Una Iglesia que duele

De la misma forma que Alejandro Sanz cantara hace unos años a su “Corazón partío” o Enrique Iglesias hiciera lo propio en “Duele el corazón”, así podríamos entonar nuestro canto hoy con un “me duele la Iglesia”. Y no es un dolor que se pueda arreglar con tiritas o con un sencillo remedio, pues se trata de algo mucho más profundo que, para sanar, requiere de un tratamiento largo y doloroso.

Recientemente, Georg Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia y Secretario Personal de Benedicto XVI, ha manifestado que, en su opinión, la Iglesia está viviendo su particular 11 de septiembre, con la crisis generada por los casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Fue una declaración que Gänswein realizó coincidiendo con el aniversario del atentado contra las Torres Gemelas en 2001, resaltando que hay muchas almas “heridas irremediablemente y mortalmente por sacerdotes de la Iglesia Católica”.

La Iglesia, con una realidad humana y divina, institucional y carismática, es también santa y pecadora. Y eso, diríamos, desde sus orígenes y hasta hoy, pudiéndonos sentir todos identificados: laicos, sacerdotes y consagrados. Pero, si cabe, es cierto que la figura y función de los sacerdotes tiene unas connotaciones particulares derivadas del encargo y responsabilidad que se les encomienda con el cuidado de las almas. Y cuando es un sacerdote el que comete, como es el caso, un abuso contra un menor, contra una persona débil, vulnerable, nuestra canción diría que “duele un poco más”.

El Papa Benedicto XVI, en una Carta pastoral a los católicos de Irlanda en 2010 dirigía estas palabras a los sacerdotes y religiosos que habían abusado de niños: “Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos.” Más, si cabe, duelen las referencias al ocultamiento o defensa ilegítima de abusos por parte de las autoridades eclesiásticas. Si eso es así, ¿en quién podemos confiar?

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Con estas palabras de san Pablo comienza la Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios, publicada el pasado 20 de agosto. El cuerpo de la Iglesia sufre con una herida cometida a cualquiera de sus miembros. Pero si esa herida es cometida por otro miembro, en quien se tiene depositada toda la confianza, duele más. “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños.”

¿Qué cabe hacer ahora? Hay mucho en marcha, pero aún falta más. La Iglesia está trabajando mucho y muy bien en muchos lugares con múltiples equipos interdisciplinares que atienden a víctimas, orientan los procesos formativos y promueven políticas de protección del menor en todos los ámbitos de acción de la Iglesia: parroquias, centros educativos, obras sociales, etc. Es un trabajo que se inició años atrás, especialmente, en Centroeuropa, EE.UU., Australia y Gran Bretaña, y que tiene que potenciarse aún más en el resto del mundo. La implicación del Papa, conferencias episcopales, superiores religiosos, centros de formación y otras muchas instancias está siendo constante y productiva.

Cabe, también, que todos los bautizados nos sintamos involucrados en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. No es lugar para decir aquí que la mayoría de los abusos infantiles se producen en el entorno familiar y que siguen creciendo los abusos entre los propios menores. Pero sí es cierto que estos datos nos urgen a una revolucionaria concienciación y transformación social en el ámbito de la protección de menores.

Cabe no meter todo en el mismo saco y ser muy cautos con las acusaciones a personas sin un serio análisis previo.

Cabe, también, no olvidarnos de que una herida, por muy dolorosa que sea, no merma la salud del resto del cuerpo. La Iglesia es mucho más grande que esta situación y su esencia y su acción sigue siendo presencia de Dios en el mundo.

Y cabe, sobre todo, no cesar en el empeño de mejorar, corregir, escuchar, acoger, sumar, rezar, humanizar, educar, ilusionar y transformar juntos una ciudad terrena (como diría san Agustín) que está llamada a convertirse en la ciudad celeste. Y esto sí que es un empeño de todos. La Iglesia, como familia cristiana abierta al mundo, tiene sus luces y sus sombras. No dejemos que la oscuridad venza. Que nuestra confianza en Dios y la alegría que de Él emana sean nuestra fortaleza. Sigamos sumando juntos…