La soledad como ‘conquista’

Fenómenos actuales como la adicción a la tecnología, la desestructuración familiar, la situación de abandono de muchos ancianos, niños… nos deben hacer pensar. En todas estas circunstancias podríamos encontrar un denominador común: la soledad.

En términos sociales generales, la soledad significa estar solo sin acompañamiento de una persona u otro ser vivo. La soledad puede tener origen en diferentes causas, como la propia elección del individuo, el aislamiento impuesto por un determinado sector de la sociedad, una enfermedad contagiosa o hábitos socialmente distraídos. Según esto, podría tener connotaciones negativas o positivas dependiendo de si es una soledad buscada o una soledad forzosa.

María Zambrano, una de las filósofas españolas más representativas del siglo XX, decía en su obra “El hombre y lo divino” que «en la vida humana no se está solo sino en instantes en que la soledad se hace, se crea. La soledad es una conquista metafísica, porque nadie está solo, sino que ha de llegar a hacer la soledad dentro de sí, en momentos en que es necesario para nuestro crecimiento». Según esto, la soledad no es la ausencia física de alguien, sino que es una actitud que el ser humano debe cultivar desde su interior como un objetivo a alcanzar, imprescindible para lograr su madurez. Se trata, por tanto, de una relectura de ese sentido negativo de la soledad encontrando en ella una perspectiva optimista, positiva y necesaria para el crecimiento humano.

Ahora bien, como señala Zambrano, la soledad no es un estado en el que el ser humano deba permanecer, ya que «la soledad es un estado pasajero que no llega a ser ‘morada’ según el lenguaje de los místicos». Y alude, en este sentido, a la experiencia de ‘duda metódica’ que tiene Descartes cuando, para poder llegar al descubrimiento de la realidad primera, a modo de método, decide dudar sistemáticamente de todo (de los sentidos, de su propia imaginación, etc.), pero no para quedarse en la duda, sino como medio para llegar a esa verdad primera que tanto ansía.

María Zambrano destaca cómo San Agustín entendió este sentido positivo de la soledad a partir del gran descubrimiento de la interioridad. La autora precisa que la interioridad no hace referencia al lugar interior, conciencia, psique, que es como se ha entendido a lo largo de la historia del pensamiento, sino que la interioridad es condición esencial para ‘percibir’ al prójimo desde dentro de nosotros mismos y sentir la vida del otro. La vida del semejante sólo se llega a ‘conocer’ desde un plano más interior.

Por tanto, la interioridad, para María Zambrano, es un ‘medio’ que posibilita la ‘percepción’ de la persona en su integridad, en su unidad o totalidad, como prójimo. De esta forma, la interioridad tiene sentido en la vida humana porque vincula nuestra existencia a la vida de los semejantes. Por tanto, no se trata de apartarnos de la realidad sino de, imbuidos en ella, aprender a descubrirnos desde el conocimiento que emerge del interior.

Y todo ello es posible en ese marco necesario de soledad, una soledad bien entendida, una soledad necesaria que va más allá de lo físico, una soledad que nos abre al autoconocimiento, al conocimiento del otro (los semejantes) y del Otro (Dios). Una soledad que bien puede considerarse como conquista que da sentido a la vida.

Sin Filosofía por la vida

Recuerdo, hace poco más de un año, la última reunión de profesores de Historia de la Filosofía a la que nos citaban los encargados  en la universidad para informarnos sobre el examen de Selectividad. Comenzaron saludándonos cordialmente para, a continuación, indicar que, seguramente, era la última ocasión en que nos íbamos a encontrar en una reunión de esa índole. Según lo previsto, la Historia de la Filosofía desaparecía como asignatura troncal de 2º de Bachillerato y, por ello, tampoco estaría presente en las pruebas de acceso a la universidad. Fue algo que se cumplió a medias, pues algunas comunidades autónomas españolas sí la incluyeron como obligatoria en 2º de Bachillerato, pero otras muchas no. No obstante, se trataba de la crónica de una muerte anunciada que ha tenido su último capítulo recientemente al anunciarse que la Historia de la Filosofía pierde peso en la Selectividad, quedando como materia optativa para alumnos del Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales. Ahora, ni los alumnos tienen la obligación de escoger Historia de la Filosofía durante el curso ni los centros educativos tienen la obligación de ofertarla en varias comunidades autónomas.

Hemos llegado a esta situación como fruto de las continuas reformas educativas que venimos sufriendo en España durante los últimos años. Y digo bien, “sufriendo”, pues cuando nos quejamos de los resultados de nuestros niños y jóvenes, de nuestro puesto en el ranking internacional de sistemas educativos… aquí está una de las causas.

Pero no sólo nos debemos quedar en la “periferia” de esta situación. Hay algo aún más profundo en todo ello: el estudio de las Humanidades en general y de la Filosofía en particular se está aislando de tal forma que, dentro de poco, va a ser complicado hablar con nuestros jóvenes sobre el ser humano como ser racional, dotado de valores, con continuas influencias en el pensamiento desde los orígenes del mismo, buscando un sentido crítico a las propuestas que van surgiendo, descubriendo un sentido de la trascendencia y un plano de la realidad que va más allá de lo puramente físico, lo  biológico, lo práctico o lo económico… Porque, ¿en qué otras materias que no son las humanísticas se estudian estos temas?

Aprender a pensar, conocer la dinámica de nuestro razonamiento, descubrir de dónde vienen las ideas, cómo surgen las doctrinas políticas, qué está de fondo en los grandes cambios de nuestra historia, cómo y por qué la fe puede ser pensada, cuál es el sentido de la vida para otros que nos han precedido y para nosotros mismos… Se trata de cuestiones a las que no podemos renunciar. Y lo estamos haciendo: de una forma medio oculta, sin levantar mucha polvareda, casi sin ser conscientes de ello… nos estamos olvidando de aquello que nos hace propiamente humanos, que nos define, que nos da sentido.

Una vez más, queda la esperanza del profetismo, de revelarnos contra lo impuesto, de seguir potenciando la Filosofía, las Humanidades, la Religión, quizás no en el marco de la escuela (craso error), pero sí en otros foros a los que, sin duda, acudirán nuestros contemporáneos en busca de ideas, de preguntas y respuestas, de espíritu crítico y de sentido de la vida.

Durante varios siglos la Teología fue la madre de todas las ciencias, teniendo, poco después, a la Filosofía como fundamento y antesala, ambas disciplinas unidas y complementarias entre sí: “creo para entender y entiendo para creer”, dirá Nuestro Padre San Agustín. Llegó luego la gran Revolución Científica que, en pocos siglos, ha hecho que el progreso de la Humanidad se sitúe en cotas insospechadas. Y en gran medida, también esta revolución ha tenido a las Humanidades como fundamento, sin olvidarse ni desentenderse del todo de ellas.

Fe y razón van de la mano; ciencia y religión no son enemigas; progreso y espiritualidad no pueden ser ajenas. Las Humanidades en general y la Filosofía en particular nos ayudan a que estas aparentes dicotomías no sean tales y caminen juntas. Seguiremos luchando para que así sea en bien de la Humanidad.