El barro, una cuna y la cruz: reinicio a la luz del Viernes Santo

La historia de Dios y el hombre es una historia de encuentros y desencuentros en los que el barro,  una cuna y la cruz han supuesto el comienzo de una nueva etapa.

En el inicio, tomando barro en sus manos, Dios creó al hombre y lo hizo a su imagen y semejanza, depositando en él lo más preciado que podía concederle: la libertad. Una libertad que incluso podía llegar a darle la espalda a Dios, a negarlo.

Dios siempre se mostró cercano a su creatura, imagen y semejanza suya, pero el hombre, una y otra vez, se separaba de él y le era infiel.

En un segundo momento, Dios quiso volver a hacerse presente en la vida del hombre. Habiendo intentado por medio de profetas y de otras muchas mediaciones que el hombre retornara a su camino, quiso Dios hacerse aún más cercano al hombre y se hizo uno como él. Y además, de una forma sencilla, de una forma humilde: en la familia de Nazaret. Una sencilla cuna, en una sencilla estancia, con una sencilla familia, fueron su hogar. Un nuevo y profundo encuentro de Dios con el hombre.

Pero aún hay más: porque el Hijo de Dios se encarnó, compartió con el hombre su vida, y el hombre lo mató crucificándolo tal día como hoy. Y es en ese momento cuando se produce otra profunda unión entre Dios y el hombre: yendo a lo más profundo de él, a la experiencia más extrema: la muerte. Dios se hace hombre y llega a tocar lo más hondo de la vida del hombre, el momento de suprema debilidad y que iguala a todos los seres humanos, porque todos somos iguales ante la muerte.

Y en ese momento de debilidad, en ese encuentro profundo con el hombre, Dios lo vuelve a ensalzar porque es imagen y semejanza suya y no quiere que perezca. Por eso el Hijo de Dios tenía que padecer y resucitar al tercer día, para que este encuentro con Dios fuera el inicio de una nueva relación con el hombre.

Si Jesus no resucita, de nada sirve nuestra fe. Pero hoy recordamos (volvemos a pasar por el corazón) la muerte de Jesús, momento de profundo encuentro entre Dios y el hombre. No es momento de final sino de reinicio. Un nuevo sentido y una nueva esperanza brotan del mal, de la injusticia, del dolor y el pecado. En Jesús, por su cruz, somos nuevamente liberados de las ataduras del mal, del pecado y de la muerte. En Jesús se produce el reencuentro: somos hijos en el Hijo.

Viernes Santo | Semana Santa POR DENTRO

Hoy es Viernes Santo, el único día del año que los sacerdotes no celebran la Eucaristía, el único día del año que la cruz cobra protagonismo y la veneramos como presencia de Dios.

Morir en la cruz en época de Jesús era uno de los castigos más ruines que pudiera haber. Era algo que estaba reservado para los últimos de la sociedad. Además, era algo que se hacía fuera de la ciudad, lo cual conllevaba incluso peores connotaciones.

Una cruz sola, sin Jesús en ella, es una cruz vacía, una cruz sin sentido, por eso, un día como hoy es bueno para bucear en nuestro interior, bucear en nuestra fe, pero teniendo la perspectiva de la Resurrección. Como decían en los primeros siglos de la Iglesia: “si al final Cristo no resucita, de nada sirve nuestra fe”.

En un día como hoy me viene a la mente esa historia en la que se cuenta que hay unos hombres a los cuales Dios les entrega una cruz a cada uno, que simboliza cada una de sus vidas, con sus cosas buenas y con sus caídas y retos. Todos comienzan a caminar con ella a cuestas. Pero, transcurrido un rato, uno de ellos se queja a Dios porque la cruz es muy pesada y le pide poder cortarla un poco para que sea más fácil de llevar. Dios no se lo impide porque respeta su libertad, el hombre la corta y continúa su camino. Mientras tanto, el resto de las personas que caminan con él siguen portando sus pesadas cruces. Poco después el hombre vuelve a quejarse ante Dios de que su cruz sigue siendo muy pesada, y le pide cortarla un poco más para que el camino sea más sencillo. Nuevamente Dios no se lo impide, pues su libertad es lo primero, y el hombre recorta aún más la cruz.

Todos siguen avanzando y llega el momento en que hay que pasar de un lado a otro de un precipicio. Según van llegando los hombres, colocan la cruz que les sirve de puente para pasar de un lado al otro. Ninguno tiene dificultad, pero aquél que había recortado su cruz, comprueba que la suya no es suficientemente larga para llegar al otro lado. En ese momento cae en la cuenta del error que había cometido al querer recortar la cruz, lo cual significa el no querer enfrentar las dificultades, los sufrimientos de la vida. Todos los demás pudieron pasar de un lado al otro porque Dios nunca te dará más de lo que puedas cargar.

Y de ahí viene la invitación de Jesús: “carga tu cruz y sígueme, que mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Y no olvidemos que el yugo siempre lleva entre dos. Así que, en este día en que la cruz es la protagonista, comparte tu cruz con Jesús y deja que su cruz te ilumine.

Sigamos viviendo la Semana Santa por dentro.

@antoniocarron | #SemanaSantaporDentro