¡Mamá, quiero ser ‘influencer’!

El 4 de febrero de 1986 se estrenaba en el Teatro Calderón de Madrid la comedia musical ‘¡Mamá, quiero ser artista!’. Seguramente muchos recordarán a Concha Velasco interpretando a una joven que llegaba a la capital de España desde su pueblo acompañada por su madre con una idea fija: triunfar en el mundo del espectáculo.

Tanto en el contexto familiar como en el escolar solemos preguntar a los niños qué quieren ser de mayores. Y respuestas hay a montones: futbolista, veterinario, profesora, bombero, enfermera, policía, piloto, médico o, asemejándose un poco más al deseo de la comedia que mencionábamos antes, algunos quieren ser artistas, en sus más diversas variantes. Pero las cosas han cambiado y, seguramente, cuando Concha Velasco decía apasionada que ¡quería ser artista! no contaba con una nueva forma de ser ‘artista’.

A menudo se publican listados de nuevas profesiones que van surgiendo adaptadas al contexto digital, listados de los perfiles más demandados para dar respuesta a esas necesidades profesionales, o listados de preferencias sobre a qué les gustaría dedicarse a los niños y jóvenes. Y aquí es donde, a algunos, las novedades les pueden descuadrar un poco. Según una reciente encuesta elaborada por Adecco, un alto porcentaje de niños quieren ser ‘youtubers’, probadores de videojuegos, community managers, gamers o blogueros. Pero la cosa no queda ahí, porque la aspiración por excelencia, especialmente entre los jóvenes ‘Millennials’, es ser ‘influencer’. ¿Pero qué es ser ‘influencer’?

Un ‘influencer’ es una persona que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema concreto, y por su presencia e influencia en redes sociales puede llegar a convertirse en un prescriptor interesante para una marca. La revista Forbes tiene una clasificación de las personas más influyentes en las redes sociales en el ámbito de la moda, los viajes, los videojuegos, los deportes, la tecnología, la belleza, la cocina… Todo ello, no debe hacernos caer en el error de pensar que un ‘influencer’ no pueda ser una persona de reconocido prestigio por su actividad o forma de ser. De hecho, en algunas de estas clasificaciones están personajes como el Papa Francisco, grandes filántropos, docentes, investigadores, empresarios o literatos cuyas opiniones pueden aportar mucho al diálogo internacional.

Ahora bien, el problema se genera cuando caemos en la cuenta de que antes el talento y los logros convertían a alguien en influyente. Ahora parece que lo de ser “influencer” es un fin en sí mismo para demasiada gente. De alguna forma, el tornillo se ha pasado de rosca cuando lo importante no es ser considerado alguien influyente por destacar en algún ámbito de la vida, sino que lo importante es tener miles de seguidores en redes sociales… y sólo eso…

Ciertamente, hoy ya no hay brecha, no hay distancia entre el mundo real y el mundo digital. Tan real es un robo en una casa como el hackeo un móvil o de una cuenta bancaria. Pero este mundo digital está posibilitando el nacimiento de un nuevo modelo de ser persona que, amparándose en una idílica libertad está retornando al ‘gran hermano’ de la novela de George Orwell.

En definitiva, no es malo ser ‘influencer’. De hecho, es algo necesario hoy, y en la historia del cristianismo hay muchos de ellos (aunque no tuvieran perfiles en Twitter o Facebook). Pero no olvidemos que el aparentar no conduce a nada, que la esencia de la persona, su interior es lo que realmente pesa y que medir la calidad por el número de personas que te sigan en las redes sociales… tarde o temprano se termina volviendo en contra.

Todo ello es, también, una llamada al criterio sobre a quién seguimos, teniendo siempre presente que hay una sola Persona a quien, realmente, podemos seguir encontrando plenitud,  sentido y vida. Parafraseando a san Agustín: si amas a Cristo, ¡síguelo! Nadie como él para ser tu ‘Influencer’ #followjesusoar

Crónica de dos cooperantes

Miguel y Jesús son dos estudiantes granadinos de ingeniería civil en la Universidad de Granada, con espíritu aventurero y ganas de conocer unas realidades diferentes a la que todos estamos acostumbrados a vivir. Gracias a un encuentro fortuito de Jesús con el Padre Antonio Carrón, alias Toñín, cerca del colegio de Agustinos de Granada, allá por el mes de septiembre, se sembró una semilla que llevaría a Miguel y Jesús a tomar un avión y ponerse rumbo a Perú, pero… rumbo a Perú, ¿para qué? Hablemos primero un poco de estos dos cooperantes.

Jesús Hernández es un chico alegre, inquieto y aventurero que estudió en el colegio de Agustinos. Allí conoció al Padre Antonio, el cual fue profesor de filosofía y tutor suyo en bachiller. Tras los estudios en el instituto comenzó su carrera en ingeniería civil y fue cuando empezó a interesarse por el mundo de la cooperación al desarrollo, los problemas medioambientales y la lucha contra el cambio climático. Además, las clases del profesor Javier Ordoñez en la universidad le hicieron ver cómo existe un mundo diverso, lleno de oportunidades, y lo importante que es poner nuestro grano de arena con nuestros conocimientos adquiridos en proyectos de cooperación.

En su último año de estudios, Jesús se fue con una beca a estudiar a la Universidad Santiago de Chile y allí descubrió lo maravilloso e increíble que puede ser Latinoamérica, así como las necesidades y desigualdades que se dan en el continente. Ello le llevó a plantearse la posibilidad de reconducir sus estudios y carrera al mundo de la cooperación.

Miguel Monsalve es un chico curioso y con unas inquietudes muy arraigadas. Siempre sus ideas han ido por el camino del crear y el emprendimiento y fue ello lo que le llevó, recién acabada la carrera de ingeniería civil, a montar una empresa junior en la universidad para la enseñanza del uso y diseño con impresoras 3D. En ese mismo año, las inquietudes de salir y conocer otro mundo le llevaron a unirse al proyecto que el Padre Antonio le había ofrecido a Jesús y, de este modo, embarcarse en esta emocionante experiencia.

Hablemos un poco del proyecto: Chota es una pequeña ciudad situada en el norte de Perú en mitad de los Andes, en la región de Cajamarca. A su alrededor hay unas cuantas pequeñas aldeas, de las cuales, muchas no disponen de agua potable y sus habitantes toman el agua directamente de los riachuelos. Este agua tiene restos de fertilizantes y residuos agrícolas de la zona, y es por ello, que no es agua apta para el consumo humano. La ONG Haren Alde Chota, con el Padre Ángel como cabeza de la misma, se ha embarcado en este emocionante proyecto de proveer de agua potable a alguna de estas pequeñas poblaciones. ¿Y cómo se va a hacer esto? Demos algunas  pinceladas sobre lo que es un sistema de distribución de agua por gravedad.

El agua que llega todos los días a nuestros grifos necesita de unos valores de presión y velocidad aptos para que sea cómoda su recepción. Además, necesita tener unos parámetros de sustancias químicas y sedimentos bajos para poder ser consumida y, por supuesto, estar libre de bacterias que pudieran trasmitir algún tipo de enfermedad o infección. Para que el agua pueda llegar a nuestro grifo, debe de disponer de un cierto valor de energía. Gracias a nuestro amigo Bernoulli, sabemos que esta energía puede traducirse en la suma de varios componentes, que son su energía potencial (o lo que es lo mismo, el peso del agua y tendencia a moverse hacia abajo respecto a una altura dada), y una velocidad a la que se está moviendo por la tubería. Dentro de una tubería, el agua se encuentra a una presión concreta. Es la energía con la que cuenta, la que le imprime una presión y velocidad concreta en el interior de la tubería. Pues bien, para poder dar unos valores de presión y velocidad correctos al agua, podemos otorgárselos de muchos modos, ya sea con bombas que le añaden esta energía, aprovechando la energía potencial propia del agua por su altura en el depósito, o mediante una combinación de ambos. Por supuesto, el diámetro de la tubería y el caudal de agua que circula por ella, junto a la energía del agua, son los que regulan a la presión y velocidad a la que va el agua. Ahí entra el diseño de la tubería, que dependiendo de la geometría, las cotas de cada punto de la red y el caudal de agua circulante, determinan qué tamaño de tubería necesitamos para dar esa presión y velocidad concreta al agua.

El uso de bombas es caro, ya que requiere de energía externa que consumir mediante las diferentes fuentes de energía que disponemos en el planeta, y esto se traduce en dinero. Es por ello que, si las características geográficas del lugar son favorables, se aproveche exclusivamente la energía que cuenta el agua al encontrarse a mayor altura respecto de las casas y utilizar esta energía que nos regala nuestra querida gravedad, para transportar el agua a presión hasta las casas. ¿Qué habríamos hecho sin esa manzana que le cayó a Newton a la cabeza? Este método, por ello, es mucho más barato y una buena solución para proyectos que disponen de presupuestos bajos.

Las comunidades en los alrededores de Chota, se encuentran entre las montañas, y cuentan con muchos manantiales subterráneos que afloran en las laderas de las montañas. Este agua, al ser subterránea y provenir de las cumbres de las montañas, y no existir ningún tipo de actividad humana más arriba de estos manantiales, no cuenta con sustancias químicas nocivas y los valores de sedimentos no son altos. El proyecto consiste en tomar el agua de una de las afloraciones en ladera de estos manantiales y acumularla en un depósito donde se regulará el caudal de agua demandado por la población, así como para llevar a cabo el proceso de cloración del agua para desinfectarla y eliminar las posibles bacterias. Este depósito estará junto a la toma de agua en el manantial y estará a una altura mucho mayor que el resto de la población. Las tuberías llevarán el agua desde este depósito a las casas que se encuentran a una cota mucho menor, y la gravedad hará su trabajo para llevar el agua desde el depósito a las casas. La presión y velocidad que deseemos que lleve se regulará gracias al diámetro de la tubería y el caudal que circula por ella.

Además de la propia construcción y diseño de esta red, el proyecto tiene en cuenta el aspecto social y humano del mismo. Una comunidad que debe aprender de una gestión sostenible del agua. Ellos, al final, son los propios responsables de su agua y de los residuos que vierten en ella y, por eso, la creación de juntas vecinales que sean las gestoras del agua, tras la puesta en funcionamiento de la red, le da la esfera humana y social que todo proyecto debe tener. Hasta aquí tenemos un pequeño esbozo de lo que es un proyecto de una red de distribución de agua potable por gravedad.

Jesús y Miguel acaban de llegar a Lima, los nervios de los días anteriores a volar se han disipado nada más poner el pie en Perú. En Lima se quedarán unos días para conocer un poco de la cultura y la vida de la ciudad. Las formas de ser de la gente de esta ciudad dan un abrazo y calidez a sus visitantes. En unos días se dirigirán a la ciudad de Chiclayo, al norte del país, donde se encontrarán con el ingeniero y jefe del proyecto Miguel Vega Vásquez que les conducirá a la ciudad de Chota para comenzar a trabajar con la comunidad. La aventura no acaba más que comenzar.

(Jesús Hernández y Miguel Monsalve)

Gran hermano

No, no vamos a hablar aquí del ‘Gran hermano’ en el que un grupo de personas se meten en una casa rodeados de cámaras (lo siento mucho por los fans incondicionales del programa), aunque no va del todo desencaminada la cosa. Sí nos vamos a referir al origen de este concepto en el que se inspira el programa, que hunde sus raíces hacia mediados del siglo XX.

Fue en 1949 cuando Eric Arthur Blair, más conocido por el pseudónimo de George Orwell publicaba la novela ‘1984’, en la que introducía el concepto del omnipresente y vigilante ‘Gran Hermano’. Se trataba de una obra enmarcada en la ciencia ficción social y política que, sorprendentemente, se ha convertido en una certera profecía de nuestro tiempo. La crítica que Orwell hacía al Estado vigilante, al totalitarismo, a la privación de los derechos humanos, a la limitación de la libertad intelectual y la presentación del concepto de ‘distopía’ (una sociedad ficticio indeseable en sí misma) parece haber cobrado actualidad en los últimos años a partir del imparable avance de la era digital.

Hoy día se da la paradoja de que en el smartphone que solemos llevar en el bolsillo portamos más tecnología que la que el hombre utilizó para llegar a la luna, pero ello también nos ha deparado numerosos peligros de los cuales aún no somos suficientemente conscientes. La vertiginosa revolución tecnológica de los últimos años nos ha abierto a un universo de posibilidades inabarcables y difícilmente soñadas por nuestros antepasados. Poder comunicarnos en tiempo real con otras personas, acceder de manera casi instantánea a ingentes fuentes de información, las múltiples posibilidades del trabajo en red, la facilidad de expresar y difundir la información por redes sociales… el horizonte es inmenso… tanto para lo bueno como para lo no tan bueno.

Han sido varias las películas que han intentado reflejar esta realidad. Recientemente veíamos en las pantallas “El círculo”, adaptación de la novela homónima escrita por David Eggers y dirigida por James Ponsoldt. En ella, Mae Holland (Emma Watson) es contratada para trabajar en el Círculo, la empresa de Internet más prestigiosa del mundo. A través de un moderno sistema operativo, el Círculo une las direcciones de email, perfiles en las redes sociales, operaciones bancarias y contraseñas de todos los usuarios. Mae está entusiasmada con la modernidad que muestra la compañía a pesar de que se aleje de su familia al pasar más tiempo en las fiestas y actividades deportivas que se celebran dentro de la oficina. Lo que comienza como un viaje hacia el interior del desarrollo tecnológico, pronto se convierte en un relato que plantea unas cuestiones como pueden ser la memoria, la privacidad, los límites del conocimiento humano o la democracia.

¿Qué decir a todo ello? El Papa Francisco se ha manifestado de la siguiente manera: “Las nuevas comunicaciones, como los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales o los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas”. En otro momento, añadía: “Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad”, pero advierte también de que “pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos”. “El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro”, pero agrega, “se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral”. “También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada”. “La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común”. “La comunicación, sus lugares y sus instrumentos han traído consigo un alargamiento de los horizontes para muchas personas” y “esto es un don de Dios, y es también una gran responsabilidad”.

La ‘distopía’ de la que hablábamos antes está en el horizonte, y no como película de ciencia ficción sino como realidad. Del uso que hagamos de este don del que hablaba el Papa y de la responsabilidad con que juguemos nuestras cartas dependerá el futuro. Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra.

‘Circolare, circolare’

 

Cuando alguien llega por primera vez a Roma queda prendado de los monumentos, las calles, los museos… Se trata de un lugar donde cada uno de los recovecos representa siglos de historia. A todo turista que llega a Roma le termina sonando mucho un lugar significativo: Termini. Se trata de la famosa estación de ferrocarril de la ciudad, una de las más importantes de Europa y uno de los principales centros de comunicación de Roma.

Si alguien pasa en Roma dos, tres, cuatro, cinco días, o hasta una semana, seguramente descubrirá en Termini un lugar de efervescente actividad por la cantidad de viajeros ordinarios y turistas que allí convergen. Es, también, uno de los puntos de encuentro  más demandados por los romanos, zona de gran actividad comercial y social.

Pero hay un detalle que sólo se percibe si uno pasa una temporada más prolongada en la ciudad y frecuenta la estación de Termini. Se trata de una presencia que no llama mucho la atención pero que, si nos fijamos bien, resulta completamente abrumadora: decenas y decenas de personas sin hogar de todos los tipos y procedencias.

Por otro lado, y especialmente desde la celebración del Jubileo de la Misericordia, Roma se ha convertido en una ciudad, literalmente, tomada por las fuerzas de seguridad. En todas las estaciones de Metro, en todos los accesos a los grandes museos, plazas, monumentos, basílicas se encuentran militares y policías, lo cual genera la doble sensación de seguridad e inquietud debida a tal despliegue.

Y, precisamente, fue hace algunas semanas cuando estos dos grupos de personas -sintecho y fuerzas de seguridad- protagonizaron una escena que, en su momento, resultó insignificante, pero que esconde un profundo e importante mensaje. Me lo contó una de las responsables de un centro de acogida de refugiados de Roma…

Como decíamos, los alrededores de la estación de Termini están repletos de personas sin techo. En un momento dado, una de ellas se vio sorprendida por uno de los policías que hacía la ronda acostumbrada. Las historias de cada uno de estas personas sin techo son de lo más variado, pero muchos de ellos coinciden en algo, como su caso: son refugiados que han tenido que huir de sus países y que esperan en Roma la oportunidad de ser acogidos por alguna institución que les ayude a reorientar su vida. El policía se detuvo ante ella y le dijo en voz alta: “circolare, circolare” (lo que en español vendría a ser “¡circulen, circulen!”). Y así es: la estación de Termini, como otros tantos lugares en Europa y en el mundo, se han convertido en lugares donde las personas desplazadas de su hogar, por la razón que sea, “circulan”. Lo hacen sin un rumbo fijo, lo hacen con toda la precariedad que uno pueda imaginar y, lo más grave, lo hacen obligadas por la situación de sus países y sin una respuesta clara y decidida por parte de los países que los acogen o de los organismos internacionales. Por otro lado, ese inocente “circolare, circolare” esconde debajo lo poco que gusta tener delante la realidad negativa; esconde una manera de cerrar los ojos y mirar a otro lado el mal en el mundo; esconde la indiferencia de quienes no se sienten hermanos bajo un mismo cielo.

Realmente, no somos lo suficientemente conscientes de que nos encontramos ante una de las crisis humanitarias más terribles de la historia con millones de personas desplazadas forzosamente de sus hogares y con un único destino: “circolare, circolare”. Nunca en la historia se ha dado un éxodo como el que estamos viviendo en la actualidad y del que, en los medios, sólo aparece reflejada una pequeña parte.

Tener la oportunidad de acercarse a esta realidad de los desplazados forzosos de su país cambia tu opinión sobre la imagen preconcebida que podamos tener. Además, surge en ti la convicción de que podemos hacer mucho más por ayudar.

Una de las obras de misericordia es “dar posada al peregrino”. Actualmente hay más de  65 millones de “peregrinos” forzados que se han visto obligados a dejar sus hogares por la guerra o por ser víctimas de persecuciones: solicitantes de asilo, desplazados internos o refugiados (son cifras de ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados).

Y otro dato tremendamente iluminador y, a la vez, desgarrador: frente a lo que podamos pensar, no son los países más ricos los que están acogiendo a más de estos refugiados sino, precisamente, los más pobres: Somalia, Sudán del Sur, Congo, República Centroafricana, Turquía, Pakistán y Líbano están en la cima de los países que más refugiados acogen.

Los pocos refugiados que consiguen llegar a Roma o a otras capitales europeas son unos completos privilegiados: aquí, al menos, pueden “circolare, circolare” a la espera de que alguna de las instituciones sociales de asistencia les abran las puertas. Otros muchos millones siguen con su peculiar “circolare, circolare” en campamentos de refugiados o jugándose la vida intentando pasar de un país a otro.

Es, sin duda, una llamada desde nuestro ser humanos, desde nuestro ser cristianos, a dar una respuesta. Otro mundo es posible: también depende de ti, también depende de mí.

San Valentín y el arte del amor

Una de las cosas buenas que tiene vivir en Roma es que cada paseo se convierte en una puerta abierta a la historia, a experiencias centenarias y a posibilidades de releer la propia vida a partir de los que nos han precedido. Y hace uno mucho, en uno de esos paseos, me encontré con una reliquia de san Valentín en la iglesia de Santa Maria in Cosmedin (en italino no ponen muchas tildes). Acostumbrados a relacionar a este santo con el amor, con un simpático angelito que lanza flechas, o con un osito, impacta mucho encontrarse con un cráneo en una urna, eso sí, rodeados de flores (parece que alguien ha querido “dulcificar” un poco la escena).

Entre historia y leyenda, se habla de tres posibles personajes que pueden dar origen a la idea de “san Valentín” que nos ha llegado hasta hoy. El que, quizás, cuadre mejor con la descripción es un médico romano que se hizo sacerdote y casaba a los soldados, a pesar de que ello estaba prohibido por el emperador Claudio II, que lo consideraba incompatible con la carrera de las armas. Por esta razón, san Valentín habría sido ejecutado un 14 de febrero al no querer renunciar a su fe cristiana (de ahí el origen de ese día como “día de los enamorados”). Otra leyenda narra que es patrono de los enamorados porque su fiesta coincide con el momento del año en que los pájaros comienzan a emparejarse.

No obstante, no es momento ahora de centrarnos en la historia de este personaje, sino que nuestra reflexión gira en torno al amor. Y, para ello, nos vamos a fijar en esa imagen de la calavera de san Valentín. Porque el amor es lo más grande que el ser humano tiene, el amor mueve el mundo, el amor lo puede todo, el amor es comprensivo, servicial… y podríamos citar aquí ese capítulo 13 completo de la carta de san Pablo a los Corintios o tantos poemas que han ensalzado al amor.

Pero, por otro lado, volviendo a esa imagen de la calavera, se suele decir que el amor da, también, muchos quebraderos de cabeza, muchos sinsabores, muchos desencuentros… Y cabe preguntarse, ¿tiene el amor un elemento negativo? Yo diría que no, pues todos esos elementos negativos surgen, a mi entender, cuando desaparece el amor. Precisamente, de ahí viene la palabra “desamor”, que significa “falta de amor”.

Por otro lado, cierto es que nadie da lo que no tiene. Por tanto, para dar amor hemos de haber experimentado en nosotros mismos ese amor. Pero, ¿qué clase de amor? ¿Es que hay varios ‘amores’? No diría yo eso: el amor es uno, pero los seres humanos tenemos distintas formas de amar. Tomando como referencia la cultura griega, la Biblia habla de varios tipos de amor: el “eros”, que es el amor sexual, el amor de pareja; el “fileo”, que es el amor de amigos, el amor de familiares; y el “ágape”, que es, propiamente, el amor de Dios. Todos ellos tienen su importancia y su peculiaridad, pero también es cierto que sólo hay uno que siempre permanece, que nunca falla, que es seguro. No es muy común que suceda, pero, de vez en cuando, nos llegan noticias de conflictos entre padres e hijos, entre hermanos, familiares o amigos, algunos de los cuales llegan a tener trágicas consecuencias. El ser humano, por naturaleza, es limitado, y, como tal, acierta, se confunde, es capaz de lo mejor y de lo peor. Y eso mismo ocurre con el amor que pueden profesarse los seres humanos entre sí, no es un amor perfecto sino que está sujeto a la debilidad y finitud de su condición. Sólo hay un amor en el que, verdaderamente, siempre y en todo lugar podemos confiar: el amor de Dios, ese amor “ágape” que se da sin pedir nada a cambio.

También podemos nosotros, los seres humanos imperfectos, tener acceso a ese amor de “ágape”, se portadores de ese amor, experimentarlo y llevarlo a otros. Pero eso sólo es posible acudiendo a la fuente de ese amor: Dios.

Recordemos esas palabras de la Primera Carta de San Juan: “Dios es amor.” Son tres sencillas palabras que lo resumen todo. Y nosotros, por qué no, estamos llamados a llevar a cabo en nuestro mundo algo tan sencillo y revolucionario como la revolución del amor. Es sencillo, y ya lo decía san Agustín: “Pon amor en las cosas que haces y las cosas tendrán sentido. Retírales el amor y se volverán vacías”. ¡Todo un arte! Con un poquito de amor de cada cual conseguiremos grandes cosas.

¿Una Iglesia o varias? ¿Qué es el ecumenismo?

Durante el mes de enero, todos los años, se celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Gestos como el realizado, recientemente, por el Papa Francisco visitando Suecia para conmemorar los 500 años de la Reforma Protestante hacen aún más palpable la realidad de que, a los cristianos de las diferentes confesiones, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Actualmente, el Consejo Mundial de Iglesias está integrado por 348 diferentes iglesias y denominaciones que representan más de 500 millones de cristianos: ortodoxos, anglicanos, bautistas, evangélicos, iglesias instituidas en África, luteranos, moravos, pentecostales, viejos católicos, independientes, reformados… La Iglesia Católica, con más de 1.200 millones de seguidores, por su propia naturaleza de “católica” (universal), no pertenece a este consejo, aunque sí trabaja conjuntamente con él promocionando la unidad de los cristianos.

Y, precisamente, la promoción de la unidad de los cristianos es el objetivo que tiene el denominado ECUMENISMO. El término «ecumenismo» proviene del latín, «œcumenicus» y del griego, «οικουμενικός» (oikoumenikós) y éste a su vez de «οἰκουμένη» (oikoumenē), y significa “lugar o tierra poblada como un todo”. El significado de «oikoumenē», tal y como lo entendemos hoy, comenzó a usarse cuando Constantino I el Grande convocó el primer Concilio ecuménico de cristianos en Nicea, en el año 325, con la participación de obispos de todo el «oikoumenē». Así se creó un vínculo entre el concepto de universalidad de la Iglesia (es decir, sin exclusiones) y el término “ecuménico” («oikoumenē»).

El primer milenio cristiano se caracterizó por la unión de los cristianos. Sin embargo, el segundo por su desunión. ¿Qué ocurrió? ¿Hubo un cisma? ¿Qué es un cisma?

La palabra “cisma” es un término derivado del griego σχισμα que significa “escisión, división, separación, desgajamiento”. Yendo por partes, a comienzos del segundo milenio (año 1054) las iglesias grecohablantes se separaron definitivamente de Roma, de los cristianos que hablaban latín. Surgieron así las –al menos- doce iglesias autocéfalas, autónomas y nacionales hasta por su mismo nombre: Iglesia ortodoxa griega, Iglesia ortodoxa rusa, etc. Son iglesias unidas por el vínculo de la sinodalidad, pero sin un centro de unidad magisterial, administrativa, etc., como el del obispo de Roma en la Iglesia católica. De este modo, el primer milenio de la Iglesia, anterior a la ruptura definitiva -hasta ahora-, es el punto de referencia desde la perspectiva ecuménica de católicos y ortodoxos. La estructura y el gobierno de la Iglesia durante el primer milenio de su existencia puede servir de modelo para restaurar la unidad entre católicos y ortodoxos. Por tanto, ¡es posible!

Quinientos años más tarde (año 1517) se operó el desgajamiento luterano y protestante, que entonces afectó a los países del centro y norte de Europa. Al margen de las diferencias éticas y doctrinales, esta separación está marcada por la subjetivación del “libre examen” en la relación con el “Dios-para-mí” y también por una cierta “nacionalización” de lo religioso al proclamarse el principio “cuius regio eius religio”, o sea, la “religión” de cada súbdito es la de su “región” o príncipe, acordado en la Paz de Augsburgo (año 1555). Todavía hoy el rey es la cabeza de la iglesia nacional, la luterana, en los países escandinavos, exceptuada Noruega desde hace muy pocos años. El anglicanismo ofrece el paradigma de esta concepción y situación. El rey británico, además de rey (en este momento, la reina Isabel II), es la cabeza de la comunidad eclesial anglicana.

Resumiendo mucho, y sin entrar en excesivos detalles, el cisma oriental es más estructural que magisterial (dogmática, litúrgica, ético-moral), mientras que el cisma protestante es más estructural y magisterial. En ambos casos se han dado muchos pasos para buscar acuerdos, como el acuerdo oficial entre católicos y luteranos sobre la doctrina de la justificación. Por tanto, se siguen dando fructíferos pasos en este terreno ecuménico.

El primer milenio cristiano se caracterizó por la unión de los cristianos. Sin embargo, el segundo por su desunión. ¿El tercer milenio será el de la reunión de los cristianos? Una vez más, estamos llamados a volver a la fuente: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.» (Juan 17, 11)

Oye, ¿tú meditas?

Hace algún tiempo, en un paseo por la Sierra de Madrid, un amigo con el que recorría el Camino Schmid, contemplando la desbordante naturaleza que nos rodeaba, me preguntó: “Oye, ¿tú meditas?” Hubiese sido fantástico verme la cara en ese momento, pues la pregunta me dejó completamente descolocado.

Poco antes habíamos estado hablando de esas cosas de las que uno habla cuando se encuentra a gusto y la compañía te sigue el hilo: el sentido de la vida, quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… Y, a propósito de esto, comenzó a surgir el tema del ‘yoga’, el ‘mindfulness’ y otras prácticas que están teniendo mucha incidencia en los últimos años. Por lo que percibí, la inocente pregunta de mi amigo iba orientada, precisamente, a esas prácticas: si yo era asiduo del ‘yoga’ o si me había introducido en la línea ´mindfulness’. La inocente pregunta de mi amigo hizo que siglos de tradición cristiana y decenas de personajes de gran renombre –maestros  de oración–, se me pasaran por la cabeza. La inocente pregunta de mi amigo me hizo pensar, una vez más, qué estamos haciendo mal los cristianos para que algo tan nuestro como es la meditación se nos esté yendo de las manos y otros lo estén desdibujando. Y, por si fuera poco, una vez más, se cumplía la ecuación que nunca falla: toma un elemento profundo y necesario del ser humano, ponle un nombre ‘molón’ (si es en Inglés, mejor) y lanzarás al estrellato lo que te propongas. ¿O es que la meditación es algo que nos acabamos de inventar ahora y no lleva practicándose desde hace siglos y siglos en la tradición cristiana? Además, la meditación cristiana no se queda sólo en una paz con uno mismo y con el entorno sino que conduce a un diálogo con un Tú que es el que, de verdad, llena y da sentido.

A propósito de esta ecuación infalible que me estoy proponiendo patentar, no tengo nada en contra de la lengua de Shakespeare, la cual aprecio mucho como instrumento de comunicación entre personas de distintos países. Pero también es cierto que estamos llegando a cotas preocupantes, como la que nos ha hecho ver una de las últimas campañas de la Real Academia Española de la Lengua. ¡No tiene desperdicio! ¿Quién no ha visto en la tele el anuncio del perfume SWINE o de las gafas BLIND EFFECT, que introducía anglicismos tales como “perfume con aroma a cerdo” o “las gafas que no te dejan ver nada” https://youtu.be/RozkQWP_Mlc ¿No pasará algo parecido con el ‘coaching’, o el ‘mindfulness’?

Pero, dejando a un lado esta cuestión lingüística, importante pero no central, vayamos al fondo de la cuestión: no diremos nada nuevo con ello, pero, cada vez más, urge una nueva evangelización de nuestra sociedad. Los canales de comunicación que estamos utilizando no están siendo efectivos, el lenguaje cristiano está desubicado y, como mucho, sólo es comprendido mínimamente por los mismos cristianos… a veces ni eso. Porque, seamos serios, además de las personas que hayan tenido la suerte de dedicar varios años de su vida a estudiar Teología y que tengan nociones de Liturgia, ¿quién es capaz de comprender la gran mayoría de las expresiones que se utilizan en las celebraciones cristianas? Vayamos a los prefacios, a las oraciones colectas… casi es necesaria una explicación previa a cada una de ellas para poder entenderlas. Nuestro lenguaje está alejado del común de los mortales. Y, curiosamente, vemos cómo un pequeño cambio de registro en el modo de comunicar es capaz de producir grandes logros. Fijémonos, por ejemplo, en la manera que el Papa Francisco está utilizando en sus homilías, discursos u otras intervenciones: es espontáneo, cuenta anécdotas, hace uso de los videos cortos que se hacen virales por las redes sociales, se hace cercano… Y, lo mejor de todo es que no está diciendo nada nuevo, sino que, como sucesor de Pedro, su misión es transmitir el mensaje de Jesucristo y el Magisterio de la Iglesia, ahora bien, adaptándolo a nuestro tiempo.

Quizás todavía no lo sabemos, no nos hemos dado cuenta, pero, en nuestra vida y tradición cristiana tenemos una riqueza infinita que no estamos sabiendo transmitir a nuestros contemporáneos. Por eso buscan en otros lugares lo que ya la Iglesia ofrece desde hace siglos. Ahora bien, no tengamos una actitud de defensa a ultranza de ‘lo nuestro’, simplemente porque es nuestro (eso sería egoísta y, en el fondo, negativo). Defendamos lo nuestro porque, así como a nosotros nos ha hecho bien y nos ha cambiado la vida, también puede hacérselo a otros. En definitiva, busquemos y defendamos la Verdad en todo lo que hagamos: en el fondo, ahí estará Jesucristo.

Sin Filosofía por la vida

Recuerdo, hace poco más de un año, la última reunión de profesores de Historia de la Filosofía a la que nos citaban los encargados  en la universidad para informarnos sobre el examen de Selectividad. Comenzaron saludándonos cordialmente para, a continuación, indicar que, seguramente, era la última ocasión en que nos íbamos a encontrar en una reunión de esa índole. Según lo previsto, la Historia de la Filosofía desaparecía como asignatura troncal de 2º de Bachillerato y, por ello, tampoco estaría presente en las pruebas de acceso a la universidad. Fue algo que se cumplió a medias, pues algunas comunidades autónomas españolas sí la incluyeron como obligatoria en 2º de Bachillerato, pero otras muchas no. No obstante, se trataba de la crónica de una muerte anunciada que ha tenido su último capítulo recientemente al anunciarse que la Historia de la Filosofía pierde peso en la Selectividad, quedando como materia optativa para alumnos del Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales. Ahora, ni los alumnos tienen la obligación de escoger Historia de la Filosofía durante el curso ni los centros educativos tienen la obligación de ofertarla en varias comunidades autónomas.

Hemos llegado a esta situación como fruto de las continuas reformas educativas que venimos sufriendo en España durante los últimos años. Y digo bien, “sufriendo”, pues cuando nos quejamos de los resultados de nuestros niños y jóvenes, de nuestro puesto en el ranking internacional de sistemas educativos… aquí está una de las causas.

Pero no sólo nos debemos quedar en la “periferia” de esta situación. Hay algo aún más profundo en todo ello: el estudio de las Humanidades en general y de la Filosofía en particular se está aislando de tal forma que, dentro de poco, va a ser complicado hablar con nuestros jóvenes sobre el ser humano como ser racional, dotado de valores, con continuas influencias en el pensamiento desde los orígenes del mismo, buscando un sentido crítico a las propuestas que van surgiendo, descubriendo un sentido de la trascendencia y un plano de la realidad que va más allá de lo puramente físico, lo  biológico, lo práctico o lo económico… Porque, ¿en qué otras materias que no son las humanísticas se estudian estos temas?

Aprender a pensar, conocer la dinámica de nuestro razonamiento, descubrir de dónde vienen las ideas, cómo surgen las doctrinas políticas, qué está de fondo en los grandes cambios de nuestra historia, cómo y por qué la fe puede ser pensada, cuál es el sentido de la vida para otros que nos han precedido y para nosotros mismos… Se trata de cuestiones a las que no podemos renunciar. Y lo estamos haciendo: de una forma medio oculta, sin levantar mucha polvareda, casi sin ser conscientes de ello… nos estamos olvidando de aquello que nos hace propiamente humanos, que nos define, que nos da sentido.

Una vez más, queda la esperanza del profetismo, de revelarnos contra lo impuesto, de seguir potenciando la Filosofía, las Humanidades, la Religión, quizás no en el marco de la escuela (craso error), pero sí en otros foros a los que, sin duda, acudirán nuestros contemporáneos en busca de ideas, de preguntas y respuestas, de espíritu crítico y de sentido de la vida.

Durante varios siglos la Teología fue la madre de todas las ciencias, teniendo, poco después, a la Filosofía como fundamento y antesala, ambas disciplinas unidas y complementarias entre sí: “creo para entender y entiendo para creer”, dirá Nuestro Padre San Agustín. Llegó luego la gran Revolución Científica que, en pocos siglos, ha hecho que el progreso de la Humanidad se sitúe en cotas insospechadas. Y en gran medida, también esta revolución ha tenido a las Humanidades como fundamento, sin olvidarse ni desentenderse del todo de ellas.

Fe y razón van de la mano; ciencia y religión no son enemigas; progreso y espiritualidad no pueden ser ajenas. Las Humanidades en general y la Filosofía en particular nos ayudan a que estas aparentes dicotomías no sean tales y caminen juntas. Seguiremos luchando para que así sea en bien de la Humanidad.

Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est

En estas fechas navideñas, uno de los lugares más especiales donde, de una u otra forma, todos fijamos nuestra mirada es el portal de Belén. Ya sea, simplemente, por la estética de estos días o por un sentido religioso más profundo y verdadero, la gruta de Belén que, desde pequeños, nos esmerábamos en preparar en casa, siempre ha sido uno de los escenarios más entrañables.

Todos los cristianos deberíamos hacer un esfuerzo por tener la oportunidad de visitar Tierra Santa. Es la ocasión de ponerle cara a tantos lugares que, de una u otra manera, forman parte de nuestra vida y nuestra fe pero que, por desconocimiento, deformación o fantasía, no llegamos a conocer verdaderamente.

Ahora bien, ¿qué podemos nosotros decir de esta gruta de Belén? El primero y principal testimonio que nos ha llegado es el de los Evangelios, lectura muy recomendada para estos días navideños para sumergirnos en este gran misterio del nacimiento de Jesucristo como niño.

Durante los primeros siglos de la Iglesia (del I al XI), conservamos, además, los testimonios de Orígenes, Eusebio de Cesarea, la peregrina Egeria, San Jerónimo, Teodosio, un peregrino anónimo de Piacenza, Arculfo, el Patriarca de Alejandría Eutico, Al-Mukadassi… que nos narran cómo fue la veneración de este santo lugar del nacimiento de Jesús.

Más de 2000 años después de ese gran momento, la ciencia arqueológica y otros testimonios más recientes (especialmente el de los franciscanos, custodios de Tierra Santa desde el siglo XIV) nos puede aportar más detalles. La entrada actual está ubicada lateralmente respecto al lugar del nacimiento de Jesús, pero se conjetura que en el siglo IV el acceso se realizaría frontalmente, desde la parte delantera del presbiterio. Las dos pequeñas portadas de ambos accesos son del periodo cruzado. Por la escalera sur (derecha del iconostasio) se llega al interior mismo de la Gruta de la Natividad. El espacio es estrecho y angosto; las paredes, originalmente irregulares, forman ahora un perímetro casi rectangular. En la época bizantina, la roca natural de las paredes estuvo recubierta con mármol.

El Altar de la Natividad se comenzó a venerar sólo cuando, en la época bizantina, fue creado este espacio como recuerdo del lugar preciso del nacimiento de Jesús. La estructura actual es completamente distinta a la descrita por los peregrinos Focas y l’Abad Daniel en el siglo XII. Dos columnas de piedra roja sostienen el altar, donde figura la inscripción «Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus»; en el conjunto están representados el Niño entre pañales, la escena del lavatorio del Niño y la llegada de los pastores. Bajo el altar se encuentra la estrella de plata con la inscripción latina: «Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est – 1717», en recuerdo del lugar exacto de la Natividad.

A la derecha del altar de la Natividad está el lugar donde María colocó al Niño tras nacer: un “comedero”, llamado popularmente el Altar del Pesebre. En esta parte de la gruta el suelo es más bajo. Este espacio está delimitado por columnas parecidas a las bizantinas de la nave central de la basílica y por restos de dos columnas cruzadas. Frente al pesebre existe un altarcillo dedicado a los Magos donde los latinos celebran la Misa. La actual estructura de toda esta capillita no es original, sino resultado de muchos cambios realizados a lo largo del tiempo y derivados del continuo trasiego de peregrinos.

Tras el incendio de 1869 y para prevenir nuevos siniestros, las paredes de la Gruta fueron recubiertas con paneles de amianto, donados por el presidente de la República Francesa, el mariscal MacMahon, en 1874. Por debajo de este revestimiento son todavía visibles los mármoles cruzados, mientras que sobre dichos paneles penden cuadros de madera de escaso interés artístico.

Se trata de testimonios que, de una u otra forma, avalan la veneración de este Santo Lugar donde se inició uno de los grandes momentos de la Historia de la Salvación: todo un Dios se hace hombre para compartir con nosotros todo lo que podemos vivir en esta vida. Será, además, la oportunidad de redimirnos de nuestros pecados, padecer con nosotros y por nosotros, y guiarnos hacia el camino de la vida eterna.

La Navidad es tiempo de gracia, la Navidad es tiempo de salvación, la Navidad en tiempo de alegría, la Navidad es tiempo de oración.

(Fuente: Custodia de Tierra Santa http://www.belen.custodia.org)

Una cuna vacía… con mucho sentido

En muchos “belenes” se mantiene la tradición de no poner la figura del Niño Jesús hasta la noche de Navidad. Es una imagen simbólica para el tiempo previo de Adviento, tiempo de espera.

Pero hay algo más detrás de este símbolo. Muchos llevamos festejando la Navidad desde hace  semanas, casi meses. A ello contribuyen, en gran medida, las grandes campañas comerciales. En estos días, muchas de las tarjetas navideñas y anuncios publicitarios nos felicitan “las fiestas”. Y quizás, sin quererlo, nos fijamos tanto en estos detalles exteriores, en los preparativos de estos días, que nos olvidamos de lo fundamental.

Pero es que, aún hay más: la Navidad no es igual para todos. No podemos ser tan ingenuos de pensar que, en estos días “de fiesta”, se paralizan los conflictos, se interrumpen las guerras, se deja de sufrir… Pensemos, por un momento, en la Navidad de este año en Siria, en Venezuela, en muchos países de África o, incluso, más cerca, en alguna familia cercana, en personas solas en casa, en alguien que, sin saberlo nosotros, sufre…

Es más, no es poca la gente que experimenta un cierto rechazo por la Navidad, se le vienen a la cabeza recuerdos, personas, experiencias que no hacen especialmente agradables estos días. Algunos de ellos, incluso, están relacionados con otras Navidades, con tiempos pasados felices… que ya no son iguales…

¿Por qué, entonces, esta aparente “farsa” de tener que ser todos tan felices en estos días? ¿Felices por qué? ¿Cuál es el motivo? ¿En qué centramos la alegría de la Navidad?

Yendo a las fuentes, nos encontramos con una realidad que, a primera vista, no resulta muy “idílica”: una madre embarazada sin un lugar donde dar a luz; un padre confuso por los acontecimientos acaecidos; una duda, en ambos, sobre cómo iba a terminar todo eso…

No, no tuvo que ser fácil vivir esa situación en el día del nacimiento de Jesús. Y no terminaremos de comprender la Navidad si no tenemos en cuenta lo que, en aquel momento, según las fuentes, se tuvo que vivir.

Pensándolo bien, mucho más cercanos a vivir la Navidad, están los protagonistas de las Bienaventuranzas: los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los perseguidos… porque ellos sí han experimentado una cuna vacía y van a poder alegrarse, verdaderamente, de la llegada de Aquél que da sentido a todo. “El Ser mayor que el cual nada puede ser pensado”, al que tantas veces se han referido los filósofos, se hace carne, se hace uno como tú y como yo, comparte contigo y conmigo todo lo que tú y yo podemos experimentar en esta vida… incluso lo malo, incluso la muerte.

No comprenderemos del todo la Navidad si no partimos de una cuna vacía. Sólo puede ser llenado aquello que tiene espacio para llenarse. Si estamos llenos, ¿qué pinta Dios en nuestra vida? Pero no nos engañemos: sólo Él da pleno sentido. Las personas nos fallan y pasan, las cosas se rompen, el tiempo corre… y sólo Dios permanece…

Decía San Agustín: “Nisi credideritis, non intelligetis” (“A menos que creas, no entenderás”). Sólo se comprende la Navidad desde la fe… es así como cobra sentido la vida.

No dejemos nuestra cuna vacía, pero tampoco la llenemos de cosas que pasan… que Él, verdaderamente, nazca en nuestra cuna. Ahora sí, feliz Navidad.

(Imagen tomada en el Portal de Belén de la Basílica de San Pablo Extramuros, Roma, en diciembre de 2016)