Las sillas del Papa Francisco

Hace algunas semanas me invitaron a visitar la Casa Santa Marta en el Vaticano. Como muchos sabrán, es el alojamiento que Juan Pablo II adaptó como residencia para los cardenales durante el tiempo que dura el cónclave en el que se elige un nuevo Papa. Y desde la elección del Papa Francisco ha tenido un mayor relieve puesto que decidió fijar allí su residencia y no habitar en el apartamento papal del palacio apostólico.

En mi visita a Santa Marta tuve a un guía de excepción, Mons. Giacinto Berloco, quien fuera nuncio en numerosos países, y al que conocí por medio de unos conocidos comunes en Costa Rica. Tras recibirme cordialmente, Mons. Berloco me dijo: – “Normalmente a esta hora suelo encontrarme al Papa en el ascensor”. Ciertamente, el clima de cercanía y familia en Santa Marta es algo que se percibe desde el primer momento. Yo, por si acaso, ya tenía pensadas 3 o 4 opciones por si me topaba con el Papa de frente, no fuera uno a quedarse en blanco sin saber qué decir.

En Santa Marta se respira paz, tranquilidad y cordialidad. A la entrada hay un guardia suizo y en los alrededores hacen lo propio varios gendarmes vaticanos. A pesar de ello el clima es de lo más cordial y cercano. Justo al pasar la puerta de entrada hay un par de paragüeros y la escalera se divide en dos, pudiendo descender al hall de entrada por ambos lados. Ya en el hall, un simpático joven hace las veces de recepcionista, y es éste quien avisa a mi “cicerone”, con el que me encuentro en una de las salas de visitas. Tras charlar un rato nos dirigimos a la capilla de Santa Marta, ésa en la que el Papa celebra la Eucaristía algunos días de la semana por la mañana temprano, pronunciando una breve pero muy significativa homilía que se difunde por los medos vaticanos. Al terminar la celebración, que suele durar en torno a 30 minutos, el Papa se retira a la parte izquierda de la capilla, a una discreta silla junto a una de las columnas, mirando hacia el altar. Allí suele quedarse rezando unos minutos antes de salir a la puerta para despedir a todas las personas que lo han acompañado en la celebración.

La rutina del Papa comienza en torno a las 5 de la mañana, dedicando más de una hora a la oración y meditación. Después es el momento reservado a la Eucaristía que mencionábamos antes, a las 7 de la mañana, en la capilla de la residencia. Cada día le acompañan invitados de otros países o delegaciones de parroquias romanas u otras instituciones italianas. Y es justo al terminar cuando la silla junto a la columna que mencionábamos se convierte en un signo de los muchos que están marcando el pontificado de Francisco: como uno más, junto a los participantes en la celebración, el Papa se sienta y se pone en presencia de Dios en ese momento de acción de gracias. Sólo él y Dios saben las palabras, los sentimientos, las alegrías y penas que han podido intercambiarse en diálogo de amor y confianza en todas las ocasiones que allí se ha sentado. Y todo desde esa sencilla silla.

Después, decíamos, es el momento de saludar a todos los concelebrantes y asistentes a la Eucaristía. Y, seguidamente, el Papa se dirige al comedor. Mons. Berloco me explicó que el Papa Francisco desayuna, almuerza y cena allí junto a todos los demás. Normalmente, en Santa Marta residen unas 60 personas de forma permanente (cardenales, obispos y otros funcionarios vaticanos) y otras cerca de 60 personas que están de paso. Con todos ellos, cada día, el Papa Francisco comparte la cotidianeidad y sencillez de un comedor grande pero sencillo y acogedor. El Papa se sienta en una mesa como las demás, en una silla como las demás. Lo acompañan casi siempre el servicio de seguridad del Vaticano y algún cardenal o colaborador cercano con el que dialoga durante la comida. A veces se sitúa en una mesa un poco más retirada aprovechando el momento de la comida para tratar temas concretos con alguna persona, pero siempre desde esa sencillez de un comedor como el de cualquier otra residencia o sencillo hotel en el que hayamos podido estar. Son esos momentos cotidianos los que el Papa Francisco aprovecha, también, para intercambiar opiniones, ser informado, dar su parecer o, simplemente, para compartir un rato de charla como podríamos hacer cualquier a la hora de la comida. Y todo ello, desde esa silla, como otra de tantas, una más, en la que cada día se sienta el sucesor de Pedro junto a los residentes en Santa Marta.

Nada en Santa Marta habla de ostentación, poder o lujo. Más bien se trata de la residencia de una gran familia muy plural, internacional, atendida por una comunidad de Hijas de la caridad de San Vicente de Paúl; una residencia como las muchas que hayamos podido conocer, donde los gestos, el trato de cerca, lo cotidiano y sencillo es lo que prima.

Santa Marta se ha convertido en la casa del Papa. Allí pasa gran parte del día. En su habitación recibe a algunos de sus colaboradores y con todos los demás comparte momentos de oración, comida y recreación.

No tocaba hoy hablar de las “sillas” del Papa en la Basílica de San Pedro, las de los grandes acontecimientos, las que rememoran grandes obras de arte o símbolos de poder. Hoy era el momento de hablar del día a día, de lo sencillo, de las sillas cotidianas del sucesor de Pedro en el año 2018.

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