La inteligencia artificial en nuestras vidas

Lo creamos o no, lo queramos o no, la inteligencia artificial está presente en nuestras vidas. Sí, nos puede parecer algo de película de ciencia ficción, pero la realidad es que, si usas una lavadora medianamente moderna, si utilizas un procesador de textos en el ordenador, si pones tu huella en el smartphone para activarlo, si tienes un control de riego o un calentador de agua automático… estás interactuando con inteligencia artificial.

Desde hace tiempo, varias películas (Blade Runner, The Matrix, Her, Yo Robot, Tron, entre otras muchas) han querido mostrar los retos y peligros a los que nos enfrentamos con la inteligencia artificial. ¿Qué ocurriría si llega un momento en que las máquinas se sublevan contra los humanos? ¿Cómo llegar a distinguir la acción humana de la acción de un robot? ¿Qué valor moral puede llegar a tener la inteligencia artificial? ¿Puede una máquina llegar a tener sentimientos? ¿Hasta qué punto es lícito que las máquinas tomen decisiones por el ser humano?

A este respecto, una interesante experiencia es la que puso en marcha hace algún tiempo el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) denominada ‘Moral Machine’ http://moralmachine.mit.edu Se trata de una plataforma para recopilar una perspectiva humana sobre las decisiones morales tomadas por las máquinas inteligentes, como el caso de los coches autónomos. La propuesta consiste en mostrar dilemas morales donde un coche sin conductor debe escoger el menor de dos males, por ejemplo, entre matar a dos pasajeros o cinco peatones. Como observador externo, tú puedes juzgar cuál es el resultado que consideras más aceptable. Además, puedes ver cómo tus respuestas se comparan con las de otras personas. Incluso, permite diseñar tus propios escenarios, compartiendo la experiencia con otros usuarios.

Otro ejemplo realmente interesante es el del proyecto ‘My Line’. En el momento en el que escribo esto sólo hay disponible un video en Youtube https://youtu.be/d849FuG0XTI que presenta esta iniciativa en la que, por medio de inteligencia artificial, se permite a cualquier persona con un teléfono y sin necesidad de conexión a Internet, acceder a todo el universo de información disponible en la Red. Viene a ser algo parecido a lo que permiten los asistentes Siri o Cortana en los actuales dispositivos móviles, pero sin la necesidad de tener acceso a Internet: sólo con una llamada de teléfono ‘de las de siempre’. ‘My Line’ es capaz de responder a múltiples preguntas de tipo práctico para facilitar la vida, de manera especial, a personas en zonas de difícil acceso o con escasos recursos.

Personalmente no creo que, en primera estancia, haya que demonizar la inteligencia artificial. Como ocurre desde hace tiempo con el debate sobre el uso de la tecnología aplicada a diversos ámbitos de la vida, la clave está en hacer uso de la misma como medio, no como fin.

En 2014, Stephen Hawking firmó junto a otro grupo de científicos y personajes públicos una carta abierta advirtiendo de los riesgos de la inteligencia artificial para el futuro de la humanidad si permitimos que ella tome el control y decida por nosotros. Por otro lado, Anne Foerst, una teóloga luterana alemana ha llegado a plantear un diálogo teológico en el marco de la inteligencia artificial. Aunque su posición no resulte del todo justificada, sí es cierto que su reflexión de frontera abre la puerta a que la teología no sea ajena a esta realidad presente en nuestras vidas. Como concluye Francisco J. Génova en su reflexión sobre ‘El encuentro entre teología e inteligencia artificial’ (2017), la realidad del mundo hoy es inseparable de la inteligencia artificial y del resto de tecnologías que se despliegan junto a ella. Un despliegue que no es sino el despliegue de la dimensión creadora de que es imagen del Dios Creador. Un despliegue que pone en juego la posibilidad de consumar aquello a lo que es llamado desde el fondo de su ser, o de frustrarlo empujando su destino al fracaso. De esto ha de ser consciente una nueva teología sin miedo a caminar en la frontera.

La inteligencia artificial no es algo de futuro: está presente ya en nuestras vidas. Supone un reto, una oportunidad y, por qué no, un riesgo si no somos capaces de guiar bien su desarrollo. Los grandes avances de la humanidad siempre han venido rodeados de polémicas, voces discrepantes y juicios temerarios. Confiemos en que el progreso tecnológico de las últimas décadas suponga un desarrollo humano hacia la igualdad de oportunidades para todos y no un abismo mayor entre unos pocos ricos y una gran mayoría pobre.

San Valentín y el arte del amor

Una de las cosas buenas que tiene vivir en Roma es que cada paseo se convierte en una puerta abierta a la historia, a experiencias centenarias y a posibilidades de releer la propia vida a partir de los que nos han precedido. Y hace uno mucho, en uno de esos paseos, me encontré con una reliquia de san Valentín en la iglesia de Santa Maria in Cosmedin (en italino no ponen muchas tildes). Acostumbrados a relacionar a este santo con el amor, con un simpático angelito que lanza flechas, o con un osito, impacta mucho encontrarse con un cráneo en una urna, eso sí, rodeados de flores (parece que alguien ha querido “dulcificar” un poco la escena).

Entre historia y leyenda, se habla de tres posibles personajes que pueden dar origen a la idea de “san Valentín” que nos ha llegado hasta hoy. El que, quizás, cuadre mejor con la descripción es un médico romano que se hizo sacerdote y casaba a los soldados, a pesar de que ello estaba prohibido por el emperador Claudio II, que lo consideraba incompatible con la carrera de las armas. Por esta razón, san Valentín habría sido ejecutado un 14 de febrero al no querer renunciar a su fe cristiana (de ahí el origen de ese día como “día de los enamorados”). Otra leyenda narra que es patrono de los enamorados porque su fiesta coincide con el momento del año en que los pájaros comienzan a emparejarse.

No obstante, no es momento ahora de centrarnos en la historia de este personaje, sino que nuestra reflexión gira en torno al amor. Y, para ello, nos vamos a fijar en esa imagen de la calavera de san Valentín. Porque el amor es lo más grande que el ser humano tiene, el amor mueve el mundo, el amor lo puede todo, el amor es comprensivo, servicial… y podríamos citar aquí ese capítulo 13 completo de la carta de san Pablo a los Corintios o tantos poemas que han ensalzado al amor.

Pero, por otro lado, volviendo a esa imagen de la calavera, se suele decir que el amor da, también, muchos quebraderos de cabeza, muchos sinsabores, muchos desencuentros… Y cabe preguntarse, ¿tiene el amor un elemento negativo? Yo diría que no, pues todos esos elementos negativos surgen, a mi entender, cuando desaparece el amor. Precisamente, de ahí viene la palabra “desamor”, que significa “falta de amor”.

Por otro lado, cierto es que nadie da lo que no tiene. Por tanto, para dar amor hemos de haber experimentado en nosotros mismos ese amor. Pero, ¿qué clase de amor? ¿Es que hay varios ‘amores’? No diría yo eso: el amor es uno, pero los seres humanos tenemos distintas formas de amar. Tomando como referencia la cultura griega, la Biblia habla de varios tipos de amor: el “eros”, que es el amor sexual, el amor de pareja; el “fileo”, que es el amor de amigos, el amor de familiares; y el “ágape”, que es, propiamente, el amor de Dios. Todos ellos tienen su importancia y su peculiaridad, pero también es cierto que sólo hay uno que siempre permanece, que nunca falla, que es seguro. No es muy común que suceda, pero, de vez en cuando, nos llegan noticias de conflictos entre padres e hijos, entre hermanos, familiares o amigos, algunos de los cuales llegan a tener trágicas consecuencias. El ser humano, por naturaleza, es limitado, y, como tal, acierta, se confunde, es capaz de lo mejor y de lo peor. Y eso mismo ocurre con el amor que pueden profesarse los seres humanos entre sí, no es un amor perfecto sino que está sujeto a la debilidad y finitud de su condición. Sólo hay un amor en el que, verdaderamente, siempre y en todo lugar podemos confiar: el amor de Dios, ese amor “ágape” que se da sin pedir nada a cambio.

También podemos nosotros, los seres humanos imperfectos, tener acceso a ese amor de “ágape”, se portadores de ese amor, experimentarlo y llevarlo a otros. Pero eso sólo es posible acudiendo a la fuente de ese amor: Dios.

Recordemos esas palabras de la Primera Carta de San Juan: “Dios es amor.” Son tres sencillas palabras que lo resumen todo. Y nosotros, por qué no, estamos llamados a llevar a cabo en nuestro mundo algo tan sencillo y revolucionario como la revolución del amor. Es sencillo, y ya lo decía san Agustín: “Pon amor en las cosas que haces y las cosas tendrán sentido. Retírales el amor y se volverán vacías”. ¡Todo un arte! Con un poquito de amor de cada cual conseguiremos grandes cosas.