Empantallados

Recientemente me topé con la web www.empantallados.com, una iniciativa de padres y madres que, como indica en su página principal, “nace porque piensan que sus hijos necesitan que les acompañen en el mundo digital. La tecnología está aquí para quedarse, así que aprovechémosla como una oportunidad más para educar”.

Cuando vi la web recordé algunos datos del informe ‘Jóvenes españoles entre dos siglos’, según los cuales el tiempo que pasan los jóvenes conectados (Internet, videojuegos, redes sociales, etc.) es el equivalente a 135,5 días al año. A ello se añade que los niños menores de 6 años pasan casi 2 horas al día frente a las pantallas, lo cual supone 3 veces más tiempo del que pasan leyendo o escuchando a alguien que les lee. Y, por lo general, (y aquí ya nos incluimos casi todos) consultamos cerca de 150 veces al día nuestro Smartphone y no podemos estar más de una hora sin abrir WhatsApp.

Pero no sólo nos quedamos ahí, sino que podríamos recordar todo lo que supone el nuevo concepto de ‘amistad’ en redes sociales, o los verdaderos traumas que se generan cuando alguien que aprecias no te da un ‘Me gusta’ en alguna de las publicaciones que hacemos o si alguien de nuestro entorno ha subido una foto y no nos ha etiquetado…

Ciertamente, no es fácil encarar esta situación, máxime cuando los más afectados son los ya denominados ‘nativos digitales’: todos aquellos niños y adolescentes actuales que no han vivido en otra época que no fuera la digital, la de las redes sociales, la de Google, la de Siri…

No obstante, no toda la culpa es de las jóvenes generaciones: los adultos tienen mucho que ver también. O si no que se lo pregunten a todos esos padres que, para que el niño no moleste, le endosan el teléfono móvil a modo de calmante; o esos padres que le compran el teléfono móvil al hijo para tenerlo localizado y se olvidan de que, además de para hacer llamadas, el teléfono puede servir para mucho más… bueno y malo…

Lo queramos o no, todos estamos un tanto ‘empantallados’. Y ante esta realidad, como reacción, uno puede tomar tres determinaciones: o darlo todo por perdido y rendirse al pensamiento colectivo; o meterse en un búnker para aislarse del mundo; u optar por una vía intermedia que intenta compatibilizar la presencia de la tecnología en nuestras vidas por medio de una correcta educación de su uso. Obviamente, esta última opción es la más comprometida y complicada, pero ahí está nuestro reto. Y qué bueno es que un grupo de esos padres ‘empantallados’ haya tomado esta iniciativa. No hay que olvidar que los padres son los primeros educadores de los hijos. Un reto como éste supone una verdadera lectura de los signos de los tiempos a los cuales no nos podemos negar.

Ante circunstancias parecidas parecen venir a la memoria las palabras de San Pablo en la Carta a los Corintios: “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”. Y es que, ciertamente, un creyente no puede permanecer sordo, ciego o mudo ante las circunstancias del mundo. Y si uno de los retos de hoy está en la educación en el uso de la tecnología, impliquémonos todos. De ello dependerá mucho de lo que nos depare el futuro. La escuela no podrá ser considerada como un segundo hogar hasta que la familia se convierta en la primera escuela. Ahí está uno de los grandes retos hoy.

‘Black mirror’: la ciencia ficción que se hace realidad

No descubrimos nada nuevo en el horizonte si digo que encender la televisión hoy día y encontrarse algo que merezca la pena resulta una misión bastante complicada… No obstante, somos hijos de nuestro tiempo y, de una u otra forma, ya sea enganchándonos a una serie, a un programa musical o a algún espacio de entrenamiento, solemos terminar embobados un buen rato.

Por circunstancias de la vida, también es cierto que las oportunidades para ver la televisión de la forma ‘clásica’ se han reducido mucho. Pero, una vez más, para eso está Internet, las plataformas digitales y los dispositivos móviles, que son capaces de acercarnos los contenidos allá donde estemos. Entre todos ellos, quizá sea el formato de las series el que más se haya multiplicado en los últimos años. De esperar el día y la hora concretos para ver el capítulo de la serie semanal, hemos pasado a tener tantos capítulos por ver que, materialmente, no nos da el día, el mes ni el año para ello.

Últimamente he descubierto una de esas series que comienzas a ver por casualidad y, de repente, te atrapan: ‘Black mirror’. No es una serie con una línea argumental fija, sino que cada capítulo es independiente. Apenas coinciden los personajes en los diferentes capítulos y temporadas, pero sí tiene un denominador común: todo gira en torno a cómo la tecnología afecta a nuestras vidas, en ocasiones sacando lo peor de nosotros. Cada capítulo nos acerca a la forma en que vivimos actualmente y a lo que podríamos llegar a vivir en poco tiempo si dejamos que este mundo se nos vaya de las manos…

Recuerdo que el primer capítulo que vi transcurría en un mundo en el que las personas podían calificar y ser calificadas por puntuaciones de una a cinco estrellas en cada interacción social que realicen (un paso más allá de las redes sociales). La protagonista, una joven obsesionada por sus calificaciones, era elegida por una popular amiga de la infancia como dama de honor de su futura boda. Durante el viaje para asistir al enlace Lacie tiene un encontronazo con uno de los trabajadores encargados del servicio al cliente. Tras una agria discusión su calificación personal comienza a reducirse rápidamente y su vida termina dando un giro catastrófico.

En otros capítulos se narra la experiencia de una madre que pone un implante a su hija para tenerla siempre localizada y ver todo lo que hace; otro plantea la incidencia extrema de la realidad virtual en nuestras vidas; en otro se trata cómo sería nuestra vida cuando todo lo que hagamos, digamos, escuchemos o veamos quede grabado en un implante, etc. Ciertamente, no es de esas series con las que uno se va a dormir tranquilo tras ver un capítulo, pero sí considero que las temáticas que trata y la forma extrema de hacerlo pueden suponer un impacto en nosotros, que podemos estar ahora mismo en el borde de llegar a eso.

Lo que hace años considerábamos ‘ciencia ficción’ ya está, en algunos casos, ‘pasado de moda’ y ha sido superado. Todo va tan rápido y todo es tan diferente cada vez y en tan poco tiempo que resulta fundamental tener un punto de referencia para no marearse y perderse.

A lo largo de la historia el ser humano ha ido teniendo diversos puntos de referencia: la naturaleza, la divinidad, el poder, la religión, el propio hombre, el dinero, el culto al cuerpo, la tecnología… Y cada vez que uno de esos puntos de referencia se ha radicalizado siempre se ha caído en una deformación que ha degenerado en catástrofe.

Por eso, ante momentos de vértigo, duda o cambio siempre es bueno acudir a la fuente, a la verdad de nuestra vida que, como diría San Agustín, está en nuestro interior. Año tras año, siglo tras siglo, época tras época, ante todo cambio, ante toda duda, siempre la respuesta se ha encontrado en el interior de la persona. Es ahí, también, donde debemos mirarnos ahora. Buceando en nuestro interior encontraremos algo tan sencillo y tan grande como es el amor, la necesidad del otro y del Otro; y encontrando el amor, al otro y al Otro llegaremos al fundamento de nosotros mismos.

Si queremos ser verdaderamente humanos, nada de lo humano nos puede ser ajeno. Y, como ya dijeran tiempo atrás, no hay nada verdaderamente humano que no sea verdaderamente cristiano ni nada verdaderamente cristiano que no sea verdaderamente humano. Preguntas, dudas, incertidumbres hay muchas… respuestas que convenzan y llenen de sentido hay pocas. En el Evangelio de Jesucristo, en su persona tenemos un firme fundamento. La invitación está lanzada. En nuestra mano está aceptarla. Y eso no es, para nada, ciencia ficción.

Gran hermano

No, no vamos a hablar aquí del ‘Gran hermano’ en el que un grupo de personas se meten en una casa rodeados de cámaras (lo siento mucho por los fans incondicionales del programa), aunque no va del todo desencaminada la cosa. Sí nos vamos a referir al origen de este concepto en el que se inspira el programa, que hunde sus raíces hacia mediados del siglo XX.

Fue en 1949 cuando Eric Arthur Blair, más conocido por el pseudónimo de George Orwell publicaba la novela ‘1984’, en la que introducía el concepto del omnipresente y vigilante ‘Gran Hermano’. Se trataba de una obra enmarcada en la ciencia ficción social y política que, sorprendentemente, se ha convertido en una certera profecía de nuestro tiempo. La crítica que Orwell hacía al Estado vigilante, al totalitarismo, a la privación de los derechos humanos, a la limitación de la libertad intelectual y la presentación del concepto de ‘distopía’ (una sociedad ficticio indeseable en sí misma) parece haber cobrado actualidad en los últimos años a partir del imparable avance de la era digital.

Hoy día se da la paradoja de que en el smartphone que solemos llevar en el bolsillo portamos más tecnología que la que el hombre utilizó para llegar a la luna, pero ello también nos ha deparado numerosos peligros de los cuales aún no somos suficientemente conscientes. La vertiginosa revolución tecnológica de los últimos años nos ha abierto a un universo de posibilidades inabarcables y difícilmente soñadas por nuestros antepasados. Poder comunicarnos en tiempo real con otras personas, acceder de manera casi instantánea a ingentes fuentes de información, las múltiples posibilidades del trabajo en red, la facilidad de expresar y difundir la información por redes sociales… el horizonte es inmenso… tanto para lo bueno como para lo no tan bueno.

Han sido varias las películas que han intentado reflejar esta realidad. Recientemente veíamos en las pantallas “El círculo”, adaptación de la novela homónima escrita por David Eggers y dirigida por James Ponsoldt. En ella, Mae Holland (Emma Watson) es contratada para trabajar en el Círculo, la empresa de Internet más prestigiosa del mundo. A través de un moderno sistema operativo, el Círculo une las direcciones de email, perfiles en las redes sociales, operaciones bancarias y contraseñas de todos los usuarios. Mae está entusiasmada con la modernidad que muestra la compañía a pesar de que se aleje de su familia al pasar más tiempo en las fiestas y actividades deportivas que se celebran dentro de la oficina. Lo que comienza como un viaje hacia el interior del desarrollo tecnológico, pronto se convierte en un relato que plantea unas cuestiones como pueden ser la memoria, la privacidad, los límites del conocimiento humano o la democracia.

¿Qué decir a todo ello? El Papa Francisco se ha manifestado de la siguiente manera: “Las nuevas comunicaciones, como los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales o los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas”. En otro momento, añadía: “Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad”, pero advierte también de que “pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos”. “El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro”, pero agrega, “se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral”. “También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada”. “La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común”. “La comunicación, sus lugares y sus instrumentos han traído consigo un alargamiento de los horizontes para muchas personas” y “esto es un don de Dios, y es también una gran responsabilidad”.

La ‘distopía’ de la que hablábamos antes está en el horizonte, y no como película de ciencia ficción sino como realidad. Del uso que hagamos de este don del que hablaba el Papa y de la responsabilidad con que juguemos nuestras cartas dependerá el futuro. Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra.