incluso, que no está al alcance de todos. Pero, piénsalo: ¿no crees que si, en muchos momentos de tu vida te hubieras parado a reflexionar algo con más detenimiento, la decisión tomada hubiese sido otra? ¿No crees que vivir en la superficialidad no te permite llegar a lo profundo de las cosas? ¿No crees que el tiempo que puedas dedicarte a ti y a los tuyos es lo más importante que tienes? ¿No cambiarían muchas cosas si pasáramos más las decisiones por el filtro del corazón?

Por tanto, hagamos un propósito: cada mañana, cada noche, o en el momento que consideres más oportuno, detente unos minutos, mírate por dentro y pregúntate si estás conforme con lo que eres y haces. Pregúntate si puedes cambiar algo en tu vida para mejorar. Piensa qué más puedes hacer por los demás. Y no dejes de compartir todo eso con un Dios que te conoce como nadie y está siempre pendiente de ti. Y dile: “Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares” (Salmo 138). La prisa es tu enemiga número 1. No dejes que se imponga.

La inteligencia artificial en nuestras vidas

Lo creamos o no, lo queramos o no, la inteligencia artificial está presente en nuestras vidas. Sí, nos puede parecer algo de película de ciencia ficción, pero la realidad es que, si usas una lavadora medianamente moderna, si utilizas un procesador de textos en el ordenador, si pones tu huella en el smartphone para activarlo, si tienes un control de riego o un calentador de agua automático… estás interactuando con inteligencia artificial.

Desde hace tiempo, varias películas (Blade Runner, The Matrix, Her, Yo Robot, Tron, entre otras muchas) han querido mostrar los retos y peligros a los que nos enfrentamos con la inteligencia artificial. ¿Qué ocurriría si llega un momento en que las máquinas se sublevan contra los humanos? ¿Cómo llegar a distinguir la acción humana de la acción de un robot? ¿Qué valor moral puede llegar a tener la inteligencia artificial? ¿Puede una máquina llegar a tener sentimientos? ¿Hasta qué punto es lícito que las máquinas tomen decisiones por el ser humano?

A este respecto, una interesante experiencia es la que puso en marcha hace algún tiempo el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) denominada ‘Moral Machine’ http://moralmachine.mit.edu Se trata de una plataforma para recopilar una perspectiva humana sobre las decisiones morales tomadas por las máquinas inteligentes, como el caso de los coches autónomos. La propuesta consiste en mostrar dilemas morales donde un coche sin conductor debe escoger el menor de dos males, por ejemplo, entre matar a dos pasajeros o cinco peatones. Como observador externo, tú puedes juzgar cuál es el resultado que consideras más aceptable. Además, puedes ver cómo tus respuestas se comparan con las de otras personas. Incluso, permite diseñar tus propios escenarios, compartiendo la experiencia con otros usuarios.

Otro ejemplo realmente interesante es el del proyecto ‘My Line’. En el momento en el que escribo esto sólo hay disponible un video en Youtube https://youtu.be/d849FuG0XTI que presenta esta iniciativa en la que, por medio de inteligencia artificial, se permite a cualquier persona con un teléfono y sin necesidad de conexión a Internet, acceder a todo el universo de información disponible en la Red. Viene a ser algo parecido a lo que permiten los asistentes Siri o Cortana en los actuales dispositivos móviles, pero sin la necesidad de tener acceso a Internet: sólo con una llamada de teléfono ‘de las de siempre’. ‘My Line’ es capaz de responder a múltiples preguntas de tipo práctico para facilitar la vida, de manera especial, a personas en zonas de difícil acceso o con escasos recursos.

Personalmente no creo que, en primera estancia, haya que demonizar la inteligencia artificial. Como ocurre desde hace tiempo con el debate sobre el uso de la tecnología aplicada a diversos ámbitos de la vida, la clave está en hacer uso de la misma como medio, no como fin.

En 2014, Stephen Hawking firmó junto a otro grupo de científicos y personajes públicos una carta abierta advirtiendo de los riesgos de la inteligencia artificial para el futuro de la humanidad si permitimos que ella tome el control y decida por nosotros. Por otro lado, Anne Foerst, una teóloga luterana alemana ha llegado a plantear un diálogo teológico en el marco de la inteligencia artificial. Aunque su posición no resulte del todo justificada, sí es cierto que su reflexión de frontera abre la puerta a que la teología no sea ajena a esta realidad presente en nuestras vidas. Como concluye Francisco J. Génova en su reflexión sobre ‘El encuentro entre teología e inteligencia artificial’ (2017), la realidad del mundo hoy es inseparable de la inteligencia artificial y del resto de tecnologías que se despliegan junto a ella. Un despliegue que no es sino el despliegue de la dimensión creadora de que es imagen del Dios Creador. Un despliegue que pone en juego la posibilidad de consumar aquello a lo que es llamado desde el fondo de su ser, o de frustrarlo empujando su destino al fracaso. De esto ha de ser consciente una nueva teología sin miedo a caminar en la frontera.

La inteligencia artificial no es algo de futuro: está presente ya en nuestras vidas. Supone un reto, una oportunidad y, por qué no, un riesgo si no somos capaces de guiar bien su desarrollo. Los grandes avances de la humanidad siempre han venido rodeados de polémicas, voces discrepantes y juicios temerarios. Confiemos en que el progreso tecnológico de las últimas décadas suponga un desarrollo humano hacia la igualdad de oportunidades para todos y no un abismo mayor entre unos pocos ricos y una gran mayoría pobre.

La soledad como ‘conquista’

Fenómenos actuales como la adicción a la tecnología, la desestructuración familiar, la situación de abandono de muchos ancianos, niños… nos deben hacer pensar. En todas estas circunstancias podríamos encontrar un denominador común: la soledad.

En términos sociales generales, la soledad significa estar solo sin acompañamiento de una persona u otro ser vivo. La soledad puede tener origen en diferentes causas, como la propia elección del individuo, el aislamiento impuesto por un determinado sector de la sociedad, una enfermedad contagiosa o hábitos socialmente distraídos. Según esto, podría tener connotaciones negativas o positivas dependiendo de si es una soledad buscada o una soledad forzosa.

María Zambrano, una de las filósofas españolas más representativas del siglo XX, decía en su obra “El hombre y lo divino” que «en la vida humana no se está solo sino en instantes en que la soledad se hace, se crea. La soledad es una conquista metafísica, porque nadie está solo, sino que ha de llegar a hacer la soledad dentro de sí, en momentos en que es necesario para nuestro crecimiento». Según esto, la soledad no es la ausencia física de alguien, sino que es una actitud que el ser humano debe cultivar desde su interior como un objetivo a alcanzar, imprescindible para lograr su madurez. Se trata, por tanto, de una relectura de ese sentido negativo de la soledad encontrando en ella una perspectiva optimista, positiva y necesaria para el crecimiento humano.

Ahora bien, como señala Zambrano, la soledad no es un estado en el que el ser humano deba permanecer, ya que «la soledad es un estado pasajero que no llega a ser ‘morada’ según el lenguaje de los místicos». Y alude, en este sentido, a la experiencia de ‘duda metódica’ que tiene Descartes cuando, para poder llegar al descubrimiento de la realidad primera, a modo de método, decide dudar sistemáticamente de todo (de los sentidos, de su propia imaginación, etc.), pero no para quedarse en la duda, sino como medio para llegar a esa verdad primera que tanto ansía.

María Zambrano destaca cómo San Agustín entendió este sentido positivo de la soledad a partir del gran descubrimiento de la interioridad. La autora precisa que la interioridad no hace referencia al lugar interior, conciencia, psique, que es como se ha entendido a lo largo de la historia del pensamiento, sino que la interioridad es condición esencial para ‘percibir’ al prójimo desde dentro de nosotros mismos y sentir la vida del otro. La vida del semejante sólo se llega a ‘conocer’ desde un plano más interior.

Por tanto, la interioridad, para María Zambrano, es un ‘medio’ que posibilita la ‘percepción’ de la persona en su integridad, en su unidad o totalidad, como prójimo. De esta forma, la interioridad tiene sentido en la vida humana porque vincula nuestra existencia a la vida de los semejantes. Por tanto, no se trata de apartarnos de la realidad sino de, imbuidos en ella, aprender a descubrirnos desde el conocimiento que emerge del interior.

Y todo ello es posible en ese marco necesario de soledad, una soledad bien entendida, una soledad necesaria que va más allá de lo físico, una soledad que nos abre al autoconocimiento, al conocimiento del otro (los semejantes) y del Otro (Dios). Una soledad que bien puede considerarse como conquista que da sentido a la vida.

Empantallados

Recientemente me topé con la web www.empantallados.com, una iniciativa de padres y madres que, como indica en su página principal, “nace porque piensan que sus hijos necesitan que les acompañen en el mundo digital. La tecnología está aquí para quedarse, así que aprovechémosla como una oportunidad más para educar”.

Cuando vi la web recordé algunos datos del informe ‘Jóvenes españoles entre dos siglos’, según los cuales el tiempo que pasan los jóvenes conectados (Internet, videojuegos, redes sociales, etc.) es el equivalente a 135,5 días al año. A ello se añade que los niños menores de 6 años pasan casi 2 horas al día frente a las pantallas, lo cual supone 3 veces más tiempo del que pasan leyendo o escuchando a alguien que les lee. Y, por lo general, (y aquí ya nos incluimos casi todos) consultamos cerca de 150 veces al día nuestro Smartphone y no podemos estar más de una hora sin abrir WhatsApp.

Pero no sólo nos quedamos ahí, sino que podríamos recordar todo lo que supone el nuevo concepto de ‘amistad’ en redes sociales, o los verdaderos traumas que se generan cuando alguien que aprecias no te da un ‘Me gusta’ en alguna de las publicaciones que hacemos o si alguien de nuestro entorno ha subido una foto y no nos ha etiquetado…

Ciertamente, no es fácil encarar esta situación, máxime cuando los más afectados son los ya denominados ‘nativos digitales’: todos aquellos niños y adolescentes actuales que no han vivido en otra época que no fuera la digital, la de las redes sociales, la de Google, la de Siri…

No obstante, no toda la culpa es de las jóvenes generaciones: los adultos tienen mucho que ver también. O si no que se lo pregunten a todos esos padres que, para que el niño no moleste, le endosan el teléfono móvil a modo de calmante; o esos padres que le compran el teléfono móvil al hijo para tenerlo localizado y se olvidan de que, además de para hacer llamadas, el teléfono puede servir para mucho más… bueno y malo…

Lo queramos o no, todos estamos un tanto ‘empantallados’. Y ante esta realidad, como reacción, uno puede tomar tres determinaciones: o darlo todo por perdido y rendirse al pensamiento colectivo; o meterse en un búnker para aislarse del mundo; u optar por una vía intermedia que intenta compatibilizar la presencia de la tecnología en nuestras vidas por medio de una correcta educación de su uso. Obviamente, esta última opción es la más comprometida y complicada, pero ahí está nuestro reto. Y qué bueno es que un grupo de esos padres ‘empantallados’ haya tomado esta iniciativa. No hay que olvidar que los padres son los primeros educadores de los hijos. Un reto como éste supone una verdadera lectura de los signos de los tiempos a los cuales no nos podemos negar.

Ante circunstancias parecidas parecen venir a la memoria las palabras de San Pablo en la Carta a los Corintios: “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”. Y es que, ciertamente, un creyente no puede permanecer sordo, ciego o mudo ante las circunstancias del mundo. Y si uno de los retos de hoy está en la educación en el uso de la tecnología, impliquémonos todos. De ello dependerá mucho de lo que nos depare el futuro. La escuela no podrá ser considerada como un segundo hogar hasta que la familia se convierta en la primera escuela. Ahí está uno de los grandes retos hoy.

El barro, una cuna y la cruz: reinicio a la luz del Viernes Santo

La historia de Dios y el hombre es una historia de encuentros y desencuentros en los que el barro,  una cuna y la cruz han supuesto el comienzo de una nueva etapa.

En el inicio, tomando barro en sus manos, Dios creó al hombre y lo hizo a su imagen y semejanza, depositando en él lo más preciado que podía concederle: la libertad. Una libertad que incluso podía llegar a darle la espalda a Dios, a negarlo.

Dios siempre se mostró cercano a su creatura, imagen y semejanza suya, pero el hombre, una y otra vez, se separaba de él y le era infiel.

En un segundo momento, Dios quiso volver a hacerse presente en la vida del hombre. Habiendo intentado por medio de profetas y de otras muchas mediaciones que el hombre retornara a su camino, quiso Dios hacerse aún más cercano al hombre y se hizo uno como él. Y además, de una forma sencilla, de una forma humilde: en la familia de Nazaret. Una sencilla cuna, en una sencilla estancia, con una sencilla familia, fueron su hogar. Un nuevo y profundo encuentro de Dios con el hombre.

Pero aún hay más: porque el Hijo de Dios se encarnó, compartió con el hombre su vida, y el hombre lo mató crucificándolo tal día como hoy. Y es en ese momento cuando se produce otra profunda unión entre Dios y el hombre: yendo a lo más profundo de él, a la experiencia más extrema: la muerte. Dios se hace hombre y llega a tocar lo más hondo de la vida del hombre, el momento de suprema debilidad y que iguala a todos los seres humanos, porque todos somos iguales ante la muerte.

Y en ese momento de debilidad, en ese encuentro profundo con el hombre, Dios lo vuelve a ensalzar porque es imagen y semejanza suya y no quiere que perezca. Por eso el Hijo de Dios tenía que padecer y resucitar al tercer día, para que este encuentro con Dios fuera el inicio de una nueva relación con el hombre.

Si Jesus no resucita, de nada sirve nuestra fe. Pero hoy recordamos (volvemos a pasar por el corazón) la muerte de Jesús, momento de profundo encuentro entre Dios y el hombre. No es momento de final sino de reinicio. Un nuevo sentido y una nueva esperanza brotan del mal, de la injusticia, del dolor y el pecado. En Jesús, por su cruz, somos nuevamente liberados de las ataduras del mal, del pecado y de la muerte. En Jesús se produce el reencuentro: somos hijos en el Hijo.

Viernes Santo | Semana Santa POR DENTRO

Hoy es Viernes Santo, el único día del año que los sacerdotes no celebran la Eucaristía, el único día del año que la cruz cobra protagonismo y la veneramos como presencia de Dios.

Morir en la cruz en época de Jesús era uno de los castigos más ruines que pudiera haber. Era algo que estaba reservado para los últimos de la sociedad. Además, era algo que se hacía fuera de la ciudad, lo cual conllevaba incluso peores connotaciones.

Una cruz sola, sin Jesús en ella, es una cruz vacía, una cruz sin sentido, por eso, un día como hoy es bueno para bucear en nuestro interior, bucear en nuestra fe, pero teniendo la perspectiva de la Resurrección. Como decían en los primeros siglos de la Iglesia: “si al final Cristo no resucita, de nada sirve nuestra fe”.

En un día como hoy me viene a la mente esa historia en la que se cuenta que hay unos hombres a los cuales Dios les entrega una cruz a cada uno, que simboliza cada una de sus vidas, con sus cosas buenas y con sus caídas y retos. Todos comienzan a caminar con ella a cuestas. Pero, transcurrido un rato, uno de ellos se queja a Dios porque la cruz es muy pesada y le pide poder cortarla un poco para que sea más fácil de llevar. Dios no se lo impide porque respeta su libertad, el hombre la corta y continúa su camino. Mientras tanto, el resto de las personas que caminan con él siguen portando sus pesadas cruces. Poco después el hombre vuelve a quejarse ante Dios de que su cruz sigue siendo muy pesada, y le pide cortarla un poco más para que el camino sea más sencillo. Nuevamente Dios no se lo impide, pues su libertad es lo primero, y el hombre recorta aún más la cruz.

Todos siguen avanzando y llega el momento en que hay que pasar de un lado a otro de un precipicio. Según van llegando los hombres, colocan la cruz que les sirve de puente para pasar de un lado al otro. Ninguno tiene dificultad, pero aquél que había recortado su cruz, comprueba que la suya no es suficientemente larga para llegar al otro lado. En ese momento cae en la cuenta del error que había cometido al querer recortar la cruz, lo cual significa el no querer enfrentar las dificultades, los sufrimientos de la vida. Todos los demás pudieron pasar de un lado al otro porque Dios nunca te dará más de lo que puedas cargar.

Y de ahí viene la invitación de Jesús: “carga tu cruz y sígueme, que mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Y no olvidemos que el yugo siempre lleva entre dos. Así que, en este día en que la cruz es la protagonista, comparte tu cruz con Jesús y deja que su cruz te ilumine.

Sigamos viviendo la Semana Santa por dentro.

@antoniocarron | #SemanaSantaporDentro