Vivir (des)centrados

Seguramente, muchas veces nos han podido decir eso de: “Oye, te veo poco centrado”, o “Este chico está muy descentrado”. Y, ciertamente, lo de vivir centrados hoy día resulta bastante complicado: la velocidad a la que va todo, las escasas oportunidades para detenerse y reflexionar con profundidad las cosas, el cambio y la necesidad de continua adaptación a nuevos entornos, personas, circunstancias… No, no resulta para nada fácil vivir centrado. Pero, así como los elementos externos pueden descentrar a menudo nuestro día a día, sí está en nuestra mano guiar nuestra vida a través de opciones que, realmente, centren hacia dónde queremos caminar. Es lo que unos llaman ‘vocación’, otros ‘misión’ en esta vida o, simplemente, aquello por y para lo que estamos aquí.

En encuentros con jóvenes, recuerdo haber utilizado en muchas ocasiones un gráfico como éste en el que aparecen representadas diferentes razones para escoger nuestro futuro, atendiendo a aquello que amamos, aquello por lo que nos van a pagar, lo que el mundo necesita y lo que hacemos bien. La intersección de cada uno de ellos da lugar a que nuestra opción esté movida por la pasión, la profesión, la vocación o la misión. El objetivo consistiría en que nuestra opción estuviera lo más centrada posible, equilibrando todas esas importantes dimensiones de la vida de una persona.

En un primer vistazo, lo que casi todo el mundo suele decir es que, de forma progresiva, el círculo inferior (“por lo que te van a pagar”) puede haber ido cobrando más y más importancia en nosotros como resultado de la cultura consumista y egoísta del ‘tener y tener’.

La intersección entre ‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’ da como resultado la “profesión”. Comenta Elena Andrés (dedicada a la pedagogía de la interioridad) que, cuando estos dos son los únicos círculos que se unen en la búsqueda de nuestro camino profesional, entonces salimos perdiendo todos: la persona y la sociedad, porque quedan al margen ‘lo que el mundo necesita’ y su intersección ‘vocación’, y tampoco está presente la necesaria ‘pasión’ por algo más que no sea el ganar más y más.

Cuando, llegada la edad de plantearse un futuro abunda más la primera intersección mencionada (‘lo que haces bien’ y ‘por lo que te pagarán’), entonces el resultado es que va desapareciendo la dimensión vocacional de lo que hacemos y, finalmente, lo que hacemos es un mero instrumento, más o menos desagradable o agradable para ganar dinero y mantener esa ‘calidad de vida’ que nos han hecho creer que, sobre todo, consiste en tener cosas.

Elegir un trabajo que “me dé dinero” es lícito, pero olvidar las otras dimensiones posibles, nos empobrece como individuos y como sociedades. Vivir sin referencia a dimensiones más profundas nos convierte en meros supervivientes o resignados ciudadanos sumidos en el bienestar, restándonos las necesarias energías personales y colectivas que nos capacitan para un verdadero cambio social para la tan necesaria reconstrucción de nuestros modelos de vida desde presupuestos que no sean el mero enfrentamiento o la reproducción de modelos que ya han demostrado que sólo generan pobreza, divisiones, guerras e injusticia.

Desde una perspectiva creyente, a todo ello habría que añadir el sueño de Dios para con cada uno de nosotros, que no es otro que el de que seamos felices. ¿Cómo? Pues encontrando nuestro por qué en este mundo a partir de un necesario discernimiento y unas opciones que, si se guían sólo por el ámbito del tener y olvidan las dimensiones de lo que el mundo necesita de mí, lo que verdaderamente amamos, aquello que hacemos bien y que va en conexión con lo anterior, terminará por desencantarnos y descentrarnos aún más.

Vivir descentrados provoca dolores en el cuerpo, en la mente y en el alma. Nos lleva a vivir dispersos, más o menos rotos, asequibles al desaliento, al orgullo, a todo aquello que nos roba la paz a la que estamos llamados y que es patrimonio de todos.

Si, verdaderamente, queremos apuntar al centro de la diana, si buscamos el equilibrio en las diferentes dimensiones de nuestra vida, si pretendemos algo más de lo convencional, hay que preguntarse, de forma honesta y profunda, cuál es nuestra pasión, cuál es nuestra misión, cuál es nuestra vocación y, con todo ello, hacia dónde queremos dirigirnos. Es algo que nos permitirá apuntar al centro: centrarnos. ¿Y tú? ¿Vives centrado o descentrado?

Sin Filosofía por la vida

Recuerdo, hace poco más de un año, la última reunión de profesores de Historia de la Filosofía a la que nos citaban los encargados  en la universidad para informarnos sobre el examen de Selectividad. Comenzaron saludándonos cordialmente para, a continuación, indicar que, seguramente, era la última ocasión en que nos íbamos a encontrar en una reunión de esa índole. Según lo previsto, la Historia de la Filosofía desaparecía como asignatura troncal de 2º de Bachillerato y, por ello, tampoco estaría presente en las pruebas de acceso a la universidad. Fue algo que se cumplió a medias, pues algunas comunidades autónomas españolas sí la incluyeron como obligatoria en 2º de Bachillerato, pero otras muchas no. No obstante, se trataba de la crónica de una muerte anunciada que ha tenido su último capítulo recientemente al anunciarse que la Historia de la Filosofía pierde peso en la Selectividad, quedando como materia optativa para alumnos del Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales. Ahora, ni los alumnos tienen la obligación de escoger Historia de la Filosofía durante el curso ni los centros educativos tienen la obligación de ofertarla en varias comunidades autónomas.

Hemos llegado a esta situación como fruto de las continuas reformas educativas que venimos sufriendo en España durante los últimos años. Y digo bien, “sufriendo”, pues cuando nos quejamos de los resultados de nuestros niños y jóvenes, de nuestro puesto en el ranking internacional de sistemas educativos… aquí está una de las causas.

Pero no sólo nos debemos quedar en la “periferia” de esta situación. Hay algo aún más profundo en todo ello: el estudio de las Humanidades en general y de la Filosofía en particular se está aislando de tal forma que, dentro de poco, va a ser complicado hablar con nuestros jóvenes sobre el ser humano como ser racional, dotado de valores, con continuas influencias en el pensamiento desde los orígenes del mismo, buscando un sentido crítico a las propuestas que van surgiendo, descubriendo un sentido de la trascendencia y un plano de la realidad que va más allá de lo puramente físico, lo  biológico, lo práctico o lo económico… Porque, ¿en qué otras materias que no son las humanísticas se estudian estos temas?

Aprender a pensar, conocer la dinámica de nuestro razonamiento, descubrir de dónde vienen las ideas, cómo surgen las doctrinas políticas, qué está de fondo en los grandes cambios de nuestra historia, cómo y por qué la fe puede ser pensada, cuál es el sentido de la vida para otros que nos han precedido y para nosotros mismos… Se trata de cuestiones a las que no podemos renunciar. Y lo estamos haciendo: de una forma medio oculta, sin levantar mucha polvareda, casi sin ser conscientes de ello… nos estamos olvidando de aquello que nos hace propiamente humanos, que nos define, que nos da sentido.

Una vez más, queda la esperanza del profetismo, de revelarnos contra lo impuesto, de seguir potenciando la Filosofía, las Humanidades, la Religión, quizás no en el marco de la escuela (craso error), pero sí en otros foros a los que, sin duda, acudirán nuestros contemporáneos en busca de ideas, de preguntas y respuestas, de espíritu crítico y de sentido de la vida.

Durante varios siglos la Teología fue la madre de todas las ciencias, teniendo, poco después, a la Filosofía como fundamento y antesala, ambas disciplinas unidas y complementarias entre sí: “creo para entender y entiendo para creer”, dirá Nuestro Padre San Agustín. Llegó luego la gran Revolución Científica que, en pocos siglos, ha hecho que el progreso de la Humanidad se sitúe en cotas insospechadas. Y en gran medida, también esta revolución ha tenido a las Humanidades como fundamento, sin olvidarse ni desentenderse del todo de ellas.

Fe y razón van de la mano; ciencia y religión no son enemigas; progreso y espiritualidad no pueden ser ajenas. Las Humanidades en general y la Filosofía en particular nos ayudan a que estas aparentes dicotomías no sean tales y caminen juntas. Seguiremos luchando para que así sea en bien de la Humanidad.