La Navidad, según Marguerite Yourcenar (“Le temps, ce grand sculpteur”, 1983)

La época de las navidades comercializadas ha llegado ya. Para casi todo el mundo —dejando aparte a los miserables, lo que nos da muchas excepciones— es un alto para el descanso, cálido e iluminado, en el periodo grisáceo del invierno. Para la mayoría de los que hoy celebran estos días, la gran fiesta cristiana se limita a dos ritos: comprar de manera más o menos compulsiva unos objetos útiles o no, y atracarse o atracar a las personas de su círculo más íntimo, en una inextricable mezcla de sentimientos en donde entran a partes iguales el deseo de complacer, la ostentación y la necesidad de darse uno también un poco de buena vida. Y no olvidemos a los abetos siempre verdes cortados en el bosque —símbolos muy antiguos de la perennidad vegetal y que acaban por morir debido al calor de las calefacciones— ni a los teleféricos que sueltan sus esquiadores sobre la nieve inviolada.

Yo no soy católica (salvo por nacimiento y tradición), ni protestante (salvo por algunas lecturas y por la influencia de algunos grandes ejemplos), ni siquiera cristiana en el sentido amplio del término, pero todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en sigficaciones y también su cortejo de fiestas menores como el día de San Nicolás y la Santa Lucía nórdicas, la Candelaria y al fiesta de los Reyes Magos. Pero limitémonos a hablar de la navidad, esa fiesta que es de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y respeto, que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de gente pobre: una antigua balada francesa nos describe a María y a José buscando tímidamente por todo Belén una posada al alcance de su bolsillo, sin que nadie acepte alojarlos, ya que los posaderos prefieren a unos clientes más brillantes y más ricos, siendo finalmente insultados por uno de los que “aborrecen a los pobretones”.

Es la fiesta de los hombres de buena voluntad —como decía una fórmula que no siempre encontramos ahora, desgraciadamente, en las versiones modernas de los Evangelios—, desde la sirvienta sordomuda de los cuentos de la Edad Media que ayudó a María en el parto hasta José que le calentó ante una escasa lumbre los pañales del recién nacido, y hasta los pastores embadurnados de grasa de oveja y a quienes Dios juzgó dignos de ser visitados por los ángeles. Es la fiesta de una raza a menudo despreciada y perseguida, puesto que el Recién Nacido del gran mito cristiano aparece en la tierra como un niño judío (empleo la palabra de mito con respeto, como la emplean los etnólogos de nuestro tiempo, y como algo que significa las grandes verdades que nos superan y a las que necesitamos para vivir). Es la fiesta de los animales que participan en el misterio sagrado de esa noche, maravilloso símbolo cuya importancia comprendieron algunos santos y sobre todo San Francisco, pero en el que han descuidado y descuidan inspirarse muchos cristianos corrientes. Es la fiesta de la comunidad humana, ya que es, o será dentro de unos días, la de los Tres Reyes cuya leyenda nos cuenta que uno de ellos era negro, alegorizando así todas las razas de la tierra que llevan al niño la variedad de sus dones. Es una fiesta de gozo, pero también teñida de patetismo, puesto que ese pequeño a quien se adora será algún día el varón de los dolores. Es, finalmente, la fiesta de la misma tierra, que en los iconos de la Europa del Este vemos a menudo postrada a la entrada de la gruta en donde el niño escogió nacer; de la tierra que en su marcha rebasa en esos momentos el punto del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera. Y por esta razón, antes de que la Iglesia fichara esa fiesta para el nacimiento de Cristo, era ya, en épocas remotas, la fiesta del sol.

Parece que no es malo recordad estas cosas, que todo el mundo sabe y que tantos de nosotros olvidan.

Una experiencia no ‘googleable’

Google nos ha cambiado la vida en pocos años. Atrás quedaron esas tardes en la biblioteca consultando varios tomos enciclopédicos para extraer citas, alguna información concreta de un autor, una fecha, una definición… Atrás quedó la consulta en esos inmensos cajones de archivo para localizar libros relacionados con un tema que queríamos abordar. Ahora, con sacarnos el móvil del bolsillo tenemos en nuestra mano la mayor biblioteca jamás imaginada por el ser humano. Es más, ¿en qué conversación actual que se precie surge una pregunta y alguno de los participantes no plantea buscar la información en Google?

Tal es así que no es raro acudir a Google para buscar tutoriales sobre cómo hacer cosas, desde el nudo de la corbata, pasando por cambiar una rueda al coche o cocinar un pollo al ajillo. Pero aún hay más: a Google le preguntamos qué podemos hacer para adelgazar, dónde puedo encontrar el mejor regalo para un amigo o, incluso, qué hacer si mi matrimonio está pasando por una crisis… Y lo más curioso es que hay respuesta para ‘casi todo’, sea del tipo que sea, sea con la precisión, veracidad o seriedad que sea. Y digo para ‘casi todo’ porque siguen siendo muchas las preguntas, planteamientos, dudas que Google no nos puede resolver y que sólo se pueden afrontar desde la experiencia personal de encuentro consigo mismo y con los demás.

Recuerdo, no hace mucho, dirigirme a un grupo de profesores recordándoles la importancia de aprovechar el tiempo en clase para todo aquello que no sea ‘googleable’ (para eso sería mejor que alumnos y profesores se quedaran en casa). Es cierto que el mundo digital no es ya una esfera virtual de nuestra vida sino que se ha convertido en algo tan real como la vida misma. Pero la experiencia personal y de encuentro con el otro es algo único, irrepetible y no ‘googleable’.

Cada mes de diciembre se cruza en nuestro camino la experiencia de la Navidad. Lógicamente, en estos días acudiremos a Google para que nos ayude a preparar todo lo que implica uno de los grandes acontecimientos anuales. Pero no podemos olvidar que lo que celebramos en estos días es algo tan grande que, como decíamos antes, sólo se puede experimentar en nosotros mismos y en el encuentro con los demás.

Algo tan sencillo como detenernos y, en silencio, contemplar el gran misterio de Dios haciéndose niño, accesible, frágil, cercano. Descubrir su presencia entre nosotros desde antes de encarnarse, durante su vida y ahora por medio de su Espíritu. Preguntarnos por los sentimientos de José, de María, de todos esos personajes que, año tras año, colocamos cuidadosamente en el Belén. Y poder compartir con otros esa experiencia, celebrarla, actualizarla, hacerla realidad en nosotros y en los demás, sabiendo que supone un nuevo renacer personal capaz de destruir todo mal y de dar sentido a toda injusticia desde la esperanza.

No todo es ‘googleable’. La Navidad es un encuentro personal con el Otro que viene a nosotros, que nos abraza y que está presente entre nosotros todos los días de nuestra vida, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est

En estas fechas navideñas, uno de los lugares más especiales donde, de una u otra forma, todos fijamos nuestra mirada es el portal de Belén. Ya sea, simplemente, por la estética de estos días o por un sentido religioso más profundo y verdadero, la gruta de Belén que, desde pequeños, nos esmerábamos en preparar en casa, siempre ha sido uno de los escenarios más entrañables.

Todos los cristianos deberíamos hacer un esfuerzo por tener la oportunidad de visitar Tierra Santa. Es la ocasión de ponerle cara a tantos lugares que, de una u otra manera, forman parte de nuestra vida y nuestra fe pero que, por desconocimiento, deformación o fantasía, no llegamos a conocer verdaderamente.

Ahora bien, ¿qué podemos nosotros decir de esta gruta de Belén? El primero y principal testimonio que nos ha llegado es el de los Evangelios, lectura muy recomendada para estos días navideños para sumergirnos en este gran misterio del nacimiento de Jesucristo como niño.

Durante los primeros siglos de la Iglesia (del I al XI), conservamos, además, los testimonios de Orígenes, Eusebio de Cesarea, la peregrina Egeria, San Jerónimo, Teodosio, un peregrino anónimo de Piacenza, Arculfo, el Patriarca de Alejandría Eutico, Al-Mukadassi… que nos narran cómo fue la veneración de este santo lugar del nacimiento de Jesús.

Más de 2000 años después de ese gran momento, la ciencia arqueológica y otros testimonios más recientes (especialmente el de los franciscanos, custodios de Tierra Santa desde el siglo XIV) nos puede aportar más detalles. La entrada actual está ubicada lateralmente respecto al lugar del nacimiento de Jesús, pero se conjetura que en el siglo IV el acceso se realizaría frontalmente, desde la parte delantera del presbiterio. Las dos pequeñas portadas de ambos accesos son del periodo cruzado. Por la escalera sur (derecha del iconostasio) se llega al interior mismo de la Gruta de la Natividad. El espacio es estrecho y angosto; las paredes, originalmente irregulares, forman ahora un perímetro casi rectangular. En la época bizantina, la roca natural de las paredes estuvo recubierta con mármol.

El Altar de la Natividad se comenzó a venerar sólo cuando, en la época bizantina, fue creado este espacio como recuerdo del lugar preciso del nacimiento de Jesús. La estructura actual es completamente distinta a la descrita por los peregrinos Focas y l’Abad Daniel en el siglo XII. Dos columnas de piedra roja sostienen el altar, donde figura la inscripción «Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus»; en el conjunto están representados el Niño entre pañales, la escena del lavatorio del Niño y la llegada de los pastores. Bajo el altar se encuentra la estrella de plata con la inscripción latina: «Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est – 1717», en recuerdo del lugar exacto de la Natividad.

A la derecha del altar de la Natividad está el lugar donde María colocó al Niño tras nacer: un “comedero”, llamado popularmente el Altar del Pesebre. En esta parte de la gruta el suelo es más bajo. Este espacio está delimitado por columnas parecidas a las bizantinas de la nave central de la basílica y por restos de dos columnas cruzadas. Frente al pesebre existe un altarcillo dedicado a los Magos donde los latinos celebran la Misa. La actual estructura de toda esta capillita no es original, sino resultado de muchos cambios realizados a lo largo del tiempo y derivados del continuo trasiego de peregrinos.

Tras el incendio de 1869 y para prevenir nuevos siniestros, las paredes de la Gruta fueron recubiertas con paneles de amianto, donados por el presidente de la República Francesa, el mariscal MacMahon, en 1874. Por debajo de este revestimiento son todavía visibles los mármoles cruzados, mientras que sobre dichos paneles penden cuadros de madera de escaso interés artístico.

Se trata de testimonios que, de una u otra forma, avalan la veneración de este Santo Lugar donde se inició uno de los grandes momentos de la Historia de la Salvación: todo un Dios se hace hombre para compartir con nosotros todo lo que podemos vivir en esta vida. Será, además, la oportunidad de redimirnos de nuestros pecados, padecer con nosotros y por nosotros, y guiarnos hacia el camino de la vida eterna.

La Navidad es tiempo de gracia, la Navidad es tiempo de salvación, la Navidad en tiempo de alegría, la Navidad es tiempo de oración.

(Fuente: Custodia de Tierra Santa http://www.belen.custodia.org)

Una cuna vacía… con mucho sentido

En muchos “belenes” se mantiene la tradición de no poner la figura del Niño Jesús hasta la noche de Navidad. Es una imagen simbólica para el tiempo previo de Adviento, tiempo de espera.

Pero hay algo más detrás de este símbolo. Muchos llevamos festejando la Navidad desde hace  semanas, casi meses. A ello contribuyen, en gran medida, las grandes campañas comerciales. En estos días, muchas de las tarjetas navideñas y anuncios publicitarios nos felicitan “las fiestas”. Y quizás, sin quererlo, nos fijamos tanto en estos detalles exteriores, en los preparativos de estos días, que nos olvidamos de lo fundamental.

Pero es que, aún hay más: la Navidad no es igual para todos. No podemos ser tan ingenuos de pensar que, en estos días “de fiesta”, se paralizan los conflictos, se interrumpen las guerras, se deja de sufrir… Pensemos, por un momento, en la Navidad de este año en Siria, en Venezuela, en muchos países de África o, incluso, más cerca, en alguna familia cercana, en personas solas en casa, en alguien que, sin saberlo nosotros, sufre…

Es más, no es poca la gente que experimenta un cierto rechazo por la Navidad, se le vienen a la cabeza recuerdos, personas, experiencias que no hacen especialmente agradables estos días. Algunos de ellos, incluso, están relacionados con otras Navidades, con tiempos pasados felices… que ya no son iguales…

¿Por qué, entonces, esta aparente “farsa” de tener que ser todos tan felices en estos días? ¿Felices por qué? ¿Cuál es el motivo? ¿En qué centramos la alegría de la Navidad?

Yendo a las fuentes, nos encontramos con una realidad que, a primera vista, no resulta muy “idílica”: una madre embarazada sin un lugar donde dar a luz; un padre confuso por los acontecimientos acaecidos; una duda, en ambos, sobre cómo iba a terminar todo eso…

No, no tuvo que ser fácil vivir esa situación en el día del nacimiento de Jesús. Y no terminaremos de comprender la Navidad si no tenemos en cuenta lo que, en aquel momento, según las fuentes, se tuvo que vivir.

Pensándolo bien, mucho más cercanos a vivir la Navidad, están los protagonistas de las Bienaventuranzas: los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los perseguidos… porque ellos sí han experimentado una cuna vacía y van a poder alegrarse, verdaderamente, de la llegada de Aquél que da sentido a todo. “El Ser mayor que el cual nada puede ser pensado”, al que tantas veces se han referido los filósofos, se hace carne, se hace uno como tú y como yo, comparte contigo y conmigo todo lo que tú y yo podemos experimentar en esta vida… incluso lo malo, incluso la muerte.

No comprenderemos del todo la Navidad si no partimos de una cuna vacía. Sólo puede ser llenado aquello que tiene espacio para llenarse. Si estamos llenos, ¿qué pinta Dios en nuestra vida? Pero no nos engañemos: sólo Él da pleno sentido. Las personas nos fallan y pasan, las cosas se rompen, el tiempo corre… y sólo Dios permanece…

Decía San Agustín: “Nisi credideritis, non intelligetis” (“A menos que creas, no entenderás”). Sólo se comprende la Navidad desde la fe… es así como cobra sentido la vida.

No dejemos nuestra cuna vacía, pero tampoco la llenemos de cosas que pasan… que Él, verdaderamente, nazca en nuestra cuna. Ahora sí, feliz Navidad.

(Imagen tomada en el Portal de Belén de la Basílica de San Pablo Extramuros, Roma, en diciembre de 2016)