La prisa: enemiga número 1

El mes de septiembre supone, para muchos, el recomienzo de la actividad tras un más o menos largo periodo de descanso veraniego. Es tiempo de propósitos, objetivos, nuevos retos, algo de rutina… Y, como no podría ser de otra forma, para la gran mayoría de los mortales, supone la vuelta a la prisa, a ir corriendo a todos lados y no llegar a nada, a tener ocho cosas que hacer y no saber por dónde comenzar, a esa sensación de agobio por estar siempre atendiendo  la urgencia y no tener ocasión de pararse a pensar, a programar, a proyectar, a soñar…

Lo queramos o no, somos esclavos de la prisa. Y a ello, más si cabe, está contribuyendo la tecnología: salimos de casa y, mientras caminamos 20 metros, nos han llegado 20 mensajes de WhatsApp, 12 notificaciones de Twitter, 6 de Instagram, 2 solicitudes de amistad en Facebook y 4 alertas de Youtube con nuevos vídeos de los canales a los que estamos suscritos. Son las 7:30 de la mañana, no hemos llegado ni a nuestro lugar de trabajo o estudios y las redes sociales ya nos han acelerado el día.

Llevo años contemplando cómo, en mayor o menor medida, nos hemos convertido en “bomberos” del día a día. Vamos apagando fuegos en forma de conflictos,  preocupaciones, urgencias, y no tenemos apenas tiempo de profundizar en las cosas, de buscar formas diferentes, de encontrar nuevos caminos. A ello tampoco contribuyen los ritmos laborales, ni la multiplicación de actividades. Y es algo que, quizás sin pensarlo, estamos transmitiendo a los más pequeños cuando, al salir de clase, por aquello de que “estén entretenidos”, les apuntamos a clase de idiomas, de pintura, de música, entrenamiento de baloncesto, robótica, equitación… Ciertamente, al terminar el día, no molestan mucho en casa, pero ¿qué lugar reservamos al juego (sin PlayStation de por medio), a la relación con los demás o al tan sano aburrimiento del que, en tantas ocasiones, surgen las ideas más creativas?

Hay un dicho que dice: “La prisa es enemiga de la perfección”. Yo iría más allá, y no me quedaría sólo en lo que supone la excelencia de la perfección. La prisa es enemiga del silencio: ¿cómo poder encontrar momentos de encuentro con nosotros mismos en mitad de la vorágine del día a día? ¿Dónde queda esa necesidad tan humana de escuchar nuestro interior, de diálogo personal, de discernimiento? Y, si la prisa es enemiga del silencio, lo es, también de la oración, de ese momento de escucha del Maestro interior de quien tanto hablara san Agustín, de ese diálogo profundo con el Dios que habita en nosotros.

Pero es que, además, la prisa es enemiga de la familia y la amistad: ¿cómo encontrar momentos de encuentro y de diálogo con los seres queridos? ¿Cómo estar pendientes a las necesidades de los demás? ¿Cómo poder ayudar a otros? ¿Cómo dedicarles tiempo si no somos capaces de encontrarlo para nosotros mismos?

Y, en este mundo del “aquí y ahora”, en nuestra sociedad de lo “práctico y efectivo”, en esta actualidad del vivir las cosas rápido, en directo e intensamente, ¿cómo vivir la vida desde la profundidad? ¿Cómo no quedarnos con lo exterior, con los pocos caracteres que nos llegan en un ‘tweet’, con los cientos de frugales e insustanciales mensajes de WhatsApp que recibimos todos los días? ¿Cuándo tenemos ocasión de pararnos, de cuestionarnos, de pensar por qué hacemos las cosas, de analizar nuestra vida, de pensar qué cambiar, de contemplar?

Alguien podría decir que, con el ritmo de la vida hoy, lo de pararse, lo de no dejarse llevar por la prisa es algo difícil o, incluso, que no está al alcance de todos. Pero, piénsalo: ¿no crees que si, en muchos momentos de tu vida te hubieras parado a reflexionar algo con más detenimiento, la decisión tomada hubiese sido otra? ¿No crees que vivir en la superficialidad no te permite llegar a lo profundo de las cosas? ¿No crees que el tiempo que puedas dedicarte a ti y a los tuyos es lo más importante que tienes? ¿No cambiarían muchas cosas si pasáramos más las decisiones por el filtro del corazón?

Por tanto, hagamos un propósito: cada mañana, cada noche, o en el momento que consideres más oportuno, detente unos minutos, mírate por dentro y pregúntate si estás conforme con lo que eres y haces. Pregúntate si puedes cambiar algo en tu vida para mejorar. Piensa qué más puedes hacer por los demás. Y no dejes de compartir todo eso con un Dios que te conoce como nadie y está siempre pendiente de ti. Y dile: “Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares” (Salmo 138). La prisa es tu enemiga número 1. No dejes que se imponga.

La soledad como ‘conquista’

Fenómenos actuales como la adicción a la tecnología, la desestructuración familiar, la situación de abandono de muchos ancianos, niños… nos deben hacer pensar. En todas estas circunstancias podríamos encontrar un denominador común: la soledad.

En términos sociales generales, la soledad significa estar solo sin acompañamiento de una persona u otro ser vivo. La soledad puede tener origen en diferentes causas, como la propia elección del individuo, el aislamiento impuesto por un determinado sector de la sociedad, una enfermedad contagiosa o hábitos socialmente distraídos. Según esto, podría tener connotaciones negativas o positivas dependiendo de si es una soledad buscada o una soledad forzosa.

María Zambrano, una de las filósofas españolas más representativas del siglo XX, decía en su obra “El hombre y lo divino” que «en la vida humana no se está solo sino en instantes en que la soledad se hace, se crea. La soledad es una conquista metafísica, porque nadie está solo, sino que ha de llegar a hacer la soledad dentro de sí, en momentos en que es necesario para nuestro crecimiento». Según esto, la soledad no es la ausencia física de alguien, sino que es una actitud que el ser humano debe cultivar desde su interior como un objetivo a alcanzar, imprescindible para lograr su madurez. Se trata, por tanto, de una relectura de ese sentido negativo de la soledad encontrando en ella una perspectiva optimista, positiva y necesaria para el crecimiento humano.

Ahora bien, como señala Zambrano, la soledad no es un estado en el que el ser humano deba permanecer, ya que «la soledad es un estado pasajero que no llega a ser ‘morada’ según el lenguaje de los místicos». Y alude, en este sentido, a la experiencia de ‘duda metódica’ que tiene Descartes cuando, para poder llegar al descubrimiento de la realidad primera, a modo de método, decide dudar sistemáticamente de todo (de los sentidos, de su propia imaginación, etc.), pero no para quedarse en la duda, sino como medio para llegar a esa verdad primera que tanto ansía.

María Zambrano destaca cómo San Agustín entendió este sentido positivo de la soledad a partir del gran descubrimiento de la interioridad. La autora precisa que la interioridad no hace referencia al lugar interior, conciencia, psique, que es como se ha entendido a lo largo de la historia del pensamiento, sino que la interioridad es condición esencial para ‘percibir’ al prójimo desde dentro de nosotros mismos y sentir la vida del otro. La vida del semejante sólo se llega a ‘conocer’ desde un plano más interior.

Por tanto, la interioridad, para María Zambrano, es un ‘medio’ que posibilita la ‘percepción’ de la persona en su integridad, en su unidad o totalidad, como prójimo. De esta forma, la interioridad tiene sentido en la vida humana porque vincula nuestra existencia a la vida de los semejantes. Por tanto, no se trata de apartarnos de la realidad sino de, imbuidos en ella, aprender a descubrirnos desde el conocimiento que emerge del interior.

Y todo ello es posible en ese marco necesario de soledad, una soledad bien entendida, una soledad necesaria que va más allá de lo físico, una soledad que nos abre al autoconocimiento, al conocimiento del otro (los semejantes) y del Otro (Dios). Una soledad que bien puede considerarse como conquista que da sentido a la vida.

El barro, una cuna y la cruz: reinicio a la luz del Viernes Santo

La historia de Dios y el hombre es una historia de encuentros y desencuentros en los que el barro,  una cuna y la cruz han supuesto el comienzo de una nueva etapa.

En el inicio, tomando barro en sus manos, Dios creó al hombre y lo hizo a su imagen y semejanza, depositando en él lo más preciado que podía concederle: la libertad. Una libertad que incluso podía llegar a darle la espalda a Dios, a negarlo.

Dios siempre se mostró cercano a su creatura, imagen y semejanza suya, pero el hombre, una y otra vez, se separaba de él y le era infiel.

En un segundo momento, Dios quiso volver a hacerse presente en la vida del hombre. Habiendo intentado por medio de profetas y de otras muchas mediaciones que el hombre retornara a su camino, quiso Dios hacerse aún más cercano al hombre y se hizo uno como él. Y además, de una forma sencilla, de una forma humilde: en la familia de Nazaret. Una sencilla cuna, en una sencilla estancia, con una sencilla familia, fueron su hogar. Un nuevo y profundo encuentro de Dios con el hombre.

Pero aún hay más: porque el Hijo de Dios se encarnó, compartió con el hombre su vida, y el hombre lo mató crucificándolo tal día como hoy. Y es en ese momento cuando se produce otra profunda unión entre Dios y el hombre: yendo a lo más profundo de él, a la experiencia más extrema: la muerte. Dios se hace hombre y llega a tocar lo más hondo de la vida del hombre, el momento de suprema debilidad y que iguala a todos los seres humanos, porque todos somos iguales ante la muerte.

Y en ese momento de debilidad, en ese encuentro profundo con el hombre, Dios lo vuelve a ensalzar porque es imagen y semejanza suya y no quiere que perezca. Por eso el Hijo de Dios tenía que padecer y resucitar al tercer día, para que este encuentro con Dios fuera el inicio de una nueva relación con el hombre.

Si Jesus no resucita, de nada sirve nuestra fe. Pero hoy recordamos (volvemos a pasar por el corazón) la muerte de Jesús, momento de profundo encuentro entre Dios y el hombre. No es momento de final sino de reinicio. Un nuevo sentido y una nueva esperanza brotan del mal, de la injusticia, del dolor y el pecado. En Jesús, por su cruz, somos nuevamente liberados de las ataduras del mal, del pecado y de la muerte. En Jesús se produce el reencuentro: somos hijos en el Hijo.

Oye, ¿tú meditas?

Hace algún tiempo, en un paseo por la Sierra de Madrid, un amigo con el que recorría el Camino Schmid, contemplando la desbordante naturaleza que nos rodeaba, me preguntó: “Oye, ¿tú meditas?” Hubiese sido fantástico verme la cara en ese momento, pues la pregunta me dejó completamente descolocado.

Poco antes habíamos estado hablando de esas cosas de las que uno habla cuando se encuentra a gusto y la compañía te sigue el hilo: el sentido de la vida, quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… Y, a propósito de esto, comenzó a surgir el tema del ‘yoga’, el ‘mindfulness’ y otras prácticas que están teniendo mucha incidencia en los últimos años. Por lo que percibí, la inocente pregunta de mi amigo iba orientada, precisamente, a esas prácticas: si yo era asiduo del ‘yoga’ o si me había introducido en la línea ´mindfulness’. La inocente pregunta de mi amigo hizo que siglos de tradición cristiana y decenas de personajes de gran renombre –maestros  de oración–, se me pasaran por la cabeza. La inocente pregunta de mi amigo me hizo pensar, una vez más, qué estamos haciendo mal los cristianos para que algo tan nuestro como es la meditación se nos esté yendo de las manos y otros lo estén desdibujando. Y, por si fuera poco, una vez más, se cumplía la ecuación que nunca falla: toma un elemento profundo y necesario del ser humano, ponle un nombre ‘molón’ (si es en Inglés, mejor) y lanzarás al estrellato lo que te propongas. ¿O es que la meditación es algo que nos acabamos de inventar ahora y no lleva practicándose desde hace siglos y siglos en la tradición cristiana? Además, la meditación cristiana no se queda sólo en una paz con uno mismo y con el entorno sino que conduce a un diálogo con un Tú que es el que, de verdad, llena y da sentido.

A propósito de esta ecuación infalible que me estoy proponiendo patentar, no tengo nada en contra de la lengua de Shakespeare, la cual aprecio mucho como instrumento de comunicación entre personas de distintos países. Pero también es cierto que estamos llegando a cotas preocupantes, como la que nos ha hecho ver una de las últimas campañas de la Real Academia Española de la Lengua. ¡No tiene desperdicio! ¿Quién no ha visto en la tele el anuncio del perfume SWINE o de las gafas BLIND EFFECT, que introducía anglicismos tales como “perfume con aroma a cerdo” o “las gafas que no te dejan ver nada” https://youtu.be/RozkQWP_Mlc ¿No pasará algo parecido con el ‘coaching’, o el ‘mindfulness’?

Pero, dejando a un lado esta cuestión lingüística, importante pero no central, vayamos al fondo de la cuestión: no diremos nada nuevo con ello, pero, cada vez más, urge una nueva evangelización de nuestra sociedad. Los canales de comunicación que estamos utilizando no están siendo efectivos, el lenguaje cristiano está desubicado y, como mucho, sólo es comprendido mínimamente por los mismos cristianos… a veces ni eso. Porque, seamos serios, además de las personas que hayan tenido la suerte de dedicar varios años de su vida a estudiar Teología y que tengan nociones de Liturgia, ¿quién es capaz de comprender la gran mayoría de las expresiones que se utilizan en las celebraciones cristianas? Vayamos a los prefacios, a las oraciones colectas… casi es necesaria una explicación previa a cada una de ellas para poder entenderlas. Nuestro lenguaje está alejado del común de los mortales. Y, curiosamente, vemos cómo un pequeño cambio de registro en el modo de comunicar es capaz de producir grandes logros. Fijémonos, por ejemplo, en la manera que el Papa Francisco está utilizando en sus homilías, discursos u otras intervenciones: es espontáneo, cuenta anécdotas, hace uso de los videos cortos que se hacen virales por las redes sociales, se hace cercano… Y, lo mejor de todo es que no está diciendo nada nuevo, sino que, como sucesor de Pedro, su misión es transmitir el mensaje de Jesucristo y el Magisterio de la Iglesia, ahora bien, adaptándolo a nuestro tiempo.

Quizás todavía no lo sabemos, no nos hemos dado cuenta, pero, en nuestra vida y tradición cristiana tenemos una riqueza infinita que no estamos sabiendo transmitir a nuestros contemporáneos. Por eso buscan en otros lugares lo que ya la Iglesia ofrece desde hace siglos. Ahora bien, no tengamos una actitud de defensa a ultranza de ‘lo nuestro’, simplemente porque es nuestro (eso sería egoísta y, en el fondo, negativo). Defendamos lo nuestro porque, así como a nosotros nos ha hecho bien y nos ha cambiado la vida, también puede hacérselo a otros. En definitiva, busquemos y defendamos la Verdad en todo lo que hagamos: en el fondo, ahí estará Jesucristo.