‘Circolare, circolare’

 

Cuando alguien llega por primera vez a Roma queda prendado de los monumentos, las calles, los museos… Se trata de un lugar donde cada uno de los recovecos representa siglos de historia. A todo turista que llega a Roma le termina sonando mucho un lugar significativo: Termini. Se trata de la famosa estación de ferrocarril de la ciudad, una de las más importantes de Europa y uno de los principales centros de comunicación de Roma.

Si alguien pasa en Roma dos, tres, cuatro, cinco días, o hasta una semana, seguramente descubrirá en Termini un lugar de efervescente actividad por la cantidad de viajeros ordinarios y turistas que allí convergen. Es, también, uno de los puntos de encuentro  más demandados por los romanos, zona de gran actividad comercial y social.

Pero hay un detalle que sólo se percibe si uno pasa una temporada más prolongada en la ciudad y frecuenta la estación de Termini. Se trata de una presencia que no llama mucho la atención pero que, si nos fijamos bien, resulta completamente abrumadora: decenas y decenas de personas sin hogar de todos los tipos y procedencias.

Por otro lado, y especialmente desde la celebración del Jubileo de la Misericordia, Roma se ha convertido en una ciudad, literalmente, tomada por las fuerzas de seguridad. En todas las estaciones de Metro, en todos los accesos a los grandes museos, plazas, monumentos, basílicas se encuentran militares y policías, lo cual genera la doble sensación de seguridad e inquietud debida a tal despliegue.

Y, precisamente, fue hace algunas semanas cuando estos dos grupos de personas -sintecho y fuerzas de seguridad- protagonizaron una escena que, en su momento, resultó insignificante, pero que esconde un profundo e importante mensaje. Me lo contó una de las responsables de un centro de acogida de refugiados de Roma…

Como decíamos, los alrededores de la estación de Termini están repletos de personas sin techo. En un momento dado, una de ellas se vio sorprendida por uno de los policías que hacía la ronda acostumbrada. Las historias de cada uno de estas personas sin techo son de lo más variado, pero muchos de ellos coinciden en algo, como su caso: son refugiados que han tenido que huir de sus países y que esperan en Roma la oportunidad de ser acogidos por alguna institución que les ayude a reorientar su vida. El policía se detuvo ante ella y le dijo en voz alta: “circolare, circolare” (lo que en español vendría a ser “¡circulen, circulen!”). Y así es: la estación de Termini, como otros tantos lugares en Europa y en el mundo, se han convertido en lugares donde las personas desplazadas de su hogar, por la razón que sea, “circulan”. Lo hacen sin un rumbo fijo, lo hacen con toda la precariedad que uno pueda imaginar y, lo más grave, lo hacen obligadas por la situación de sus países y sin una respuesta clara y decidida por parte de los países que los acogen o de los organismos internacionales. Por otro lado, ese inocente “circolare, circolare” esconde debajo lo poco que gusta tener delante la realidad negativa; esconde una manera de cerrar los ojos y mirar a otro lado el mal en el mundo; esconde la indiferencia de quienes no se sienten hermanos bajo un mismo cielo.

Realmente, no somos lo suficientemente conscientes de que nos encontramos ante una de las crisis humanitarias más terribles de la historia con millones de personas desplazadas forzosamente de sus hogares y con un único destino: “circolare, circolare”. Nunca en la historia se ha dado un éxodo como el que estamos viviendo en la actualidad y del que, en los medios, sólo aparece reflejada una pequeña parte.

Tener la oportunidad de acercarse a esta realidad de los desplazados forzosos de su país cambia tu opinión sobre la imagen preconcebida que podamos tener. Además, surge en ti la convicción de que podemos hacer mucho más por ayudar.

Una de las obras de misericordia es “dar posada al peregrino”. Actualmente hay más de  65 millones de “peregrinos” forzados que se han visto obligados a dejar sus hogares por la guerra o por ser víctimas de persecuciones: solicitantes de asilo, desplazados internos o refugiados (son cifras de ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados).

Y otro dato tremendamente iluminador y, a la vez, desgarrador: frente a lo que podamos pensar, no son los países más ricos los que están acogiendo a más de estos refugiados sino, precisamente, los más pobres: Somalia, Sudán del Sur, Congo, República Centroafricana, Turquía, Pakistán y Líbano están en la cima de los países que más refugiados acogen.

Los pocos refugiados que consiguen llegar a Roma o a otras capitales europeas son unos completos privilegiados: aquí, al menos, pueden “circolare, circolare” a la espera de que alguna de las instituciones sociales de asistencia les abran las puertas. Otros muchos millones siguen con su peculiar “circolare, circolare” en campamentos de refugiados o jugándose la vida intentando pasar de un país a otro.

Es, sin duda, una llamada desde nuestro ser humanos, desde nuestro ser cristianos, a dar una respuesta. Otro mundo es posible: también depende de ti, también depende de mí.

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