Un año nuevo, ¿y tú qué?

Un año nuevo siempre es oportunidad para evaluar lo que ha sido nuestra vida hasta el momento y mirar hacia el futuro con nuevos propósitos. Habrá retos conseguidos y otros quizás no. Seguramente vivimos fantásticas experiencias y otras que mejor convendría olvidar. Y, entre tanto, hay muchas cosas que cambian, personas que estuvieron y ya no están, momentos que quedaron atrás… La llegada de un nuevo año es el momento de sacar la libreta de apuntes de nuestra vida, repasar las lecciones aprendidas, hacer evaluación, tomar impulso y retomar el camino.

Para un tiempo de cambios constantes y rápidos como el que vivimos, he reconocer que los que nacimos a comienzos de los 80 somos bastante afortunados: vivimos parte de lo que ya es historia pasada, hemos asistido a todas las novedades presentes y, por todo ello, vemos el futuro con un cierto criterio. Los de la generación de los 80 tuvimos una infancia en la que pasábamos gran parte del día en la calle sin mayor restricción que llegar a casa para comer o cenar. Crecimos con ‘Barrio Sésamo’, la ‘Bola de cristal’, los inventos de ‘McGiver’ y los lagartos de ‘V’. Vivimos el cambio al Euro habiendo antes comprado chicles a 5 Pesetas. Somos la última generación de la EGB, el BUP, el COU; en el colegio comenzamos a estudiar inglés y, tras una Selectividad medio decente, casi podías estudiar lo que quisieras. Nos manejábamos a la perfección con los Walkman y los discos de vinilo, echamos horas y horas batiéndonos en duelo al ‘Street Figther’, soñábamos con las ‘Nike Air Jordan’, nos desesperábamos cuando un juego de cinta no se terminaba de cargar en el ordenador, y nos sabíamos de memoria el sonido que hacía el módem cuando se intentaba conectar a Internet para descargar algún esporádico e-mail (lo de la ADSL o la fibra óptica, por aquel entonces, era ciencia ficción).

Durante todos estos años hemos sido testigos privilegiados de lo que ha supuesto la tecnología en nuestras vidas. Hemos pasado de la máquina de escribir al portátil; en la adolescencia tuvimos los primeros robustos teléfonos móviles y ahora disfrutamos del poder de los smarthpones; todos nuestros años de colegio y universidad fueron con libros de papel y ahora lo llevamos todo en la tablet; durante mucho tiempo sólo había dos canales en la TV y ahora cuesta seleccionar algo para ver en la inmensidad de la jungla audiovisual; soñábamos con qué iba a ser de nuestra vida en el año 2000, se pasó incluso el 2001 de ‘Una odisea del espacio’, el futuro de ‘Regreso al futuro’ es pasado y… entre tanto, ya estamos en 2018.

De una u otra forma, los últimos 30 años han supuesto una gran revolución en la historia de la Humanidad. Todo ha ido muy rápido, todo ha cambiado mucho y apenas hemos tenido tiempo para pararnos y reflexionar lo que todo ello ha supuesto. Y, precisamente, los de esa generación de los 80 podemos hacer una valoración que pocos pueden hacer, comparando lo pasado con lo presente, habiendo vivido una experiencia y otra.

No obstante, hay cosas que no cambian, a pesar de la tecnología, a pesar de los años, a pesar incluso de las personas, a pesar de lo rápido que va todo. Un año nuevo, como decíamos al principio, es oportunidad de aprender de lo vivido y seguir adelante.

¿Qué cosas no cambian? El amor de la familia, las buenas amistades, las experiencias enriquecedoras… Da igual que sea con más o menos ancho de banda de Internet, con coches autónomos o viendo un video de la abuela con unas gafas de realidad virtual. Hay cosas que permanecen y nos dan plenitud, como diría Santa Teresa con su célebre: “Sólo Dios basta”.

Un año más, nuestro mundo cambia, y la pregunta que nos debemos hacer es si también cambiamos nosotros o seguimos igual… Cambiar no es malo siempre que sea con una perspectiva positiva. Mucho cambio puede llegar a ser negativo, como también lo es estancarnos en las añoranzas de un pasado que pudiera parecernos mejor.

Un año nuevo, ¿y tú qué? Esta pregunta me recuerda el diálogo de Jesús con los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc, 8, 27-33) Cambiémosla un poco y digámonos: ¿y tú qué dices de ti mismo? ¿Avanzamos? ¿Retrocedemos? ¿Nos estancamos? El mero paso del tiempo es ya un progreso, pues vivir la vida día a día resulta todo un reto. No obstante, ¿qué dices de ti mismo? Un año nuevo, ¿y tú qué?

La Navidad, según Marguerite Yourcenar (“Le temps, ce grand sculpteur”, 1983)

La época de las navidades comercializadas ha llegado ya. Para casi todo el mundo —dejando aparte a los miserables, lo que nos da muchas excepciones— es un alto para el descanso, cálido e iluminado, en el periodo grisáceo del invierno. Para la mayoría de los que hoy celebran estos días, la gran fiesta cristiana se limita a dos ritos: comprar de manera más o menos compulsiva unos objetos útiles o no, y atracarse o atracar a las personas de su círculo más íntimo, en una inextricable mezcla de sentimientos en donde entran a partes iguales el deseo de complacer, la ostentación y la necesidad de darse uno también un poco de buena vida. Y no olvidemos a los abetos siempre verdes cortados en el bosque —símbolos muy antiguos de la perennidad vegetal y que acaban por morir debido al calor de las calefacciones— ni a los teleféricos que sueltan sus esquiadores sobre la nieve inviolada.

Yo no soy católica (salvo por nacimiento y tradición), ni protestante (salvo por algunas lecturas y por la influencia de algunos grandes ejemplos), ni siquiera cristiana en el sentido amplio del término, pero todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en sigficaciones y también su cortejo de fiestas menores como el día de San Nicolás y la Santa Lucía nórdicas, la Candelaria y al fiesta de los Reyes Magos. Pero limitémonos a hablar de la navidad, esa fiesta que es de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y respeto, que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de gente pobre: una antigua balada francesa nos describe a María y a José buscando tímidamente por todo Belén una posada al alcance de su bolsillo, sin que nadie acepte alojarlos, ya que los posaderos prefieren a unos clientes más brillantes y más ricos, siendo finalmente insultados por uno de los que “aborrecen a los pobretones”.

Es la fiesta de los hombres de buena voluntad —como decía una fórmula que no siempre encontramos ahora, desgraciadamente, en las versiones modernas de los Evangelios—, desde la sirvienta sordomuda de los cuentos de la Edad Media que ayudó a María en el parto hasta José que le calentó ante una escasa lumbre los pañales del recién nacido, y hasta los pastores embadurnados de grasa de oveja y a quienes Dios juzgó dignos de ser visitados por los ángeles. Es la fiesta de una raza a menudo despreciada y perseguida, puesto que el Recién Nacido del gran mito cristiano aparece en la tierra como un niño judío (empleo la palabra de mito con respeto, como la emplean los etnólogos de nuestro tiempo, y como algo que significa las grandes verdades que nos superan y a las que necesitamos para vivir). Es la fiesta de los animales que participan en el misterio sagrado de esa noche, maravilloso símbolo cuya importancia comprendieron algunos santos y sobre todo San Francisco, pero en el que han descuidado y descuidan inspirarse muchos cristianos corrientes. Es la fiesta de la comunidad humana, ya que es, o será dentro de unos días, la de los Tres Reyes cuya leyenda nos cuenta que uno de ellos era negro, alegorizando así todas las razas de la tierra que llevan al niño la variedad de sus dones. Es una fiesta de gozo, pero también teñida de patetismo, puesto que ese pequeño a quien se adora será algún día el varón de los dolores. Es, finalmente, la fiesta de la misma tierra, que en los iconos de la Europa del Este vemos a menudo postrada a la entrada de la gruta en donde el niño escogió nacer; de la tierra que en su marcha rebasa en esos momentos el punto del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera. Y por esta razón, antes de que la Iglesia fichara esa fiesta para el nacimiento de Cristo, era ya, en épocas remotas, la fiesta del sol.

Parece que no es malo recordad estas cosas, que todo el mundo sabe y que tantos de nosotros olvidan.

Una experiencia no ‘googleable’

Google nos ha cambiado la vida en pocos años. Atrás quedaron esas tardes en la biblioteca consultando varios tomos enciclopédicos para extraer citas, alguna información concreta de un autor, una fecha, una definición… Atrás quedó la consulta en esos inmensos cajones de archivo para localizar libros relacionados con un tema que queríamos abordar. Ahora, con sacarnos el móvil del bolsillo tenemos en nuestra mano la mayor biblioteca jamás imaginada por el ser humano. Es más, ¿en qué conversación actual que se precie surge una pregunta y alguno de los participantes no plantea buscar la información en Google?

Tal es así que no es raro acudir a Google para buscar tutoriales sobre cómo hacer cosas, desde el nudo de la corbata, pasando por cambiar una rueda al coche o cocinar un pollo al ajillo. Pero aún hay más: a Google le preguntamos qué podemos hacer para adelgazar, dónde puedo encontrar el mejor regalo para un amigo o, incluso, qué hacer si mi matrimonio está pasando por una crisis… Y lo más curioso es que hay respuesta para ‘casi todo’, sea del tipo que sea, sea con la precisión, veracidad o seriedad que sea. Y digo para ‘casi todo’ porque siguen siendo muchas las preguntas, planteamientos, dudas que Google no nos puede resolver y que sólo se pueden afrontar desde la experiencia personal de encuentro consigo mismo y con los demás.

Recuerdo, no hace mucho, dirigirme a un grupo de profesores recordándoles la importancia de aprovechar el tiempo en clase para todo aquello que no sea ‘googleable’ (para eso sería mejor que alumnos y profesores se quedaran en casa). Es cierto que el mundo digital no es ya una esfera virtual de nuestra vida sino que se ha convertido en algo tan real como la vida misma. Pero la experiencia personal y de encuentro con el otro es algo único, irrepetible y no ‘googleable’.

Cada mes de diciembre se cruza en nuestro camino la experiencia de la Navidad. Lógicamente, en estos días acudiremos a Google para que nos ayude a preparar todo lo que implica uno de los grandes acontecimientos anuales. Pero no podemos olvidar que lo que celebramos en estos días es algo tan grande que, como decíamos antes, sólo se puede experimentar en nosotros mismos y en el encuentro con los demás.

Algo tan sencillo como detenernos y, en silencio, contemplar el gran misterio de Dios haciéndose niño, accesible, frágil, cercano. Descubrir su presencia entre nosotros desde antes de encarnarse, durante su vida y ahora por medio de su Espíritu. Preguntarnos por los sentimientos de José, de María, de todos esos personajes que, año tras año, colocamos cuidadosamente en el Belén. Y poder compartir con otros esa experiencia, celebrarla, actualizarla, hacerla realidad en nosotros y en los demás, sabiendo que supone un nuevo renacer personal capaz de destruir todo mal y de dar sentido a toda injusticia desde la esperanza.

No todo es ‘googleable’. La Navidad es un encuentro personal con el Otro que viene a nosotros, que nos abraza y que está presente entre nosotros todos los días de nuestra vida, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).