San Valentín y el arte del amor

Una de las cosas buenas que tiene vivir en Roma es que cada paseo se convierte en una puerta abierta a la historia, a experiencias centenarias y a posibilidades de releer la propia vida a partir de los que nos han precedido. Y hace uno mucho, en uno de esos paseos, me encontré con una reliquia de san Valentín en la iglesia de Santa Maria in Cosmedin (en italino no ponen muchas tildes). Acostumbrados a relacionar a este santo con el amor, con un simpático angelito que lanza flechas, o con un osito, impacta mucho encontrarse con un cráneo en una urna, eso sí, rodeados de flores (parece que alguien ha querido “dulcificar” un poco la escena).

Entre historia y leyenda, se habla de tres posibles personajes que pueden dar origen a la idea de “san Valentín” que nos ha llegado hasta hoy. El que, quizás, cuadre mejor con la descripción es un médico romano que se hizo sacerdote y casaba a los soldados, a pesar de que ello estaba prohibido por el emperador Claudio II, que lo consideraba incompatible con la carrera de las armas. Por esta razón, san Valentín habría sido ejecutado un 14 de febrero al no querer renunciar a su fe cristiana (de ahí el origen de ese día como “día de los enamorados”). Otra leyenda narra que es patrono de los enamorados porque su fiesta coincide con el momento del año en que los pájaros comienzan a emparejarse.

No obstante, no es momento ahora de centrarnos en la historia de este personaje, sino que nuestra reflexión gira en torno al amor. Y, para ello, nos vamos a fijar en esa imagen de la calavera de san Valentín. Porque el amor es lo más grande que el ser humano tiene, el amor mueve el mundo, el amor lo puede todo, el amor es comprensivo, servicial… y podríamos citar aquí ese capítulo 13 completo de la carta de san Pablo a los Corintios o tantos poemas que han ensalzado al amor.

Pero, por otro lado, volviendo a esa imagen de la calavera, se suele decir que el amor da, también, muchos quebraderos de cabeza, muchos sinsabores, muchos desencuentros… Y cabe preguntarse, ¿tiene el amor un elemento negativo? Yo diría que no, pues todos esos elementos negativos surgen, a mi entender, cuando desaparece el amor. Precisamente, de ahí viene la palabra “desamor”, que significa “falta de amor”.

Por otro lado, cierto es que nadie da lo que no tiene. Por tanto, para dar amor hemos de haber experimentado en nosotros mismos ese amor. Pero, ¿qué clase de amor? ¿Es que hay varios ‘amores’? No diría yo eso: el amor es uno, pero los seres humanos tenemos distintas formas de amar. Tomando como referencia la cultura griega, la Biblia habla de varios tipos de amor: el “eros”, que es el amor sexual, el amor de pareja; el “fileo”, que es el amor de amigos, el amor de familiares; y el “ágape”, que es, propiamente, el amor de Dios. Todos ellos tienen su importancia y su peculiaridad, pero también es cierto que sólo hay uno que siempre permanece, que nunca falla, que es seguro. No es muy común que suceda, pero, de vez en cuando, nos llegan noticias de conflictos entre padres e hijos, entre hermanos, familiares o amigos, algunos de los cuales llegan a tener trágicas consecuencias. El ser humano, por naturaleza, es limitado, y, como tal, acierta, se confunde, es capaz de lo mejor y de lo peor. Y eso mismo ocurre con el amor que pueden profesarse los seres humanos entre sí, no es un amor perfecto sino que está sujeto a la debilidad y finitud de su condición. Sólo hay un amor en el que, verdaderamente, siempre y en todo lugar podemos confiar: el amor de Dios, ese amor “ágape” que se da sin pedir nada a cambio.

También podemos nosotros, los seres humanos imperfectos, tener acceso a ese amor de “ágape”, se portadores de ese amor, experimentarlo y llevarlo a otros. Pero eso sólo es posible acudiendo a la fuente de ese amor: Dios.

Recordemos esas palabras de la Primera Carta de San Juan: “Dios es amor.” Son tres sencillas palabras que lo resumen todo. Y nosotros, por qué no, estamos llamados a llevar a cabo en nuestro mundo algo tan sencillo y revolucionario como la revolución del amor. Es sencillo, y ya lo decía san Agustín: “Pon amor en las cosas que haces y las cosas tendrán sentido. Retírales el amor y se volverán vacías”. ¡Todo un arte! Con un poquito de amor de cada cual conseguiremos grandes cosas.