Sin Filosofía por la vida

Recuerdo, hace poco más de un año, la última reunión de profesores de Historia de la Filosofía a la que nos citaban los encargados  en la universidad para informarnos sobre el examen de Selectividad. Comenzaron saludándonos cordialmente para, a continuación, indicar que, seguramente, era la última ocasión en que nos íbamos a encontrar en una reunión de esa índole. Según lo previsto, la Historia de la Filosofía desaparecía como asignatura troncal de 2º de Bachillerato y, por ello, tampoco estaría presente en las pruebas de acceso a la universidad. Fue algo que se cumplió a medias, pues algunas comunidades autónomas españolas sí la incluyeron como obligatoria en 2º de Bachillerato, pero otras muchas no. No obstante, se trataba de la crónica de una muerte anunciada que ha tenido su último capítulo recientemente al anunciarse que la Historia de la Filosofía pierde peso en la Selectividad, quedando como materia optativa para alumnos del Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales. Ahora, ni los alumnos tienen la obligación de escoger Historia de la Filosofía durante el curso ni los centros educativos tienen la obligación de ofertarla en varias comunidades autónomas.

Hemos llegado a esta situación como fruto de las continuas reformas educativas que venimos sufriendo en España durante los últimos años. Y digo bien, “sufriendo”, pues cuando nos quejamos de los resultados de nuestros niños y jóvenes, de nuestro puesto en el ranking internacional de sistemas educativos… aquí está una de las causas.

Pero no sólo nos debemos quedar en la “periferia” de esta situación. Hay algo aún más profundo en todo ello: el estudio de las Humanidades en general y de la Filosofía en particular se está aislando de tal forma que, dentro de poco, va a ser complicado hablar con nuestros jóvenes sobre el ser humano como ser racional, dotado de valores, con continuas influencias en el pensamiento desde los orígenes del mismo, buscando un sentido crítico a las propuestas que van surgiendo, descubriendo un sentido de la trascendencia y un plano de la realidad que va más allá de lo puramente físico, lo  biológico, lo práctico o lo económico… Porque, ¿en qué otras materias que no son las humanísticas se estudian estos temas?

Aprender a pensar, conocer la dinámica de nuestro razonamiento, descubrir de dónde vienen las ideas, cómo surgen las doctrinas políticas, qué está de fondo en los grandes cambios de nuestra historia, cómo y por qué la fe puede ser pensada, cuál es el sentido de la vida para otros que nos han precedido y para nosotros mismos… Se trata de cuestiones a las que no podemos renunciar. Y lo estamos haciendo: de una forma medio oculta, sin levantar mucha polvareda, casi sin ser conscientes de ello… nos estamos olvidando de aquello que nos hace propiamente humanos, que nos define, que nos da sentido.

Una vez más, queda la esperanza del profetismo, de revelarnos contra lo impuesto, de seguir potenciando la Filosofía, las Humanidades, la Religión, quizás no en el marco de la escuela (craso error), pero sí en otros foros a los que, sin duda, acudirán nuestros contemporáneos en busca de ideas, de preguntas y respuestas, de espíritu crítico y de sentido de la vida.

Durante varios siglos la Teología fue la madre de todas las ciencias, teniendo, poco después, a la Filosofía como fundamento y antesala, ambas disciplinas unidas y complementarias entre sí: “creo para entender y entiendo para creer”, dirá Nuestro Padre San Agustín. Llegó luego la gran Revolución Científica que, en pocos siglos, ha hecho que el progreso de la Humanidad se sitúe en cotas insospechadas. Y en gran medida, también esta revolución ha tenido a las Humanidades como fundamento, sin olvidarse ni desentenderse del todo de ellas.

Fe y razón van de la mano; ciencia y religión no son enemigas; progreso y espiritualidad no pueden ser ajenas. Las Humanidades en general y la Filosofía en particular nos ayudan a que estas aparentes dicotomías no sean tales y caminen juntas. Seguiremos luchando para que así sea en bien de la Humanidad.