‘Black mirror’: la ciencia ficción que se hace realidad

No descubrimos nada nuevo en el horizonte si digo que encender la televisión hoy día y encontrarse algo que merezca la pena resulta una misión bastante complicada… No obstante, somos hijos de nuestro tiempo y, de una u otra forma, ya sea enganchándonos a una serie, a un programa musical o a algún espacio de entrenamiento, solemos terminar embobados un buen rato.

Por circunstancias de la vida, también es cierto que las oportunidades para ver la televisión de la forma ‘clásica’ se han reducido mucho. Pero, una vez más, para eso está Internet, las plataformas digitales y los dispositivos móviles, que son capaces de acercarnos los contenidos allá donde estemos. Entre todos ellos, quizá sea el formato de las series el que más se haya multiplicado en los últimos años. De esperar el día y la hora concretos para ver el capítulo de la serie semanal, hemos pasado a tener tantos capítulos por ver que, materialmente, no nos da el día, el mes ni el año para ello.

Últimamente he descubierto una de esas series que comienzas a ver por casualidad y, de repente, te atrapan: ‘Black mirror’. No es una serie con una línea argumental fija, sino que cada capítulo es independiente. Apenas coinciden los personajes en los diferentes capítulos y temporadas, pero sí tiene un denominador común: todo gira en torno a cómo la tecnología afecta a nuestras vidas, en ocasiones sacando lo peor de nosotros. Cada capítulo nos acerca a la forma en que vivimos actualmente y a lo que podríamos llegar a vivir en poco tiempo si dejamos que este mundo se nos vaya de las manos…

Recuerdo que el primer capítulo que vi transcurría en un mundo en el que las personas podían calificar y ser calificadas por puntuaciones de una a cinco estrellas en cada interacción social que realicen (un paso más allá de las redes sociales). La protagonista, una joven obsesionada por sus calificaciones, era elegida por una popular amiga de la infancia como dama de honor de su futura boda. Durante el viaje para asistir al enlace Lacie tiene un encontronazo con uno de los trabajadores encargados del servicio al cliente. Tras una agria discusión su calificación personal comienza a reducirse rápidamente y su vida termina dando un giro catastrófico.

En otros capítulos se narra la experiencia de una madre que pone un implante a su hija para tenerla siempre localizada y ver todo lo que hace; otro plantea la incidencia extrema de la realidad virtual en nuestras vidas; en otro se trata cómo sería nuestra vida cuando todo lo que hagamos, digamos, escuchemos o veamos quede grabado en un implante, etc. Ciertamente, no es de esas series con las que uno se va a dormir tranquilo tras ver un capítulo, pero sí considero que las temáticas que trata y la forma extrema de hacerlo pueden suponer un impacto en nosotros, que podemos estar ahora mismo en el borde de llegar a eso.

Lo que hace años considerábamos ‘ciencia ficción’ ya está, en algunos casos, ‘pasado de moda’ y ha sido superado. Todo va tan rápido y todo es tan diferente cada vez y en tan poco tiempo que resulta fundamental tener un punto de referencia para no marearse y perderse.

A lo largo de la historia el ser humano ha ido teniendo diversos puntos de referencia: la naturaleza, la divinidad, el poder, la religión, el propio hombre, el dinero, el culto al cuerpo, la tecnología… Y cada vez que uno de esos puntos de referencia se ha radicalizado siempre se ha caído en una deformación que ha degenerado en catástrofe.

Por eso, ante momentos de vértigo, duda o cambio siempre es bueno acudir a la fuente, a la verdad de nuestra vida que, como diría San Agustín, está en nuestro interior. Año tras año, siglo tras siglo, época tras época, ante todo cambio, ante toda duda, siempre la respuesta se ha encontrado en el interior de la persona. Es ahí, también, donde debemos mirarnos ahora. Buceando en nuestro interior encontraremos algo tan sencillo y tan grande como es el amor, la necesidad del otro y del Otro; y encontrando el amor, al otro y al Otro llegaremos al fundamento de nosotros mismos.

Si queremos ser verdaderamente humanos, nada de lo humano nos puede ser ajeno. Y, como ya dijeran tiempo atrás, no hay nada verdaderamente humano que no sea verdaderamente cristiano ni nada verdaderamente cristiano que no sea verdaderamente humano. Preguntas, dudas, incertidumbres hay muchas… respuestas que convenzan y llenen de sentido hay pocas. En el Evangelio de Jesucristo, en su persona tenemos un firme fundamento. La invitación está lanzada. En nuestra mano está aceptarla. Y eso no es, para nada, ciencia ficción.

Las sillas del Papa Francisco

Hace algunas semanas me invitaron a visitar la Casa Santa Marta en el Vaticano. Como muchos sabrán, es el alojamiento que Juan Pablo II adaptó como residencia para los cardenales durante el tiempo que dura el cónclave en el que se elige un nuevo Papa. Y desde la elección del Papa Francisco ha tenido un mayor relieve puesto que decidió fijar allí su residencia y no habitar en el apartamento papal del palacio apostólico.

En mi visita a Santa Marta tuve a un guía de excepción, Mons. Giacinto Berloco, quien fuera nuncio en numerosos países, y al que conocí por medio de unos conocidos comunes en Costa Rica. Tras recibirme cordialmente, Mons. Berloco me dijo: – “Normalmente a esta hora suelo encontrarme al Papa en el ascensor”. Ciertamente, el clima de cercanía y familia en Santa Marta es algo que se percibe desde el primer momento. Yo, por si acaso, ya tenía pensadas 3 o 4 opciones por si me topaba con el Papa de frente, no fuera uno a quedarse en blanco sin saber qué decir.

En Santa Marta se respira paz, tranquilidad y cordialidad. A la entrada hay un guardia suizo y en los alrededores hacen lo propio varios gendarmes vaticanos. A pesar de ello el clima es de lo más cordial y cercano. Justo al pasar la puerta de entrada hay un par de paragüeros y la escalera se divide en dos, pudiendo descender al hall de entrada por ambos lados. Ya en el hall, un simpático joven hace las veces de recepcionista, y es éste quien avisa a mi “cicerone”, con el que me encuentro en una de las salas de visitas. Tras charlar un rato nos dirigimos a la capilla de Santa Marta, ésa en la que el Papa celebra la Eucaristía algunos días de la semana por la mañana temprano, pronunciando una breve pero muy significativa homilía que se difunde por los medos vaticanos. Al terminar la celebración, que suele durar en torno a 30 minutos, el Papa se retira a la parte izquierda de la capilla, a una discreta silla junto a una de las columnas, mirando hacia el altar. Allí suele quedarse rezando unos minutos antes de salir a la puerta para despedir a todas las personas que lo han acompañado en la celebración.

La rutina del Papa comienza en torno a las 5 de la mañana, dedicando más de una hora a la oración y meditación. Después es el momento reservado a la Eucaristía que mencionábamos antes, a las 7 de la mañana, en la capilla de la residencia. Cada día le acompañan invitados de otros países o delegaciones de parroquias romanas u otras instituciones italianas. Y es justo al terminar cuando la silla junto a la columna que mencionábamos se convierte en un signo de los muchos que están marcando el pontificado de Francisco: como uno más, junto a los participantes en la celebración, el Papa se sienta y se pone en presencia de Dios en ese momento de acción de gracias. Sólo él y Dios saben las palabras, los sentimientos, las alegrías y penas que han podido intercambiarse en diálogo de amor y confianza en todas las ocasiones que allí se ha sentado. Y todo desde esa sencilla silla.

Después, decíamos, es el momento de saludar a todos los concelebrantes y asistentes a la Eucaristía. Y, seguidamente, el Papa se dirige al comedor. Mons. Berloco me explicó que el Papa Francisco desayuna, almuerza y cena allí junto a todos los demás. Normalmente, en Santa Marta residen unas 60 personas de forma permanente (cardenales, obispos y otros funcionarios vaticanos) y otras cerca de 60 personas que están de paso. Con todos ellos, cada día, el Papa Francisco comparte la cotidianeidad y sencillez de un comedor grande pero sencillo y acogedor. El Papa se sienta en una mesa como las demás, en una silla como las demás. Lo acompañan casi siempre el servicio de seguridad del Vaticano y algún cardenal o colaborador cercano con el que dialoga durante la comida. A veces se sitúa en una mesa un poco más retirada aprovechando el momento de la comida para tratar temas concretos con alguna persona, pero siempre desde esa sencillez de un comedor como el de cualquier otra residencia o sencillo hotel en el que hayamos podido estar. Son esos momentos cotidianos los que el Papa Francisco aprovecha, también, para intercambiar opiniones, ser informado, dar su parecer o, simplemente, para compartir un rato de charla como podríamos hacer cualquier a la hora de la comida. Y todo ello, desde esa silla, como otra de tantas, una más, en la que cada día se sienta el sucesor de Pedro junto a los residentes en Santa Marta.

Nada en Santa Marta habla de ostentación, poder o lujo. Más bien se trata de la residencia de una gran familia muy plural, internacional, atendida por una comunidad de Hijas de la caridad de San Vicente de Paúl; una residencia como las muchas que hayamos podido conocer, donde los gestos, el trato de cerca, lo cotidiano y sencillo es lo que prima.

Santa Marta se ha convertido en la casa del Papa. Allí pasa gran parte del día. En su habitación recibe a algunos de sus colaboradores y con todos los demás comparte momentos de oración, comida y recreación.

No tocaba hoy hablar de las “sillas” del Papa en la Basílica de San Pedro, las de los grandes acontecimientos, las que rememoran grandes obras de arte o símbolos de poder. Hoy era el momento de hablar del día a día, de lo sencillo, de las sillas cotidianas del sucesor de Pedro en el año 2018.

También hoy en Venezuela los sueños se hacen realidad

Hoy es domingo 14 de enero de 2018. Podría ser un día más, pero se trata de una jornada en la que un gran sueño se ha hecho realidad.

Normalmente, los sueños se cumplen en el desenlace de una bonita película o en lugares donde el entorno o las circunstancias lo favorezcan más. Pero el sueño que hoy se cumple no es el final de ninguna película de Disney y tiene lugar en el barrio de La Pastora, en Caracas, en el corazón de una Venezuela que no pasa por los mejores momentos de su historia, pero que no deja de soñar.

Entre sueños escuchó el profeta Samuel la voz de Yahvé que le llamaba para que le siguiera; entre sueños San José escuchó el mensaje del ángel para que tomara a María como mujer y se hiciera cargo del niño Jesús que iba a nacer; y podríamos decir que cada uno de nosotros somos el sueño de Dios hecho realidad, aunque en muchas ocasiones podamos suponer para Él una pesadilla…

En uno de los soliloquios más famosos del drama español, obra de Calderón de la Barca, Segismundo piensa en la vida y en su suerte con esas universales palabras: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Hoy habría que contradecir al maestro Calderón diciéndole que no es verdad, que no todos los sueños son ficción o ilusión, pues hay algunos que se sí se cumplen, que sí se hacen realidad.

Hoy es el día en que el sueño de unos peregrinos que se dejaron guiar por el ejemplo del profeta Jeremías culminan una etapa que les impulsará a continuar el camino. Hoy es el día en que Fátima, Henry, Imelis, Janeth, Leopoldo, Luis, Marisol, Martha, Moisés, Orlando y Sammytier no sólo hacen realidad su sueño sino el de toda una familia religiosa como es la familia agustino recoleta.

Quienes fueran los impulsores del movimiento juvenil agustino recoleto en la Parroquia de San Judas Tadeo de Caracas, aquellos que más adelante configuraran la Comunidad Jeremías y prosiguieran con la experiencia de Peregrinos, hoy hacen sus promesas como Fraternidad Seglar Santa Magdalena de Nagasaki. Y con su sueño cumplido nos hacen seguir soñando a los demás que el presente y el futuro sigue pleno de ilusión y de esperanza.

Que este sueño cumplido se haga realidad, además, en esta Venezuela de hoy, nos dice mucho. Nos habla de un Dios que se manifiesta de las maneras más inesperadas, en las condiciones más adversas y en los lugares donde otros pierden la capacidad de soñar.

Queridos amigos de la nueva Fraternidad Seglar Santa Magdalena de Nagasaki. En este domingo 14 de enero abrís un nuevo camino en nuestra familia que hará soñar a otros muchos. Y, además, nos ofrecéis una gran enseñanza, una gran lección: que el futuro está en nuestras manos, en las pequeñas decisiones personales, en los sencillos compromisos que, cuando se comparten en comunidad, llegan a iluminar mucho, como vosotros ilumináis hoy a nuestra familia. Gracias siempre a Dios por seguir soñando con nosotros, y gracias a vosotros por hacer realidad el sueño de Dios. Sigamos soñando juntos, sigamos siendo luz de esperanza para el mundo.

Un año nuevo, ¿y tú qué?

Un año nuevo siempre es oportunidad para evaluar lo que ha sido nuestra vida hasta el momento y mirar hacia el futuro con nuevos propósitos. Habrá retos conseguidos y otros quizás no. Seguramente vivimos fantásticas experiencias y otras que mejor convendría olvidar. Y, entre tanto, hay muchas cosas que cambian, personas que estuvieron y ya no están, momentos que quedaron atrás… La llegada de un nuevo año es el momento de sacar la libreta de apuntes de nuestra vida, repasar las lecciones aprendidas, hacer evaluación, tomar impulso y retomar el camino.

Para un tiempo de cambios constantes y rápidos como el que vivimos, he reconocer que los que nacimos a comienzos de los 80 somos bastante afortunados: vivimos parte de lo que ya es historia pasada, hemos asistido a todas las novedades presentes y, por todo ello, vemos el futuro con un cierto criterio. Los de la generación de los 80 tuvimos una infancia en la que pasábamos gran parte del día en la calle sin mayor restricción que llegar a casa para comer o cenar. Crecimos con ‘Barrio Sésamo’, la ‘Bola de cristal’, los inventos de ‘McGiver’ y los lagartos de ‘V’. Vivimos el cambio al Euro habiendo antes comprado chicles a 5 Pesetas. Somos la última generación de la EGB, el BUP, el COU; en el colegio comenzamos a estudiar inglés y, tras una Selectividad medio decente, casi podías estudiar lo que quisieras. Nos manejábamos a la perfección con los Walkman y los discos de vinilo, echamos horas y horas batiéndonos en duelo al ‘Street Figther’, soñábamos con las ‘Nike Air Jordan’, nos desesperábamos cuando un juego de cinta no se terminaba de cargar en el ordenador, y nos sabíamos de memoria el sonido que hacía el módem cuando se intentaba conectar a Internet para descargar algún esporádico e-mail (lo de la ADSL o la fibra óptica, por aquel entonces, era ciencia ficción).

Durante todos estos años hemos sido testigos privilegiados de lo que ha supuesto la tecnología en nuestras vidas. Hemos pasado de la máquina de escribir al portátil; en la adolescencia tuvimos los primeros robustos teléfonos móviles y ahora disfrutamos del poder de los smarthpones; todos nuestros años de colegio y universidad fueron con libros de papel y ahora lo llevamos todo en la tablet; durante mucho tiempo sólo había dos canales en la TV y ahora cuesta seleccionar algo para ver en la inmensidad de la jungla audiovisual; soñábamos con qué iba a ser de nuestra vida en el año 2000, se pasó incluso el 2001 de ‘Una odisea del espacio’, el futuro de ‘Regreso al futuro’ es pasado y… entre tanto, ya estamos en 2018.

De una u otra forma, los últimos 30 años han supuesto una gran revolución en la historia de la Humanidad. Todo ha ido muy rápido, todo ha cambiado mucho y apenas hemos tenido tiempo para pararnos y reflexionar lo que todo ello ha supuesto. Y, precisamente, los de esa generación de los 80 podemos hacer una valoración que pocos pueden hacer, comparando lo pasado con lo presente, habiendo vivido una experiencia y otra.

No obstante, hay cosas que no cambian, a pesar de la tecnología, a pesar de los años, a pesar incluso de las personas, a pesar de lo rápido que va todo. Un año nuevo, como decíamos al principio, es oportunidad de aprender de lo vivido y seguir adelante.

¿Qué cosas no cambian? El amor de la familia, las buenas amistades, las experiencias enriquecedoras… Da igual que sea con más o menos ancho de banda de Internet, con coches autónomos o viendo un video de la abuela con unas gafas de realidad virtual. Hay cosas que permanecen y nos dan plenitud, como diría Santa Teresa con su célebre: “Sólo Dios basta”.

Un año más, nuestro mundo cambia, y la pregunta que nos debemos hacer es si también cambiamos nosotros o seguimos igual… Cambiar no es malo siempre que sea con una perspectiva positiva. Mucho cambio puede llegar a ser negativo, como también lo es estancarnos en las añoranzas de un pasado que pudiera parecernos mejor.

Un año nuevo, ¿y tú qué? Esta pregunta me recuerda el diálogo de Jesús con los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc, 8, 27-33) Cambiémosla un poco y digámonos: ¿y tú qué dices de ti mismo? ¿Avanzamos? ¿Retrocedemos? ¿Nos estancamos? El mero paso del tiempo es ya un progreso, pues vivir la vida día a día resulta todo un reto. No obstante, ¿qué dices de ti mismo? Un año nuevo, ¿y tú qué?

La Navidad, según Marguerite Yourcenar (“Le temps, ce grand sculpteur”, 1983)

La época de las navidades comercializadas ha llegado ya. Para casi todo el mundo —dejando aparte a los miserables, lo que nos da muchas excepciones— es un alto para el descanso, cálido e iluminado, en el periodo grisáceo del invierno. Para la mayoría de los que hoy celebran estos días, la gran fiesta cristiana se limita a dos ritos: comprar de manera más o menos compulsiva unos objetos útiles o no, y atracarse o atracar a las personas de su círculo más íntimo, en una inextricable mezcla de sentimientos en donde entran a partes iguales el deseo de complacer, la ostentación y la necesidad de darse uno también un poco de buena vida. Y no olvidemos a los abetos siempre verdes cortados en el bosque —símbolos muy antiguos de la perennidad vegetal y que acaban por morir debido al calor de las calefacciones— ni a los teleféricos que sueltan sus esquiadores sobre la nieve inviolada.

Yo no soy católica (salvo por nacimiento y tradición), ni protestante (salvo por algunas lecturas y por la influencia de algunos grandes ejemplos), ni siquiera cristiana en el sentido amplio del término, pero todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en sigficaciones y también su cortejo de fiestas menores como el día de San Nicolás y la Santa Lucía nórdicas, la Candelaria y al fiesta de los Reyes Magos. Pero limitémonos a hablar de la navidad, esa fiesta que es de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y respeto, que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de gente pobre: una antigua balada francesa nos describe a María y a José buscando tímidamente por todo Belén una posada al alcance de su bolsillo, sin que nadie acepte alojarlos, ya que los posaderos prefieren a unos clientes más brillantes y más ricos, siendo finalmente insultados por uno de los que “aborrecen a los pobretones”.

Es la fiesta de los hombres de buena voluntad —como decía una fórmula que no siempre encontramos ahora, desgraciadamente, en las versiones modernas de los Evangelios—, desde la sirvienta sordomuda de los cuentos de la Edad Media que ayudó a María en el parto hasta José que le calentó ante una escasa lumbre los pañales del recién nacido, y hasta los pastores embadurnados de grasa de oveja y a quienes Dios juzgó dignos de ser visitados por los ángeles. Es la fiesta de una raza a menudo despreciada y perseguida, puesto que el Recién Nacido del gran mito cristiano aparece en la tierra como un niño judío (empleo la palabra de mito con respeto, como la emplean los etnólogos de nuestro tiempo, y como algo que significa las grandes verdades que nos superan y a las que necesitamos para vivir). Es la fiesta de los animales que participan en el misterio sagrado de esa noche, maravilloso símbolo cuya importancia comprendieron algunos santos y sobre todo San Francisco, pero en el que han descuidado y descuidan inspirarse muchos cristianos corrientes. Es la fiesta de la comunidad humana, ya que es, o será dentro de unos días, la de los Tres Reyes cuya leyenda nos cuenta que uno de ellos era negro, alegorizando así todas las razas de la tierra que llevan al niño la variedad de sus dones. Es una fiesta de gozo, pero también teñida de patetismo, puesto que ese pequeño a quien se adora será algún día el varón de los dolores. Es, finalmente, la fiesta de la misma tierra, que en los iconos de la Europa del Este vemos a menudo postrada a la entrada de la gruta en donde el niño escogió nacer; de la tierra que en su marcha rebasa en esos momentos el punto del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera. Y por esta razón, antes de que la Iglesia fichara esa fiesta para el nacimiento de Cristo, era ya, en épocas remotas, la fiesta del sol.

Parece que no es malo recordad estas cosas, que todo el mundo sabe y que tantos de nosotros olvidan.

Una experiencia no ‘googleable’

Google nos ha cambiado la vida en pocos años. Atrás quedaron esas tardes en la biblioteca consultando varios tomos enciclopédicos para extraer citas, alguna información concreta de un autor, una fecha, una definición… Atrás quedó la consulta en esos inmensos cajones de archivo para localizar libros relacionados con un tema que queríamos abordar. Ahora, con sacarnos el móvil del bolsillo tenemos en nuestra mano la mayor biblioteca jamás imaginada por el ser humano. Es más, ¿en qué conversación actual que se precie surge una pregunta y alguno de los participantes no plantea buscar la información en Google?

Tal es así que no es raro acudir a Google para buscar tutoriales sobre cómo hacer cosas, desde el nudo de la corbata, pasando por cambiar una rueda al coche o cocinar un pollo al ajillo. Pero aún hay más: a Google le preguntamos qué podemos hacer para adelgazar, dónde puedo encontrar el mejor regalo para un amigo o, incluso, qué hacer si mi matrimonio está pasando por una crisis… Y lo más curioso es que hay respuesta para ‘casi todo’, sea del tipo que sea, sea con la precisión, veracidad o seriedad que sea. Y digo para ‘casi todo’ porque siguen siendo muchas las preguntas, planteamientos, dudas que Google no nos puede resolver y que sólo se pueden afrontar desde la experiencia personal de encuentro consigo mismo y con los demás.

Recuerdo, no hace mucho, dirigirme a un grupo de profesores recordándoles la importancia de aprovechar el tiempo en clase para todo aquello que no sea ‘googleable’ (para eso sería mejor que alumnos y profesores se quedaran en casa). Es cierto que el mundo digital no es ya una esfera virtual de nuestra vida sino que se ha convertido en algo tan real como la vida misma. Pero la experiencia personal y de encuentro con el otro es algo único, irrepetible y no ‘googleable’.

Cada mes de diciembre se cruza en nuestro camino la experiencia de la Navidad. Lógicamente, en estos días acudiremos a Google para que nos ayude a preparar todo lo que implica uno de los grandes acontecimientos anuales. Pero no podemos olvidar que lo que celebramos en estos días es algo tan grande que, como decíamos antes, sólo se puede experimentar en nosotros mismos y en el encuentro con los demás.

Algo tan sencillo como detenernos y, en silencio, contemplar el gran misterio de Dios haciéndose niño, accesible, frágil, cercano. Descubrir su presencia entre nosotros desde antes de encarnarse, durante su vida y ahora por medio de su Espíritu. Preguntarnos por los sentimientos de José, de María, de todos esos personajes que, año tras año, colocamos cuidadosamente en el Belén. Y poder compartir con otros esa experiencia, celebrarla, actualizarla, hacerla realidad en nosotros y en los demás, sabiendo que supone un nuevo renacer personal capaz de destruir todo mal y de dar sentido a toda injusticia desde la esperanza.

No todo es ‘googleable’. La Navidad es un encuentro personal con el Otro que viene a nosotros, que nos abraza y que está presente entre nosotros todos los días de nuestra vida, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

¡Mamá, quiero ser ‘influencer’!

El 4 de febrero de 1986 se estrenaba en el Teatro Calderón de Madrid la comedia musical ‘¡Mamá, quiero ser artista!’. Seguramente muchos recordarán a Concha Velasco interpretando a una joven que llegaba a la capital de España desde su pueblo acompañada por su madre con una idea fija: triunfar en el mundo del espectáculo.

Tanto en el contexto familiar como en el escolar solemos preguntar a los niños qué quieren ser de mayores. Y respuestas hay a montones: futbolista, veterinario, profesora, bombero, enfermera, policía, piloto, médico o, asemejándose un poco más al deseo de la comedia que mencionábamos antes, algunos quieren ser artistas, en sus más diversas variantes. Pero las cosas han cambiado y, seguramente, cuando Concha Velasco decía apasionada que ¡quería ser artista! no contaba con una nueva forma de ser ‘artista’.

A menudo se publican listados de nuevas profesiones que van surgiendo adaptadas al contexto digital, listados de los perfiles más demandados para dar respuesta a esas necesidades profesionales, o listados de preferencias sobre a qué les gustaría dedicarse a los niños y jóvenes. Y aquí es donde, a algunos, las novedades les pueden descuadrar un poco. Según una reciente encuesta elaborada por Adecco, un alto porcentaje de niños quieren ser ‘youtubers’, probadores de videojuegos, community managers, gamers o blogueros. Pero la cosa no queda ahí, porque la aspiración por excelencia, especialmente entre los jóvenes ‘Millennials’, es ser ‘influencer’. ¿Pero qué es ser ‘influencer’?

Un ‘influencer’ es una persona que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema concreto, y por su presencia e influencia en redes sociales puede llegar a convertirse en un prescriptor interesante para una marca. La revista Forbes tiene una clasificación de las personas más influyentes en las redes sociales en el ámbito de la moda, los viajes, los videojuegos, los deportes, la tecnología, la belleza, la cocina… Todo ello, no debe hacernos caer en el error de pensar que un ‘influencer’ no pueda ser una persona de reconocido prestigio por su actividad o forma de ser. De hecho, en algunas de estas clasificaciones están personajes como el Papa Francisco, grandes filántropos, docentes, investigadores, empresarios o literatos cuyas opiniones pueden aportar mucho al diálogo internacional.

Ahora bien, el problema se genera cuando caemos en la cuenta de que antes el talento y los logros convertían a alguien en influyente. Ahora parece que lo de ser “influencer” es un fin en sí mismo para demasiada gente. De alguna forma, el tornillo se ha pasado de rosca cuando lo importante no es ser considerado alguien influyente por destacar en algún ámbito de la vida, sino que lo importante es tener miles de seguidores en redes sociales… y sólo eso…

Ciertamente, hoy ya no hay brecha, no hay distancia entre el mundo real y el mundo digital. Tan real es un robo en una casa como el hackeo un móvil o de una cuenta bancaria. Pero este mundo digital está posibilitando el nacimiento de un nuevo modelo de ser persona que, amparándose en una idílica libertad está retornando al ‘gran hermano’ de la novela de George Orwell.

En definitiva, no es malo ser ‘influencer’. De hecho, es algo necesario hoy, y en la historia del cristianismo hay muchos de ellos (aunque no tuvieran perfiles en Twitter o Facebook). Pero no olvidemos que el aparentar no conduce a nada, que la esencia de la persona, su interior es lo que realmente pesa y que medir la calidad por el número de personas que te sigan en las redes sociales… tarde o temprano se termina volviendo en contra.

Todo ello es, también, una llamada al criterio sobre a quién seguimos, teniendo siempre presente que hay una sola Persona a quien, realmente, podemos seguir encontrando plenitud,  sentido y vida. Parafraseando a san Agustín: si amas a Cristo, ¡síguelo! Nadie como él para ser tu ‘Influencer’ #followjesusoar

Crónica de dos cooperantes

Miguel y Jesús son dos estudiantes granadinos de ingeniería civil en la Universidad de Granada, con espíritu aventurero y ganas de conocer unas realidades diferentes a la que todos estamos acostumbrados a vivir. Gracias a un encuentro fortuito de Jesús con el Padre Antonio Carrón, alias Toñín, cerca del colegio de Agustinos de Granada, allá por el mes de septiembre, se sembró una semilla que llevaría a Miguel y Jesús a tomar un avión y ponerse rumbo a Perú, pero… rumbo a Perú, ¿para qué? Hablemos primero un poco de estos dos cooperantes.

Jesús Hernández es un chico alegre, inquieto y aventurero que estudió en el colegio de Agustinos. Allí conoció al Padre Antonio, el cual fue profesor de filosofía y tutor suyo en bachiller. Tras los estudios en el instituto comenzó su carrera en ingeniería civil y fue cuando empezó a interesarse por el mundo de la cooperación al desarrollo, los problemas medioambientales y la lucha contra el cambio climático. Además, las clases del profesor Javier Ordoñez en la universidad le hicieron ver cómo existe un mundo diverso, lleno de oportunidades, y lo importante que es poner nuestro grano de arena con nuestros conocimientos adquiridos en proyectos de cooperación.

En su último año de estudios, Jesús se fue con una beca a estudiar a la Universidad Santiago de Chile y allí descubrió lo maravilloso e increíble que puede ser Latinoamérica, así como las necesidades y desigualdades que se dan en el continente. Ello le llevó a plantearse la posibilidad de reconducir sus estudios y carrera al mundo de la cooperación.

Miguel Monsalve es un chico curioso y con unas inquietudes muy arraigadas. Siempre sus ideas han ido por el camino del crear y el emprendimiento y fue ello lo que le llevó, recién acabada la carrera de ingeniería civil, a montar una empresa junior en la universidad para la enseñanza del uso y diseño con impresoras 3D. En ese mismo año, las inquietudes de salir y conocer otro mundo le llevaron a unirse al proyecto que el Padre Antonio le había ofrecido a Jesús y, de este modo, embarcarse en esta emocionante experiencia.

Hablemos un poco del proyecto: Chota es una pequeña ciudad situada en el norte de Perú en mitad de los Andes, en la región de Cajamarca. A su alrededor hay unas cuantas pequeñas aldeas, de las cuales, muchas no disponen de agua potable y sus habitantes toman el agua directamente de los riachuelos. Este agua tiene restos de fertilizantes y residuos agrícolas de la zona, y es por ello, que no es agua apta para el consumo humano. La ONG Haren Alde Chota, con el Padre Ángel como cabeza de la misma, se ha embarcado en este emocionante proyecto de proveer de agua potable a alguna de estas pequeñas poblaciones. ¿Y cómo se va a hacer esto? Demos algunas  pinceladas sobre lo que es un sistema de distribución de agua por gravedad.

El agua que llega todos los días a nuestros grifos necesita de unos valores de presión y velocidad aptos para que sea cómoda su recepción. Además, necesita tener unos parámetros de sustancias químicas y sedimentos bajos para poder ser consumida y, por supuesto, estar libre de bacterias que pudieran trasmitir algún tipo de enfermedad o infección. Para que el agua pueda llegar a nuestro grifo, debe de disponer de un cierto valor de energía. Gracias a nuestro amigo Bernoulli, sabemos que esta energía puede traducirse en la suma de varios componentes, que son su energía potencial (o lo que es lo mismo, el peso del agua y tendencia a moverse hacia abajo respecto a una altura dada), y una velocidad a la que se está moviendo por la tubería. Dentro de una tubería, el agua se encuentra a una presión concreta. Es la energía con la que cuenta, la que le imprime una presión y velocidad concreta en el interior de la tubería. Pues bien, para poder dar unos valores de presión y velocidad correctos al agua, podemos otorgárselos de muchos modos, ya sea con bombas que le añaden esta energía, aprovechando la energía potencial propia del agua por su altura en el depósito, o mediante una combinación de ambos. Por supuesto, el diámetro de la tubería y el caudal de agua que circula por ella, junto a la energía del agua, son los que regulan a la presión y velocidad a la que va el agua. Ahí entra el diseño de la tubería, que dependiendo de la geometría, las cotas de cada punto de la red y el caudal de agua circulante, determinan qué tamaño de tubería necesitamos para dar esa presión y velocidad concreta al agua.

El uso de bombas es caro, ya que requiere de energía externa que consumir mediante las diferentes fuentes de energía que disponemos en el planeta, y esto se traduce en dinero. Es por ello que, si las características geográficas del lugar son favorables, se aproveche exclusivamente la energía que cuenta el agua al encontrarse a mayor altura respecto de las casas y utilizar esta energía que nos regala nuestra querida gravedad, para transportar el agua a presión hasta las casas. ¿Qué habríamos hecho sin esa manzana que le cayó a Newton a la cabeza? Este método, por ello, es mucho más barato y una buena solución para proyectos que disponen de presupuestos bajos.

Las comunidades en los alrededores de Chota, se encuentran entre las montañas, y cuentan con muchos manantiales subterráneos que afloran en las laderas de las montañas. Este agua, al ser subterránea y provenir de las cumbres de las montañas, y no existir ningún tipo de actividad humana más arriba de estos manantiales, no cuenta con sustancias químicas nocivas y los valores de sedimentos no son altos. El proyecto consiste en tomar el agua de una de las afloraciones en ladera de estos manantiales y acumularla en un depósito donde se regulará el caudal de agua demandado por la población, así como para llevar a cabo el proceso de cloración del agua para desinfectarla y eliminar las posibles bacterias. Este depósito estará junto a la toma de agua en el manantial y estará a una altura mucho mayor que el resto de la población. Las tuberías llevarán el agua desde este depósito a las casas que se encuentran a una cota mucho menor, y la gravedad hará su trabajo para llevar el agua desde el depósito a las casas. La presión y velocidad que deseemos que lleve se regulará gracias al diámetro de la tubería y el caudal que circula por ella.

Además de la propia construcción y diseño de esta red, el proyecto tiene en cuenta el aspecto social y humano del mismo. Una comunidad que debe aprender de una gestión sostenible del agua. Ellos, al final, son los propios responsables de su agua y de los residuos que vierten en ella y, por eso, la creación de juntas vecinales que sean las gestoras del agua, tras la puesta en funcionamiento de la red, le da la esfera humana y social que todo proyecto debe tener. Hasta aquí tenemos un pequeño esbozo de lo que es un proyecto de una red de distribución de agua potable por gravedad.

Jesús y Miguel acaban de llegar a Lima, los nervios de los días anteriores a volar se han disipado nada más poner el pie en Perú. En Lima se quedarán unos días para conocer un poco de la cultura y la vida de la ciudad. Las formas de ser de la gente de esta ciudad dan un abrazo y calidez a sus visitantes. En unos días se dirigirán a la ciudad de Chiclayo, al norte del país, donde se encontrarán con el ingeniero y jefe del proyecto Miguel Vega Vásquez que les conducirá a la ciudad de Chota para comenzar a trabajar con la comunidad. La aventura no acaba más que comenzar.

(Jesús Hernández y Miguel Monsalve)

Gran hermano

No, no vamos a hablar aquí del ‘Gran hermano’ en el que un grupo de personas se meten en una casa rodeados de cámaras (lo siento mucho por los fans incondicionales del programa), aunque no va del todo desencaminada la cosa. Sí nos vamos a referir al origen de este concepto en el que se inspira el programa, que hunde sus raíces hacia mediados del siglo XX.

Fue en 1949 cuando Eric Arthur Blair, más conocido por el pseudónimo de George Orwell publicaba la novela ‘1984’, en la que introducía el concepto del omnipresente y vigilante ‘Gran Hermano’. Se trataba de una obra enmarcada en la ciencia ficción social y política que, sorprendentemente, se ha convertido en una certera profecía de nuestro tiempo. La crítica que Orwell hacía al Estado vigilante, al totalitarismo, a la privación de los derechos humanos, a la limitación de la libertad intelectual y la presentación del concepto de ‘distopía’ (una sociedad ficticio indeseable en sí misma) parece haber cobrado actualidad en los últimos años a partir del imparable avance de la era digital.

Hoy día se da la paradoja de que en el smartphone que solemos llevar en el bolsillo portamos más tecnología que la que el hombre utilizó para llegar a la luna, pero ello también nos ha deparado numerosos peligros de los cuales aún no somos suficientemente conscientes. La vertiginosa revolución tecnológica de los últimos años nos ha abierto a un universo de posibilidades inabarcables y difícilmente soñadas por nuestros antepasados. Poder comunicarnos en tiempo real con otras personas, acceder de manera casi instantánea a ingentes fuentes de información, las múltiples posibilidades del trabajo en red, la facilidad de expresar y difundir la información por redes sociales… el horizonte es inmenso… tanto para lo bueno como para lo no tan bueno.

Han sido varias las películas que han intentado reflejar esta realidad. Recientemente veíamos en las pantallas “El círculo”, adaptación de la novela homónima escrita por David Eggers y dirigida por James Ponsoldt. En ella, Mae Holland (Emma Watson) es contratada para trabajar en el Círculo, la empresa de Internet más prestigiosa del mundo. A través de un moderno sistema operativo, el Círculo une las direcciones de email, perfiles en las redes sociales, operaciones bancarias y contraseñas de todos los usuarios. Mae está entusiasmada con la modernidad que muestra la compañía a pesar de que se aleje de su familia al pasar más tiempo en las fiestas y actividades deportivas que se celebran dentro de la oficina. Lo que comienza como un viaje hacia el interior del desarrollo tecnológico, pronto se convierte en un relato que plantea unas cuestiones como pueden ser la memoria, la privacidad, los límites del conocimiento humano o la democracia.

¿Qué decir a todo ello? El Papa Francisco se ha manifestado de la siguiente manera: “Las nuevas comunicaciones, como los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales o los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas”. En otro momento, añadía: “Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad”, pero advierte también de que “pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos”. “El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro”, pero agrega, “se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral”. “También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada”. “La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común”. “La comunicación, sus lugares y sus instrumentos han traído consigo un alargamiento de los horizontes para muchas personas” y “esto es un don de Dios, y es también una gran responsabilidad”.

La ‘distopía’ de la que hablábamos antes está en el horizonte, y no como película de ciencia ficción sino como realidad. Del uso que hagamos de este don del que hablaba el Papa y de la responsabilidad con que juguemos nuestras cartas dependerá el futuro. Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra.

‘Circolare, circolare’

 

Cuando alguien llega por primera vez a Roma queda prendado de los monumentos, las calles, los museos… Se trata de un lugar donde cada uno de los recovecos representa siglos de historia. A todo turista que llega a Roma le termina sonando mucho un lugar significativo: Termini. Se trata de la famosa estación de ferrocarril de la ciudad, una de las más importantes de Europa y uno de los principales centros de comunicación de Roma.

Si alguien pasa en Roma dos, tres, cuatro, cinco días, o hasta una semana, seguramente descubrirá en Termini un lugar de efervescente actividad por la cantidad de viajeros ordinarios y turistas que allí convergen. Es, también, uno de los puntos de encuentro  más demandados por los romanos, zona de gran actividad comercial y social.

Pero hay un detalle que sólo se percibe si uno pasa una temporada más prolongada en la ciudad y frecuenta la estación de Termini. Se trata de una presencia que no llama mucho la atención pero que, si nos fijamos bien, resulta completamente abrumadora: decenas y decenas de personas sin hogar de todos los tipos y procedencias.

Por otro lado, y especialmente desde la celebración del Jubileo de la Misericordia, Roma se ha convertido en una ciudad, literalmente, tomada por las fuerzas de seguridad. En todas las estaciones de Metro, en todos los accesos a los grandes museos, plazas, monumentos, basílicas se encuentran militares y policías, lo cual genera la doble sensación de seguridad e inquietud debida a tal despliegue.

Y, precisamente, fue hace algunas semanas cuando estos dos grupos de personas -sintecho y fuerzas de seguridad- protagonizaron una escena que, en su momento, resultó insignificante, pero que esconde un profundo e importante mensaje. Me lo contó una de las responsables de un centro de acogida de refugiados de Roma…

Como decíamos, los alrededores de la estación de Termini están repletos de personas sin techo. En un momento dado, una de ellas se vio sorprendida por uno de los policías que hacía la ronda acostumbrada. Las historias de cada uno de estas personas sin techo son de lo más variado, pero muchos de ellos coinciden en algo, como su caso: son refugiados que han tenido que huir de sus países y que esperan en Roma la oportunidad de ser acogidos por alguna institución que les ayude a reorientar su vida. El policía se detuvo ante ella y le dijo en voz alta: “circolare, circolare” (lo que en español vendría a ser “¡circulen, circulen!”). Y así es: la estación de Termini, como otros tantos lugares en Europa y en el mundo, se han convertido en lugares donde las personas desplazadas de su hogar, por la razón que sea, “circulan”. Lo hacen sin un rumbo fijo, lo hacen con toda la precariedad que uno pueda imaginar y, lo más grave, lo hacen obligadas por la situación de sus países y sin una respuesta clara y decidida por parte de los países que los acogen o de los organismos internacionales. Por otro lado, ese inocente “circolare, circolare” esconde debajo lo poco que gusta tener delante la realidad negativa; esconde una manera de cerrar los ojos y mirar a otro lado el mal en el mundo; esconde la indiferencia de quienes no se sienten hermanos bajo un mismo cielo.

Realmente, no somos lo suficientemente conscientes de que nos encontramos ante una de las crisis humanitarias más terribles de la historia con millones de personas desplazadas forzosamente de sus hogares y con un único destino: “circolare, circolare”. Nunca en la historia se ha dado un éxodo como el que estamos viviendo en la actualidad y del que, en los medios, sólo aparece reflejada una pequeña parte.

Tener la oportunidad de acercarse a esta realidad de los desplazados forzosos de su país cambia tu opinión sobre la imagen preconcebida que podamos tener. Además, surge en ti la convicción de que podemos hacer mucho más por ayudar.

Una de las obras de misericordia es “dar posada al peregrino”. Actualmente hay más de  65 millones de “peregrinos” forzados que se han visto obligados a dejar sus hogares por la guerra o por ser víctimas de persecuciones: solicitantes de asilo, desplazados internos o refugiados (son cifras de ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados).

Y otro dato tremendamente iluminador y, a la vez, desgarrador: frente a lo que podamos pensar, no son los países más ricos los que están acogiendo a más de estos refugiados sino, precisamente, los más pobres: Somalia, Sudán del Sur, Congo, República Centroafricana, Turquía, Pakistán y Líbano están en la cima de los países que más refugiados acogen.

Los pocos refugiados que consiguen llegar a Roma o a otras capitales europeas son unos completos privilegiados: aquí, al menos, pueden “circolare, circolare” a la espera de que alguna de las instituciones sociales de asistencia les abran las puertas. Otros muchos millones siguen con su peculiar “circolare, circolare” en campamentos de refugiados o jugándose la vida intentando pasar de un país a otro.

Es, sin duda, una llamada desde nuestro ser humanos, desde nuestro ser cristianos, a dar una respuesta. Otro mundo es posible: también depende de ti, también depende de mí.