El test de diciembre

Todos los años, el mes de diciembre es una oportunidad especial de evaluación, reencuentro y compromiso. Aunque en muchos países la actividad durante este mes sólo se interrumpe por pocos días de fiesta, su llegada significa para todos el final de un año y el comienzo de otro. Tiene, por ello, una connotación especial de análisis de lo que han significado los últimos meses. Además, es la oportunidad de encontrarse con personas que, en muchas familias, sólo se ven en esos días. Pero es mucho más: podemos revivir costumbres, tradiciones, recuerdos, experiencias que cobran especial relevancia en esos momentos. Y, finalmente, es un tiempo especial para el compromiso que conlleva el comienzo de una nueva etapa: propósitos, nuevos horizontes o, como solemos decir: “año nuevo, vida nueva”. Para ello, para evaluar, para aprovechar estos reencuentros y para planificar buenos compromisos, te propongo algunas preguntas que pueden ayudarte en este test sobre tu vida.

¿Qué evaluar?

365 días dan para mucho: cosas buenas y otras no tanto; experiencias que nos han servido para crecer y otras… mejor dejar pasar; personas que nos han ayudado y otras que, quizás, nos han podido perjudicar. De una o de otra forma, de todo se aprende, siempre podemos sumar algo. Lo que, en un final de año, se nos invita a evaluar va orientado en tres direcciones: nosotros mismos, los demás y Dios. Algunas preguntas: ¿Tengo equilibro en mí? ¿Puedo decir que vivo en paz interior? ¿Qué cosas no me permiten dormir por las noches? ¿Hay lugares, personas, cosas que no me ayudan? ¿Qué hago para potenciar el buen clima en mi familia, en mi contexto más cercano? ¿Realmente lo que hago me llena? ¿Qué proyectos se han realizado y cuáles están todavía pendientes? ¿Qué estoy dispuesto a cambiar en mi vida? ¿Realmente soy feliz haciendo felices a los demás? ¿Qué significa Dios en mi vida? ¿Cultivo mi vida espiritual?

¿Con qué o con quién reencontrarse?

La experiencia de reencuentro que suele darse en las fechas de Navidad y fin de año puede tener connotaciones positivas y negativas. Es muy bueno reencontrarse con familiares y amigos, ponerse al día y compartir experiencias. Pero estas fechas son propicias, también, para que resurjan experiencias negativas del pasado, recuerdos de personas que ya no están, etc. De todo ello, de lo bueno y de lo malo, hay que sacar algo que nos sirva. Algunas preguntas: ¿Cómo percibo a los demás con el paso de los años? ¿Qué impresión creo que doy cuando me encuentro con personas cada cierto tiempo? ¿Qué recuerdos felices sobresalen en estos días? ¿Qué experiencias negativas pueden venir a mi mente y cómo puedo integrarlas de forma positiva? ¿Qué supone para mí vivir cada año la Navidad y su verdadero sentido de encuentro con el Dios niño que se hace pequeño, vulnerable, accesible para nosotros y como nosotros? ¿Es algo que me conmueve, me lleva a cambiar?

¿Qué compromiso?

Normalmente somos muy buenos pensando en compromisos y objetivos para el nuevo año, pero somos bastante malos llevándolos a la práctica. “Obras son amores, y no buenas razones”. Algunas preguntas: ¿Qué objetivos cercanos, realistas, realizables me planteo con respecto a mí mismo? ¿Y con respecto a mi relación con los demás? ¿Y con respecto a mi relación con Dios? ¿Voy viendo que, con el paso de los años, el proyecto de mi vida se va consolidando? ¿Qué debo cambiar, para dar un paso más? ¿Qué o quiénes me pueden ayudar para ello?

Son sólo algunas preguntas que, en este mes de diciembre, nos pueden ayudar a evaluar, reencontrarnos y comprometernos. Pero, sobre todo, hagamos posible una evaluación de nuestra vida interior, dejemos que el encuentro con el niño Dios nos transforme y comprometámonos a vivir nuestra vida con una mirada de fe.

Vivir (des)centrados

Seguramente, muchas veces nos han podido decir eso de: “Oye, te veo poco centrado”, o “Este chico está muy descentrado”. Y, ciertamente, lo de vivir centrados hoy día resulta bastante complicado: la velocidad a la que va todo, las escasas oportunidades para detenerse y reflexionar con profundidad las cosas, el cambio y la necesidad de continua adaptación a nuevos entornos, personas, circunstancias… No, no resulta para nada fácil vivir centrado. Pero, así como los elementos externos pueden descentrar a menudo nuestro día a día, sí está en nuestra mano guiar nuestra vida a través de opciones que, realmente, centren hacia dónde queremos caminar. Es lo que unos llaman ‘vocación’, otros ‘misión’ en esta vida o, simplemente, aquello por y para lo que estamos aquí.

En encuentros con jóvenes, recuerdo haber utilizado en muchas ocasiones un gráfico como éste en el que aparecen representadas diferentes razones para escoger nuestro futuro, atendiendo a aquello que amamos, aquello por lo que nos van a pagar, lo que el mundo necesita y lo que hacemos bien. La intersección de cada uno de ellos da lugar a que nuestra opción esté movida por la pasión, la profesión, la vocación o la misión. El objetivo consistiría en que nuestra opción estuviera lo más centrada posible, equilibrando todas esas importantes dimensiones de la vida de una persona.

En un primer vistazo, lo que casi todo el mundo suele decir es que, de forma progresiva, el círculo inferior (“por lo que te van a pagar”) puede haber ido cobrando más y más importancia en nosotros como resultado de la cultura consumista y egoísta del ‘tener y tener’.

La intersección entre ‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’ da como resultado la “profesión”. Comenta Elena Andrés (dedicada a la pedagogía de la interioridad) que, cuando estos dos son los únicos círculos que se unen en la búsqueda de nuestro camino profesional, entonces salimos perdiendo todos: la persona y la sociedad, porque quedan al margen ‘lo que el mundo necesita’ y su intersección ‘vocación’, y tampoco está presente la necesaria ‘pasión’ por algo más que no sea el ganar más y más.

Cuando, llegada la edad de plantearse un futuro abunda más la primera intersección mencionada (‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’), entonces el resultado es que va desapareciendo la dimensión vocacional de lo que hacemos y, finalmente, lo que hacemos es un mero instrumento, más o menos desagradable o agradable para ganar dinero y mantener esa ‘calidad de vida’ que nos han hecho creer que, sobre todo, consiste en tener cosas.

Elegir un trabajo que “me dé dinero” es lícito, pero olvidar las otras dimensiones posibles, nos empobrece como individuos y como sociedades. Vivir sin referencia a dimensiones más profundas nos convierte en meros supervivientes o resignados ciudadanos sumidos en el bienestar, restándonos las necesarias energías personales y colectivas que nos capacitan para un verdadero cambio social para la tan necesaria reconstrucción de nuestros modelos de vida desde presupuestos que no sean el mero enfrentamiento o la reproducción de modelos que ya han demostrado que sólo generan pobreza, divisiones, guerras e injusticia.

Desde una perspectiva creyente, a todo ello habría que añadir el sueño de Dios para con cada uno de nosotros, que no es otro que el de que seamos felices. ¿Cómo? Pues encontrando nuestro por qué en este mundo a partir de un necesario discernimiento y unas opciones que, si se guían sólo por el ámbito del tener y olvidan las dimensiones de lo que el mundo necesita de mí, lo que verdaderamente amamos, aquello que hacemos bien y que va en conexión con lo anterior, terminará por desencantarnos y descentrarnos aún más.

Vivir descentrados provoca dolores en el cuerpo, en la mente y en el alma. Nos lleva a vivir dispersos, más o menos rotos, asequibles al desaliento, al orgullo, a todo aquello que nos roba la paz a la que estamos llamados y que es patrimonio de todos.

Si, verdaderamente, queremos apuntar al centro de la diana, si buscamos el equilibrio en las diferentes dimensiones de nuestra vida, si pretendemos algo más de lo convencional, hay que preguntarse, de forma honesta y profunda, cuál es nuestra pasión, cuál es nuestra misión, cuál es nuestra vocación y, con todo ello, hacia dónde queremos dirigirnos. Es algo que nos permitirá apuntar al centro: centrarnos. ¿Y tú? ¿Vives centrado o descentrado?

Una Iglesia que duele

De la misma forma que Alejandro Sanz cantara hace unos años a su “Corazón partío” o Enrique Iglesias hiciera lo propio en “Duele el corazón”, así podríamos entonar nuestro canto hoy con un “me duele la Iglesia”. Y no es un dolor que se pueda arreglar con tiritas o con un sencillo remedio, pues se trata de algo mucho más profundo que, para sanar, requiere de un tratamiento largo y doloroso.

Recientemente, Georg Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia y Secretario Personal de Benedicto XVI, ha manifestado que, en su opinión, la Iglesia está viviendo su particular 11 de septiembre, con la crisis generada por los casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Fue una declaración que Gänswein realizó coincidiendo con el aniversario del atentado contra las Torres Gemelas en 2001, resaltando que hay muchas almas “heridas irremediablemente y mortalmente por sacerdotes de la Iglesia Católica”.

La Iglesia, con una realidad humana y divina, institucional y carismática, es también santa y pecadora. Y eso, diríamos, desde sus orígenes y hasta hoy, pudiéndonos sentir todos identificados: laicos, sacerdotes y consagrados. Pero, si cabe, es cierto que la figura y función de los sacerdotes tiene unas connotaciones particulares derivadas del encargo y responsabilidad que se les encomienda con el cuidado de las almas. Y cuando es un sacerdote el que comete, como es el caso, un abuso contra un menor, contra una persona débil, vulnerable, nuestra canción diría que “duele un poco más”.

El Papa Benedicto XVI, en una Carta pastoral a los católicos de Irlanda en 2010 dirigía estas palabras a los sacerdotes y religiosos que habían abusado de niños: “Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos.” Más, si cabe, duelen las referencias al ocultamiento o defensa ilegítima de abusos por parte de las autoridades eclesiásticas. Si eso es así, ¿en quién podemos confiar?

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Con estas palabras de san Pablo comienza la Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios, publicada el pasado 20 de agosto. El cuerpo de la Iglesia sufre con una herida cometida a cualquiera de sus miembros. Pero si esa herida es cometida por otro miembro, en quien se tiene depositada toda la confianza, duele más. “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños.”

¿Qué cabe hacer ahora? Hay mucho en marcha, pero aún falta más. La Iglesia está trabajando mucho y muy bien en muchos lugares con múltiples equipos interdisciplinares que atienden a víctimas, orientan los procesos formativos y promueven políticas de protección del menor en todos los ámbitos de acción de la Iglesia: parroquias, centros educativos, obras sociales, etc. Es un trabajo que se inició años atrás, especialmente, en Centroeuropa, EE.UU., Australia y Gran Bretaña, y que tiene que potenciarse aún más en el resto del mundo. La implicación del Papa, conferencias episcopales, superiores religiosos, centros de formación y otras muchas instancias está siendo constante y productiva.

Cabe, también, que todos los bautizados nos sintamos involucrados en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. No es lugar para decir aquí que la mayoría de los abusos infantiles se producen en el entorno familiar y que siguen creciendo los abusos entre los propios menores. Pero sí es cierto que estos datos nos urgen a una revolucionaria concienciación y transformación social en el ámbito de la protección de menores.

Cabe no meter todo en el mismo saco y ser muy cautos con las acusaciones a personas sin un serio análisis previo.

Cabe, también, no olvidarnos de que una herida, por muy dolorosa que sea, no merma la salud del resto del cuerpo. La Iglesia es mucho más grande que esta situación y su esencia y su acción sigue siendo presencia de Dios en el mundo.

Y cabe, sobre todo, no cesar en el empeño de mejorar, corregir, escuchar, acoger, sumar, rezar, humanizar, educar, ilusionar y transformar juntos una ciudad terrena (como diría san Agustín) que está llamada a convertirse en la ciudad celeste. Y esto sí que es un empeño de todos. La Iglesia, como familia cristiana abierta al mundo, tiene sus luces y sus sombras. No dejemos que la oscuridad venza. Que nuestra confianza en Dios y la alegría que de Él emana sean nuestra fortaleza. Sigamos sumando juntos…