Una educación en salida

Desde hace algunos años, especialmente a partir de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium hablamos mucho de la necesidad de una Iglesia en salida. Poco antes de ser elegido Papa, el entonces Cardenal Bergoglio decía: “La Iglesia debe salir de sí misma, rumbo a las periferias existenciales. Una Iglesia auto-referencial amarra a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir. Es una Iglesia mundana que vive para sí misma.” (Discurso a los cardenales del 9 de marzo de 2013). La salida al encuentro de los “pobres clásicos” y de los “nuevos pobres”, la presencia en las encrucijadas de las nuevas periferias existenciales de la humanidad, la necesidad de salir del ensimismamiento para compartir y crecer con el otro… todo aquello que, de una u otra forma, es silenciado por nuestro mundo, por nuestra sociedad, donde lo prioritario es el tener y el aparentar, importando sólo lo que a mí me ocurra, pero olvidándonos del otro y, por supuesto, del Otro. En definitiva, una sociedad masificada e individualista. Todo ello, está pendiente de una respuesta por nuestra parte. Todo ello necesita de un nuevo arranque que impulse nuestras vidas.

Ya estamos viendo lo que se deriva de un mundo egoísta, ensimismado, y relativista que se ha olvidado de Dios. Por ello, es necesario volver a engrasar los motores del cambio hacia la humanización del ser humano (tantas veces cosificado), hacia los Derechos Fundamentales de toda persona, hacia el cuidado de los más vulnerables, hacia el respeto de la creación que se nos ha dado, hacia el futuro que vamos a dejar a los que vienen detrás de nosotros, hacia el cultivo de la espiritualidad, hacia el hombre interior del que, con entusiasmo, hablara san Agustín.

Para ello, el motor de cambio fundamental ha de ser la educación, una educación en salida que promueva la construcción de nuestro mundo plural, donde el educador sea testigo creíble de la verdad, que promueva el espíritu crítico de sus alumnos y no se limite a ser un mero transmisor de conocimientos.  Tal y como dijo recientemente Angelo Vincenzo Zani, arzobispo secretario de la Congregación para la Educación Católica, “la educación no puede estar en función del sistema, es un motor de cambio de transformación del sistema, al servicio de la comunidad.” […] “La educación cumple su objetivo si logra formar personas que caminan juntas en el sendero del encuentro. De esta manera se crece en humanidad, en inteligencia y en valores”.

Gran parte del concepto de educación que tenemos hoy en occidente se lo debemos a la Iglesia Católica. Fue en las abadías, en las catedrales y, posteriormente, en las universidades y escuelas parroquiales donde la educación, tal como la entendemos hoy, cobró forma, se desarrolló y, progresivamente, se fue haciendo accesible a más y más personas. Y es hoy, en un momento en que la Iglesia es cuestionada por tantos escándalos de diversos tipos, en un momento en que la crisis vocacional hace que se tambaleen estructuras centenarias, en un momento en que no es fácil proclamar la fe en la vida pública, cuando los cristianos tenemos que alimentar este motor de cambio. Y, como decíamos, no cabe duda que la primera marcha de este motor es la educación, una educación en salida, una educación para la vida, una educación al encuentro del otro, una educación encarnada, una educación que ofrezca respuestas a los retos de hoy, una educación humana que alimente la mente y el corazón.

El reto es grande y tiene muchos actores implicados: familias, instituciones educativas, docentes y sociedad en general. La educación católica no es enemiga y, en nuestro mundo de hoy, está llamada a ser motor de cambio desde los principios evangélicos del amor, la verdad, la fraternidad, la solidaridad, el perdón, el esfuerzo y la alegría de vivir. Necesitamos que la educación católica se despoje de sus complejos, que potencie este cambio y que ofrezca al mundo lo mejor que tiene: Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.

Vivir (des)centrados

Seguramente, muchas veces nos han podido decir eso de: “Oye, te veo poco centrado”, o “Este chico está muy descentrado”. Y, ciertamente, lo de vivir centrados hoy día resulta bastante complicado: la velocidad a la que va todo, las escasas oportunidades para detenerse y reflexionar con profundidad las cosas, el cambio y la necesidad de continua adaptación a nuevos entornos, personas, circunstancias… No, no resulta para nada fácil vivir centrado. Pero, así como los elementos externos pueden descentrar a menudo nuestro día a día, sí está en nuestra mano guiar nuestra vida a través de opciones que, realmente, centren hacia dónde queremos caminar. Es lo que unos llaman ‘vocación’, otros ‘misión’ en esta vida o, simplemente, aquello por y para lo que estamos aquí.

En encuentros con jóvenes, recuerdo haber utilizado en muchas ocasiones un gráfico como éste en el que aparecen representadas diferentes razones para escoger nuestro futuro, atendiendo a aquello que amamos, aquello por lo que nos van a pagar, lo que el mundo necesita y lo que hacemos bien. La intersección de cada uno de ellos da lugar a que nuestra opción esté movida por la pasión, la profesión, la vocación o la misión. El objetivo consistiría en que nuestra opción estuviera lo más centrada posible, equilibrando todas esas importantes dimensiones de la vida de una persona.

En un primer vistazo, lo que casi todo el mundo suele decir es que, de forma progresiva, el círculo inferior (“por lo que te van a pagar”) puede haber ido cobrando más y más importancia en nosotros como resultado de la cultura consumista y egoísta del ‘tener y tener’.

La intersección entre ‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’ da como resultado la «profesión». Comenta Elena Andrés (dedicada a la pedagogía de la interioridad) que, cuando estos dos son los únicos círculos que se unen en la búsqueda de nuestro camino profesional, entonces salimos perdiendo todos: la persona y la sociedad, porque quedan al margen ‘lo que el mundo necesita’ y su intersección ‘vocación’, y tampoco está presente la necesaria ‘pasión’ por algo más que no sea el ganar más y más.

Cuando, llegada la edad de plantearse un futuro abunda más la primera intersección mencionada (‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’), entonces el resultado es que va desapareciendo la dimensión vocacional de lo que hacemos y, finalmente, lo que hacemos es un mero instrumento, más o menos desagradable o agradable para ganar dinero y mantener esa ‘calidad de vida’ que nos han hecho creer que, sobre todo, consiste en tener cosas.

Elegir un trabajo que “me dé dinero” es lícito, pero olvidar las otras dimensiones posibles, nos empobrece como individuos y como sociedades. Vivir sin referencia a dimensiones más profundas nos convierte en meros supervivientes o resignados ciudadanos sumidos en el bienestar, restándonos las necesarias energías personales y colectivas que nos capacitan para un verdadero cambio social para la tan necesaria reconstrucción de nuestros modelos de vida desde presupuestos que no sean el mero enfrentamiento o la reproducción de modelos que ya han demostrado que sólo generan pobreza, divisiones, guerras e injusticia.

Desde una perspectiva creyente, a todo ello habría que añadir el sueño de Dios para con cada uno de nosotros, que no es otro que el de que seamos felices. ¿Cómo? Pues encontrando nuestro por qué en este mundo a partir de un necesario discernimiento y unas opciones que, si se guían sólo por el ámbito del tener y olvidan las dimensiones de lo que el mundo necesita de mí, lo que verdaderamente amamos, aquello que hacemos bien y que va en conexión con lo anterior, terminará por desencantarnos y descentrarnos aún más.

Vivir descentrados provoca dolores en el cuerpo, en la mente y en el alma. Nos lleva a vivir dispersos, más o menos rotos, asequibles al desaliento, al orgullo, a todo aquello que nos roba la paz a la que estamos llamados y que es patrimonio de todos.

Si, verdaderamente, queremos apuntar al centro de la diana, si buscamos el equilibrio en las diferentes dimensiones de nuestra vida, si pretendemos algo más de lo convencional, hay que preguntarse, de forma honesta y profunda, cuál es nuestra pasión, cuál es nuestra misión, cuál es nuestra vocación y, con todo ello, hacia dónde queremos dirigirnos. Es algo que nos permitirá apuntar al centro: centrarnos. ¿Y tú? ¿Vives centrado o descentrado?